The Canterville Ghost
Oscar Wilde · retold in B1 Spanish
Season 36 of Cuentos para el oído · 6 episodes · about 7–8 minutes each
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https://feed.stories.anicha.space/feed.xml 1. Una casa con fantasma
Una familia americana compra una vieja casa inglesa con fantasma. El padre no cree en fantasmas. Pero en la biblioteca hay una mancha de sangre que nadie puede quitar.
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Empezamos una historia nueva. Se llama "El fantasma de Canterville". Canterville es un nombre: el nombre de una familia inglesa y de su casa. Se dice "kánterbil".
La escribió Oscar Wilde. Es un nombre de hombre, y se dice "óscar uáild". Quizá ya lo conoces: en este podcast escuchamos su cuento "El Príncipe Feliz". Wilde era irlandés, y era famoso por su humor.
Esta es una historia de fantasmas. Pero no es una historia de miedo. Es divertida. Y, al final, también un poco triste y muy bonita.
Una familia americana compra una casa vieja en Inglaterra. En esa casa vive un fantasma desde hace trescientos años. Escucha bien dos cosas: qué piensa el padre sobre los fantasmas, y qué encuentran en el suelo de la biblioteca.
Antes de empezar, tres palabras importantes.
Primera: embrujada. Una casa embrujada es una casa con un fantasma dentro. De noche se oyen ruidos extraños.
Segunda: la sangre. La sangre es el líquido rojo que tenemos dentro del cuerpo. Si te cortas un dedo, sale sangre.
Tercera: una mancha. Una mancha es una marca sucia, en la ropa o en el suelo. Por ejemplo, una mancha de café en la camisa. En esta historia hay una mancha muy famosa: una mancha de sangre.
Hace muchos años, un americano compró una casa vieja en Inglaterra. El americano se llamaba el señor Otis. Otis es un apellido, el nombre de su familia. El señor Otis era diplomático, y trabajaba en Londres.
El dueño de la casa era un señor que se llamaba lord Canterville. "Lord" es un título inglés, para los nobles. Lord Canterville era un hombre honesto, y le dijo la verdad:
—Señor Otis, en esta casa hay un fantasma. Una noche, mi tía sintió dos manos de esqueleto sobre los hombros. Tuvo tanto miedo que se puso enferma.
El señor Otis sonrió.
—Yo vengo de un país moderno. Si hay un fantasma en Europa, nosotros lo compramos y lo ponemos en un museo, en América.
—El fantasma existe —dijo lord Canterville—. Lleva trescientos años en la casa.
—Los fantasmas no existen —contestó el señor Otis—. Me quedo con la casa, con los muebles y con el fantasma.
—Muy bien. Pero recuerde: yo se lo he dicho.
Así que la familia Otis se fue a vivir allí. Eran seis. El padre y la madre. El hijo mayor, que se llamaba Washington, como la ciudad; es un nombre de hombre. Una chica de quince años que se llamaba Virginia. Virginia es un nombre de mujer. Y, por último, los gemelos. Los gemelos son dos hermanos que nacen el mismo día. Estos dos eran pequeños, y siempre estaban haciendo travesuras: cosas malas, pero divertidas.
Vamos a parar un momento. ¿Quién es quién?
El señor Otis es americano. Ha comprado la casa de Canterville. Lord Canterville le ha dicho la verdad: en la casa hay un fantasma. Pero el señor Otis no cree en fantasmas.
Con él llegan su mujer, su hijo Washington, su hija Virginia y los gemelos, muy traviesos.
Vamos a ver qué encuentran en la casa.
La familia llegó una tarde de julio. El camino era precioso, entre pinos. Pero, al llegar a la casa, el cielo se puso negro de repente. Y empezó a llover.
En la puerta los esperaba una mujer mayor, vestida de negro. Era el ama de llaves: la mujer que cuida la casa y tiene todas las llaves. Los llevó a la biblioteca, una sala larga y oscura.
La señora Otis vio algo en el suelo, al lado de la chimenea. Una mancha roja y oscura.
—¡Qué horror! —dijo—. Hay que limpiar esa mancha ahora mismo.
—Es sangre, señora —contestó el ama de llaves, en voz baja—. Aquí mismo, hace trescientos años, un hombre mató a su mujer. Después, él desapareció. Nadie encontró nunca su cuerpo. Pero su espíritu camina por la casa. Y la mancha no se puede quitar.
Aquel hombre se llamaba sir Simón de Canterville. "Sir" es otro título inglés, como "lord". Y Simón es un nombre de hombre.
—¡Tonterías! —gritó Washington—. Tengo un producto americano que se llama "Quitamanchas Campeón". Un quitamanchas quita las manchas.
Se puso de rodillas y frotó el suelo. En un momento, la mancha desapareció.
—¡Lo sabía! —dijo Washington, muy contento.
En ese momento, una luz enorme iluminó la sala. Y sonó un trueno: un ruido terrible en el cielo. El ama de llaves se desmayó: se cayó al suelo, como dormida.
—¡Qué clima tan horrible! —dijo el señor Otis, muy tranquilo—. En Inglaterra no hay buen tiempo para todos.
A la mañana siguiente, la familia bajó a desayunar. Y allí, en el suelo de la biblioteca, estaba otra vez la mancha de sangre.
Vamos a recordar, con palabras simples.
El señor Otis, un americano, compra una casa vieja en Inglaterra: la casa de Canterville. Le dicen que hay un fantasma. Pero él no cree en fantasmas.
En la biblioteca hay una mancha de sangre. Hace trescientos años, sir Simón mató allí a su mujer.
Washington limpia la mancha. Suena un trueno, y el ama de llaves se desmaya.
Y a la mañana siguiente, la mancha está otra vez en el suelo.
Has escuchado el primer episodio de "El fantasma de Canterville". Muy bien. La mancha ha vuelto. ¿Quién la ha puesto otra vez? Y una noche, a la una, el señor Otis oye un ruido de metal en el pasillo. ¿Qué va a hacer? En el próximo episodio lo vemos. Hasta la próxima.
Y una pregunta para pensar.
El señor Otis no cree en fantasmas. Nada le da miedo.
¿Y tú? ¿Hay algo en lo que no crees... pero que, de noche, te da un poquito de miedo?
2. Aceite para las cadenas
A la una de la noche, un viejo terrible con cadenas aparece en el pasillo. El señor Otis no se asusta: le ofrece aceite para las cadenas. El fantasma, insultado, decide vengarse.
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Bienvenido al segundo episodio de "El fantasma de Canterville".
Vamos a recordar lo importante. La familia Otis, una familia americana, vive ahora en una casa vieja de Inglaterra. En esa casa hay un fantasma: sir Simón de Canterville. Hace trescientos años mató a su mujer, y su espíritu sigue allí.
En la biblioteca hay una mancha de sangre. Washington, el hijo mayor, la limpió. Pero a la mañana siguiente, la mancha estaba otra vez en el suelo.
Hoy, por fin, aparece el fantasma. Escucha bien dos cosas: qué le regala el señor Otis al fantasma, y cómo se siente el fantasma después.
Antes de seguir, tres palabras útiles.
Primera: una cadena. Una cadena está hecha de piezas pequeñas de metal, unidas una con otra. Las bicicletas tienen una cadena. Y en las películas, los prisioneros llevan cadenas en las manos y en los pies. Las cadenas son pesadas y hacen ruido.
Segunda: el aceite. El aceite es un líquido amarillo. En la cocina usamos aceite de oliva. Y también ponemos aceite en las máquinas viejas, para que no hagan ruido.
Tercera: una almohada. Una almohada es la cosa blanda donde pones la cabeza para dormir.
Washington limpió la mancha otra vez. Pero a la mañana siguiente, allí estaba de nuevo. La tercera noche, el señor Otis cerró la biblioteca con llave, y se llevó la llave a su habitación. Daba igual. Por la mañana, la mancha estaba en el suelo, roja como siempre.
Ahora toda la familia estaba muy interesada. Quizá, pensó el señor Otis, los fantasmas existen de verdad.
Una noche, todos se fueron a dormir a las once. A la una en punto, el señor Otis se despertó. En el pasillo había un ruido extraño. Un ruido de metal: clanc, clanc, clanc. Y pasos. El ruido se acercaba.
El señor Otis se levantó, muy tranquilo. Se puso las zapatillas, cogió una botellita y abrió la puerta.
Delante de él había un viejo terrible. Tenía los ojos rojos, como el fuego. El pelo gris, largo y sucio. Llevaba ropa muy antigua, toda rota. Y de las manos y de los pies le colgaban cadenas, pesadas y viejas.
—Querido señor —dijo el señor Otis—, tengo que pedirle una cosa. Por favor, ponga aceite en esas cadenas. Hacen mucho ruido. Le he traído un aceite americano que se llama "Sol de la Mañana". Es excelente. Se lo dejo aquí. Y si necesita más, solo tiene que pedirlo.
Dejó la botellita en una mesa, cerró la puerta y volvió a la cama.
Vamos a parar un momento. ¿Qué ha pasado?
A la una de la noche, el fantasma aparece en el pasillo, con sus cadenas. Es un viejo terrible, con los ojos rojos. Normalmente, la gente grita y se desmaya.
Pero el señor Otis no tiene miedo. Le da una botella de aceite, para las cadenas, porque hacen mucho ruido. Y se vuelve a dormir.
Ahora vamos a ver qué hace el fantasma.
El fantasma se quedó quieto, sin moverse. Estaba furioso. Nunca, nunca le habían hecho algo así.
Cogió la botellita y la tiró al suelo con fuerza. Después corrió por el pasillo, con una luz verde alrededor del cuerpo, haciendo ruidos terribles: "¡Uuuh! ¡Uuuh!"
Pero, al llegar a la escalera, se abrió una puerta. Salieron dos figuras pequeñas, vestidas de blanco. Eran los gemelos. Y una almohada pasó volando al lado de su cabeza.
El fantasma no esperó más. Atravesó la pared, es decir, pasó al otro lado, como el aire. Y desapareció.
En su habitación secreta, se sentó a pensar. Trescientos años. Trescientos años asustando a la gente, dándole miedo. Y nunca lo habían insultado así.
Recordó sus grandes noches. La señora que sintió dos manos de esqueleto en los hombros. Las cuatro chicas que trabajaban en la casa, y que gritaron sin parar, solo porque él sonrió detrás de una cortina. El hombre de la iglesia que salía de la biblioteca de noche. El fantasma le apagó la vela, y el pobre hombre tuvo miedo el resto de su vida.
Para el fantasma, asustar era un arte. Y él era un gran artista.
¡Y ahora llegaban estos americanos modernos, y le ofrecían aceite para las cadenas! ¡Y le tiraban almohadas a la cabeza!
No. Era demasiado.
El fantasma decidió vengarse. Vengarse es hacer daño a alguien, porque esa persona te ha hecho daño a ti. Y se quedó toda la noche despierto, pensando.
Vamos a recordar, con palabras simples.
La mancha de sangre vuelve cada mañana, aunque la biblioteca está cerrada con llave.
A la una de la noche, el fantasma aparece por fin. Es un viejo con los ojos rojos, y lleva cadenas en las manos y en los pies. Pero el señor Otis no tiene miedo. Le da aceite para las cadenas, y se vuelve a la cama.
El fantasma está furioso. Tira la botella y corre por el pasillo. Y los gemelos le tiran una almohada.
En su habitación, el fantasma recuerda sus grandes noches de miedo. Se siente insultado. Y decide vengarse.
Has escuchado el segundo episodio. Muy bien: otro episodio en español.
El fantasma quiere vengarse. Tiene muchos trucos: una risa terrible, una armadura antigua y trescientos años de experiencia. ¿Va a asustar por fin a la familia Otis? ¿O la familia lo va a sorprender otra vez? En el próximo episodio lo vemos.
Hasta la próxima.
Y una pregunta para pensar.
La familia no le hace daño al fantasma. Pero nadie le tiene miedo. Nadie lo toma en serio, es decir, nadie piensa que es importante.
¿Te ha pasado a ti alguna vez? ¿Qué sentiste?
3. La risa del fantasma
La mancha de sangre cambia de color cada mañana, y la familia apuesta. El fantasma prueba su armadura y su carcajada terrible, pero la señora Otis solo le ofrece una medicina para el estómago.
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Bienvenido al tercer episodio de "El fantasma de Canterville".
Vamos a recordar. El fantasma, sir Simón, apareció por fin a la una de la noche, con sus cadenas. Pero el señor Otis no tuvo miedo: le dio aceite para las cadenas. Y los gemelos le tiraron una almohada.
El fantasma está furioso. Lleva trescientos años asustando a la gente, y nadie lo ha tratado nunca así. Ha decidido vengarse.
Hoy lo intenta otra vez. Escucha bien dos cosas: qué le pasa a la mancha de sangre, y qué le ofrece la señora Otis al fantasma.
Antes de seguir, tres palabras.
Primera: apostar. Apostar es jugar dinero. Tú dices: "Mañana va a llover". Si tienes razón, ganas dinero. Si no, lo pierdes.
Segunda: las rodillas. Las rodillas están en el medio de las piernas. Cuando te caes al suelo, muchas veces te haces daño en las rodillas.
Tercera: una carcajada. Una carcajada es una risa muy fuerte, con la boca abierta: "¡Ja, ja, ja, ja!"
A la mañana siguiente, en el desayuno, la familia habló del fantasma.
—No quiero hacerle daño —dijo el señor Otis—. Y tirarle almohadas no es muy educado. Lleva mucho tiempo en esta casa.
Los gemelos se rieron muy fuerte.
—Pero —siguió el señor Otis— si no usa el aceite, vamos a tener que quitarle las cadenas. Con ese ruido no se puede dormir.
Durante una semana no pasó nada. Solo una cosa: la mancha de sangre. Volvía cada mañana. Y, además, cambiaba de color. Unos días era roja oscura. Otros días, roja brillante. Una mañana era morada. Y otra mañana... ¡era verde! Verde como una hoja.
La familia se divertía mucho. Cada noche apostaban: "Mañana va a ser azul." "No, amarilla."
Solo una persona no se reía: Virginia. Por alguna razón, la mancha la ponía triste. Y la mañana de la mancha verde, casi lloró.
El domingo por la noche, todos se despertaron con un ruido terrible. Bajaron corriendo. En el suelo había una armadura antigua, de metal, caída. Y, sentado en una silla, estaba el fantasma. Se frotaba las rodillas, con cara de mucho dolor.
Los gemelos tenían unos tubos de juguete para disparar bolitas. Y le dispararon dos bolitas. El señor Otis, en cambio, lo apuntó con su pistola:
—¡Manos arriba!
Vamos a parar un momento.
La mancha de sangre cambia de color: roja, morada, y hasta verde. La familia se ríe y apuesta. Solo Virginia está triste.
Y ahora el fantasma está sentado junto a una armadura caída, con dolor en las rodillas. Los gemelos le disparan bolitas, y el padre le apunta con una pistola.
¿Qué va a hacer el fantasma?
El fantasma dio un grito de rabia. Pasó a través de todos, como el aire, apagó la vela de Washington y los dejó a oscuras.
Arriba, en la escalera, se paró. Era el momento de su gran truco: su famosa carcajada. Una vez, esa carcajada le dejó a un señor el pelo blanco en una sola noche.
El fantasma se rió con todas sus fuerzas. "¡Ja, ja, ja, ja!" La carcajada sonó por toda la casa, una y otra vez.
Entonces se abrió una puerta. Era la señora Otis, con su bata azul, la ropa larga que te pones encima del pijama.
—Me parece que usted no se encuentra bien —dijo, muy amable—. Le he traído una medicina. Si es un problema de estómago, es excelente.
El fantasma la miró con furia. Iba a convertirse en un perro negro enorme, otro de sus trucos famosos. Pero oyó pasos: venían los gemelos. Así que desapareció, con un gemido triste: "Uuuh".
En su habitación, lloró de rabia. Pero lo peor era la armadura. Era su armadura, de cuando estaba vivo. Con ella, muchos años antes, había sido un gran caballero, y la reina de Inglaterra lo había admirado. Y ahora, al ponérsela, pesaba tanto que se cayó al suelo. ¡Qué vergüenza! La vergüenza es lo que sientes cuando haces el ridículo delante de otros.
Durante varios días estuvo enfermo. Solo salía de su habitación para una cosa: poner otra vez la mancha de sangre.
Pero poco a poco se recuperó. Y preparó un plan nuevo. Un plan grande. Esta vez iba a asustar a toda la familia.
Vamos a recordar, con palabras simples.
La mancha de sangre vuelve cada mañana, y cambia de color: roja, morada, verde. La familia se ríe. Solo Virginia está triste.
El domingo, el fantasma quiere ponerse su vieja armadura. Pero pesa demasiado, y se cae. Los gemelos le disparan bolitas, y el padre le dice: "¡Manos arriba!"
Entonces el fantasma prueba su gran truco: su carcajada terrible. Pero la señora Otis sale y le ofrece una medicina para el estómago.
El fantasma está enfermo de rabia y de vergüenza. Pero prepara un plan nuevo.
Has escuchado el tercer episodio. Muy bien.
El fantasma tiene un plan grande, para una noche de tormenta. Va a elegir su mejor ropa, y un cuchillo viejo. Pero esa noche, en el pasillo, va a encontrar algo que no espera. Algo que le da mucho miedo... a él. En el próximo episodio lo vemos.
Hasta la próxima.
Y una pregunta para pensar.
La familia Otis tiene una respuesta práctica para todo: aceite para el ruido, medicina para la risa.
¿Es bueno no tener nunca miedo? ¿O, a veces, el miedo nos enseña algo?
4. El otro fantasma
En su gran noche de miedo, el fantasma encuentra en el pasillo a otro fantasma, horrible, y huye aterrorizado. Por la mañana descubre la verdad: una sábana, una escoba y un nabo.
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Bienvenido al cuarto episodio de "El fantasma de Canterville".
Vamos a recordar. El fantasma lo ha intentado todo. Sus cadenas: el señor Otis le dio aceite. Su vieja armadura: pesaba tanto que se cayó con ella. Su carcajada terrible: la señora Otis le ofreció una medicina para el estómago. Y los gemelos siempre lo atacan.
Pero el fantasma no ha terminado. Hoy es la noche de su gran plan.
Escucha bien dos cosas: qué encuentra el fantasma en el pasillo, y qué hay escrito en un cartel.
Antes de empezar, tres palabras.
Primera: una sábana. Una sábana es la tela grande y blanca de la cama. Duermes entre dos sábanas. Y, en los dibujos, los fantasmas llevan siempre una sábana encima.
Segunda: un cartel. Un cartel es un papel grande con palabras escritas, para que todo el mundo las lea.
Tercera: el gallo. El gallo es un pájaro de granja. Canta muy temprano, cuando sale el sol: "¡Quiquiriquí!"
El fantasma eligió la noche con cuidado: un viernes de agosto, con una tormenta fuerte. Había viento y lluvia, y las ventanas de la casa temblaban. Era su tiempo favorito.
Pasó el día mirando su ropa. Al final eligió un sombrero grande con una pluma roja, una sábana vieja alrededor del cuerpo y un cuchillo antiguo.
Su plan era este. Primero, iría a la habitación de Washington, porque Washington siempre limpiaba su mancha. Después, a la habitación de los padres: pondría una mano fría sobre la cara de la señora Otis. ¿Y Virginia? Con Virginia no estaba seguro. Ella nunca lo había insultado. Era guapa y amable. Quizá solo unos ruidos suaves desde el armario. Pero los gemelos... Los gemelos iban a recibir una lección que nunca iban a olvidar.
A medianoche, el fantasma salió de la pared, sonriendo. Caminó en silencio por el pasillo oscuro. Fuera, el viento lloraba alrededor de la casa.
Llegó a la esquina del pasillo de Washington. Dio la vuelta a la esquina... y gritó de terror.
Delante de él había un fantasma horrible. Tenía la cabeza redonda, blanca y sin pelo. Tenía una sonrisa enorme, que no se movía nunca. Por los ojos y por la boca le salía una luz roja, como fuego. Iba vestido de blanco, llevaba un cartel en el pecho y, en la mano, un cuchillo grande.
El fantasma de Canterville nunca había visto un fantasma. Tuvo muchísimo miedo. Corrió a su habitación, se metió en la cama y se tapó la cabeza.
Vamos a parar un momento. ¡Qué situación!
El fantasma de la casa, el que asusta a todo el mundo, ha visto a otro fantasma. Y ha tenido miedo. Ha corrido a su habitación y se ha tapado la cabeza, como un niño pequeño.
Pero ¿quién es ese otro fantasma? Vamos a verlo.
Después de un rato, el fantasma se tranquilizó. Era un Canterville, y los Canterville eran valientes: no tenían miedo. Pensó: "Voy a hablar con ese otro fantasma. Dos fantasmas son mejor que uno. Juntos, podemos ganar a los gemelos."
Así que, con la primera luz del día, volvió al pasillo.
El otro fantasma seguía allí. Pero algo le pasaba. Ya no tenía luz en los ojos. El cuchillo se le había caído de la mano. Y estaba apoyado en la pared, en una postura rara.
El fantasma corrió hacia él y lo abrazó.
Y la cabeza del otro fantasma se cayó y rodó por el suelo. El cuerpo también se cayó. Y el fantasma de Canterville se quedó con una sábana en los brazos.
En el suelo había una escoba, un cuchillo de cocina... y un nabo. Un nabo es una verdura blanca y redonda, parecida a una patata grande. Este nabo estaba vacío por dentro, como una cabeza.
El fantasma cogió el cartel y leyó: "El fantasma de los Otis. El único fantasma verdadero. Cuidado con las imitaciones."
Lo entendió todo. Era una broma de los gemelos: un truco para reírse de él.
Furioso, levantó las manos al cielo. E hizo una promesa terrible, como en los libros antiguos: "¡Cuando el gallo cante dos veces, habrá sangre en esta casa!"
En ese momento, un gallo cantó a lo lejos. "¡Quiquiriquí!"
El fantasma se rió, con una risa sin alegría, y esperó. Esperó una hora. Y otra. Y otra. Pero el gallo, por alguna razón, no volvió a cantar.
Por la mañana, cuando la casa despertó, el fantasma volvió a su habitación. Se metió en su ataúd, la caja de los muertos, y se quedó allí hasta la noche.
Vamos a recordar, con palabras simples.
El fantasma prepara su gran noche. Quiere asustar a toda la familia. Pero en el pasillo encuentra a otro fantasma, horrible, con fuego en los ojos. Y tiene tanto miedo que corre a esconderse.
Por la mañana, vuelve para hablar con él. Pero el otro fantasma se cae: es una sábana, una escoba y un nabo. Y un cartel: "El fantasma de los Otis". Es una broma de los gemelos.
El fantasma hace una promesa terrible: cuando el gallo cante dos veces... Pero el gallo solo canta una vez.
Has escuchado el cuarto episodio. Muy bien.
El pobre fantasma está cansado y solo. Pero los gemelos no han terminado con él. ¿Qué otras bromas le esperan? Y Virginia, la única que no se ríe de él, lo va a encontrar un día, triste, junto a una ventana. ¿Qué va a pasar? En el próximo episodio lo vemos.
Hasta la próxima.
Y una pregunta para pensar.
Durante trescientos años, el fantasma dio miedo a los demás. Esta noche, por primera vez, el miedo lo sintió él.
¿Crees que a veces necesitamos sentir lo que sienten los otros... para cambiar?
5. Trescientos años sin dormir
Los gemelos no le dan paz, y el fantasma se rinde. Entonces Virginia lo encuentra solo junto a una ventana, y hablan. Él le cuenta su secreto: hace trescientos años que no duerme.
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Bienvenido al quinto episodio de "El fantasma de Canterville".
Vamos a recordar. El fantasma preparó su noche más terrible. Pero en el pasillo encontró a otro fantasma, y corrió a esconderse, muerto de miedo. Por la mañana descubrió la verdad: era una sábana, una escoba y un nabo. Una broma de los gemelos. Y el gallo, que tenía que cantar dos veces, solo cantó una.
Hoy la historia cambia. Empieza divertida, y termina de otra manera.
Escucha bien dos cosas: por qué el fantasma deja de salir de noche, y qué le cuenta a Virginia.
Antes de empezar, tres palabras.
Primera: rendirse. Rendirse es dejar de luchar. Cuando alguien se rinde, dice: "Ya está. No puedo más. Lo dejo."
Segunda: portarse bien. Portarse bien es ser bueno y hacer las cosas bien. Los padres les dicen a los niños: "¡Pórtate bien!"
Tercera: dar pena. Cuando alguien te da pena, lo ves triste, y tú también te sientes triste por él. Quieres ayudarlo.
Después de aquella noche, el fantasma estaba muy débil. Cualquier ruido lo asustaba. Pero tenía obligaciones: una vez por semana, tenía que caminar por el pasillo. Así que ahora caminaba con mucho cuidado, sin botas, muy despacio. Y sus cadenas ya no hacían ruido. ¿Por qué? Porque una noche, el fantasma entró en la habitación del señor Otis y se llevó la botella de aceite. Al principio le dio vergüenza. Pero tenía que admitirlo: era un aceite muy bueno.
Aun así, los gemelos no lo dejaban en paz. Una noche pusieron mantequilla en la escalera, esa grasa amarilla que pones en el pan. El fantasma se resbaló y se cayó. Otra noche, al abrir una puerta, le cayó encima un cubo de agua fría. Al día siguiente estaba enfermo, con la nariz roja y un resfriado terrible.
Y una noche, muy tarde, dos figuras saltaron de la oscuridad y le gritaron al oído: "¡Buuu!"
El fantasma corrió hacia la escalera. Allí lo esperaba Washington, con la manguera del jardín, lista para mojarlo. El fantasma escapó por la chimenea, y llegó a su habitación negro, sucio y desesperado.
Después de esa noche, el fantasma se rindió. No volvió a salir. La familia pensó que se había ido.
Vamos a parar un momento.
El pobre fantasma ya no puede más. Los gemelos le ponen mantequilla en la escalera, le tiran agua, le gritan "¡Buuu!" en la oscuridad. Hasta usa el aceite del señor Otis para sus cadenas.
Al final, se rinde. Ya no sale de noche. Todos piensan que se ha ido. Pero ¿es verdad?
Un día de otoño, Virginia volvió de montar a caballo con un joven duque. Era un chico que estaba de visita en la casa. Estaba enamorado de Virginia: la quería mucho. Virginia tenía el vestido roto, y subió por la escalera de atrás, para que nadie la viera. Al pasar delante de una sala, vio que la puerta estaba abierta. Y dentro estaba el fantasma.
Estaba sentado junto a la ventana, mirando caer las hojas amarillas. Tenía la cabeza apoyada en la mano. Parecía muy viejo y muy triste.
Virginia quiso correr. Pero el fantasma le dio pena. Entró y le habló con dulzura:
—Siento mucho lo que te pasa. Mis hermanos vuelven mañana al colegio. Si te portas bien, nadie te va a molestar.
—¿Portarme bien? —dijo el fantasma—. ¡Qué tontería! Yo tengo que hacer ruido con mis cadenas y caminar de noche. Es mi única razón para existir.
—Eso no es una razón. Y tú fuiste muy malo. Mataste a tu mujer.
—Sí, es verdad. Pero eso era cosa de familia. Además, después los hermanos de mi mujer me dejaron morir de hambre.
—¿De hambre? Oh, señor fantasma... quiero decir, sir Simón, ¿tienes hambre? Tengo un sándwich.
—No, gracias. Ya no como nada. Pero eres muy amable.
Entonces Virginia se enfadó:
—¡Pero tú me robaste mis pinturas! Para la mancha de la biblioteca. Primero los rojos. Después el verde. ¿Quién ha visto nunca sangre verde?
—Bueno —dijo el fantasma, un poco avergonzado—, hoy es muy difícil encontrar sangre de verdad.
Virginia se iba a ir. Pero el fantasma le dijo:
—No te vayas, por favor. Estoy muy solo. Quiero dormir, y no puedo. No he dormido en trescientos años. Estoy tan cansado...
Virginia se arrodilló a su lado y lo miró a la cara.
—Pobre, pobre fantasma —dijo—. ¿No tienes un sitio donde dormir?
Vamos a recordar, con palabras simples.
Los gemelos le hacen muchas bromas al fantasma. Al final, el fantasma se rinde y deja de salir.
Un día, Virginia lo encuentra solo, junto a una ventana, muy triste. Hablan. El fantasma dice que mató a su mujer, y que después lo dejaron morir de hambre. Virginia descubre que el fantasma le robó sus pinturas para la mancha. Por eso la mancha era verde.
Y el fantasma le cuenta su gran problema: no ha dormido en trescientos años. Está muy cansado. A Virginia le da mucha pena.
Has escuchado el quinto episodio. Muy bien: ya solo queda uno.
El fantasma le va a hablar a Virginia de un jardín lejano, donde se puede dormir para siempre. Y le va a decir que ella puede ayudarlo. ¿Cómo? ¿Y qué dicen unas palabras antiguas, escritas en la ventana de la biblioteca? En el último episodio lo descubrimos.
Hasta la próxima.
Y una pregunta para pensar.
Virginia sabe que el fantasma hizo algo muy malo. Y aun así, le da pena.
¿Se puede sentir pena por alguien que ha hecho algo malo? ¿Tú lo has sentido alguna vez?
6. El almendro en flor · finale
El fantasma le habla a Virginia del jardín de la muerte y de unas palabras antiguas en la ventana de la biblioteca. Virginia desaparece dentro de la pared. Más un cierre sobre Oscar Wilde.
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Bienvenido al sexto y último episodio de "El fantasma de Canterville".
Vamos a recordar. Los gemelos ganaron: el fantasma se rindió y dejó de salir de noche. Pero un día de otoño, Virginia lo encontró solo, junto a una ventana, muy triste. El fantasma le contó que mató a su mujer, y que después lo dejaron morir de hambre. Y le dijo algo terrible: lleva trescientos años sin dormir.
Hoy se cierra la historia. Escucha bien dos cosas: qué le pide el fantasma a Virginia, y qué le pasa a un árbol viejo del jardín.
Antes de empezar, dos palabras.
Primera: rezar. Rezar es hablar con Dios, en silencio o en voz baja. Muchas personas rezan con las manos juntas.
Segunda: el almendro. El almendro es un árbol. En primavera se llena de flores blancas y rosas. En el jardín de esta casa hay un almendro muy viejo y seco. Hace muchos años que no da flores.
—Muy lejos, detrás del bosque —dijo el fantasma, con voz suave—, hay un pequeño jardín. Allí la hierba crece alta. Allí canta un pájaro toda la noche. Y la luna mira desde arriba, fría y blanca.
Virginia entendió, y empezó a llorar.
—Hablas del jardín de la muerte —dijo, muy bajito.
—Sí. La muerte debe de ser tan bonita... Escuchar el silencio. No tener ayer, ni mañana. Tú puedes ayudarme, Virginia. Porque el amor es más fuerte que la muerte.
Después le habló de unas palabras antiguas, escritas en la ventana de la biblioteca. Decían, más o menos: "Cuando una niña de pelo de oro haga rezar al hombre malo. Cuando el almendro seco tenga flores. Y cuando una niña llore por él. Entonces llegará la paz a esta casa."
—Eso quiere decir —explicó el fantasma— que tienes que llorar por mí, porque yo ya no puedo llorar. Y rezar por mí, porque yo ya no sé rezar. En la oscuridad vas a ver cosas terribles. Pero no te van a hacer daño.
Virginia se levantó, muy pálida.
—No tengo miedo —dijo—. Voy a rezar por ti.
El fantasma le besó la mano, y la llevó hasta el fondo de la sala. En la pared había unos dibujos antiguos de cazadores, y los cazadores le gritaron: "¡Vuelve, Virginia! ¡Vuelve!" Pero ella cerró los ojos.
La pared se abrió, y los dos entraron. Después, la pared se cerró. Y la sala quedó vacía.
Vamos a parar un momento.
El fantasma quiere descansar para siempre, en el jardín de la muerte. Para eso necesita a Virginia: una niña que llore por él y que rece por él. Virginia ha dicho que sí. Y los dos han desaparecido dentro de la pared.
Vamos a ver qué pasa ahora.
A la hora del té, Virginia no bajó. La buscaron por toda la casa y por el campo. Nada. El señor Otis salió a caballo a buscarla, y el joven duque fue detrás de él, sin sombrero. El duque le dijo: "No puedo cenar si Virginia no está."
A medianoche, sonó un trueno enorme. En lo alto de la escalera se abrió una puerta secreta. Y allí estaba Virginia, muy pálida, con una cajita en la mano.
—Papá —dijo, tranquila—, he estado con el fantasma. Ha muerto. Fue muy malo, pero estaba muy triste por todo el mal que hizo. Y antes de morir, me regaló esta caja de joyas.
Los llevó por un pasillo secreto hasta una habitación pequeña. En el suelo había un esqueleto, atado a la pared con una cadena. Delante tenía un plato y una jarra de agua. Pero estaban un poco lejos, donde sus manos nunca pudieron llegar.
Virginia se arrodilló y rezó en silencio.
Entonces un gemelo miró por la ventana y gritó:
—¡El almendro! ¡El almendro viejo tiene flores!
—Dios lo ha perdonado —dijo Virginia.
Unos días después, enterraron a sir Simón, de noche. Virginia puso sobre la tumba flores de almendro. Salió la luna. Y un pájaro empezó a cantar.
Años después, Virginia se casó con el duque. Nunca le contó qué pasó aquella noche. Solo le dijo:
—Él me enseñó qué es la vida, qué es la muerte, y por qué el amor es más fuerte que las dos.
Vamos a recordar el final.
El fantasma quiere dormir para siempre, en el jardín de la muerte. Virginia acepta ayudarlo, y los dos desaparecen dentro de la pared.
A medianoche, Virginia vuelve con una caja de joyas. El fantasma ha muerto. En una habitación secreta está su esqueleto, con una cadena.
Virginia reza. Y el almendro viejo, por fin, tiene flores: el fantasma ha encontrado la paz.
Años después, Virginia se casa con el duque. Y nunca cuenta su secreto.
Antes de despedirnos, algo sobre el autor.
Se llama Oscar Wilde, y ya lo conoces: escribió "El Príncipe Feliz", otra historia de este podcast. Nació en Irlanda en mil ochocientos cincuenta y cuatro, y murió en París en mil novecientos.
Antes de escribir este cuento, Wilde viajó casi un año por los Estados Unidos, dando conferencias. Allí conoció bien a los americanos. Quizá por eso se ríe tanto de ellos en esta historia. Y también de los ingleses.
Y, sobre todo, gracias a ti.
Acabas de escuchar una historia entera en español. Seis episodios. Una mancha de sangre, unas cadenas, una almohada, un nabo, un gallo que no cantó dos veces y una chica valiente. Te has reído y te has emocionado, todo en español. Eso no es poca cosa.
Si quieres escuchar más historias como esta, puedes ir a la página stories.anicha.space. Pronto llega otra.
Hasta la próxima.
Y, para terminar, dos preguntas para pensar.
La primera. Nadie en la casa tuvo miedo del fantasma. Solo Virginia sintió pena por él. Y solo ella pudo ayudarlo. ¿Qué ayuda más a una persona perdida: la risa, o la compasión?
Y la segunda. Virginia dice que el amor es más fuerte que la vida y que la muerte. ¿Tú qué crees?
Gracias por escuchar.