Cuentos Claros

← All stories

The Curious Case of Benjamin Button

F. Scott Fitzgerald · retold in B1 Spanish

Season 35 of Cuentos para el oído · 4 episodes · about 7–8 minutes each

Listen on Spotify Apple Podcasts
Any podcast app (RSS)

Copy this link and paste it into your podcast app's "add by URL" option.

https://feed.stories.anicha.space/feed.xml

1. Un bebé de setenta años

En Baltimore, en 1860, el señor Button corre al hospital a conocer a su primer hijo. Pero en la cuna no hay un bebé: hay un anciano de setenta años, con una larga barba gris, que pide una mecedora y un bastón.

Read the Spanish text

Empezamos una historia nueva. Se llama "El curioso caso de Benjamin Button".

La escribió F. Scott Fitzgerald. Es un nombre de hombre, y se dice "efe escot fítsyerald". Fitzgerald fue un escritor de Estados Unidos, el autor de "El gran Gatsby". Gatsby es un nombre. Escribió esta historia en mil novecientos veintidós.

El protagonista se llama Benjamin Button. Es un nombre de hombre. Benjamin se dice "bényamin", y Button se dice "bátton". Su vida es muy extraña, distinta a todas.

Hoy nace Benjamin. Escucha bien dos cosas: qué encuentra su padre en el hospital, y qué le pide el bebé.

Antes de empezar, tres palabras importantes.

Primera: una cuna. Una cuna es la cama de un bebé. Es pequeña, con barras a los lados, para que el bebé no se caiga.

Segunda: la barba. La barba es el pelo que les crece a los hombres en la cara.

Y tercera: un anciano. Un anciano es un hombre muy mayor. Tiene setenta años, u ochenta. Tiene el pelo blanco y camina despacio.

Esta historia empieza hace mucho tiempo, en mil ochocientos sesenta, en Baltimore. Baltimore es el nombre de una ciudad de Estados Unidos, y se dice "báltimor".

Allí vivían el señor y la señora Button. Iban a tener su primer hijo. Y el bebé iba a nacer en un hospital, algo muy moderno en aquella época.

Una mañana de septiembre, el señor Button fue corriendo al hospital. Delante de la puerta vio al médico de la familia.

—¡Doctor! ¿Cómo está mi mujer? ¿Es un niño o una niña?

El médico parecía enfadado.

—Su mujer está bien —dijo—. Y el bebé... vaya usted a verlo. Y búsquese otro médico. No quiero ver a su familia nunca más.

Y se fue.

El señor Button se quedó en la calle, temblando. ¿Qué había pasado?

Entró en el hospital y subió la escalera. Arriba había una enfermera, una mujer que cuida a los enfermos. Llevaba en las manos un plato grande de metal.

—Buenos días. Soy el señor Button. Quiero ver a mi...

¡Clan! El plato se le cayó al suelo. Y bajó rodando por la escalera: ¡clan, clan, clan!

—¡Quiero ver a mi hijo! —gritó el señor Button.

La enfermera lo llevó a una sala llena de bebés que lloraban.

—¿Cuál es el mío? —preguntó él.

—Ese —dijo la enfermera. Y señaló con el dedo.

Vamos a parar un momento. ¿Qué está pasando?

El señor Button va a ver a su primer hijo. Pero el médico se enfada y se va. Y la enfermera se asusta tanto que se le cae el plato al suelo. Nadie le explica nada.

Algo muy extraño ha pasado con el bebé. Vamos a ver qué hay en esa cuna.

El señor Button miró hacia donde señalaba el dedo. Y esto es lo que vio.

En una cuna, tapado con una manta blanca, estaba sentado un anciano. Tenía unos setenta años. Tenía el pelo casi blanco, y una barba larga y gris que se movía con el aire de la ventana. Sus pies salían por fuera de la cuna.

Y el anciano habló, con una voz vieja y cansada:

—¿Es usted mi padre? Porque si es mi padre, sáqueme de aquí. O por lo menos, que me traigan una mecedora.

Una mecedora es una silla que se mueve hacia delante y hacia atrás. Es la silla de muchos abuelos.

—Es su hijo —dijo la enfermera, seria—. Y tiene que llevárselo a casa hoy mismo.

—Sí, por favor —dijo el anciano—. Aquí no se puede dormir. Y cuando pedí algo de comer, ¡me trajeron un biberón!

Un biberón es la botella con la que beben leche los bebés.

El señor Button se tapó la cara con las manos. Solo podía pensar una cosa: ¿qué va a decir la gente?

Tenía que comprarle ropa a su hijo. Cuando salía, oyó la voz del anciano:

—¡Y un bastón, papá! ¡Quiero un bastón!

Un bastón es un palo para ayudarte a caminar.

En la tienda, el vendedor le preguntó:

—¿Cuántos años tiene su hijo?

—Seis horas —dijo el señor Button. Y enseguida corrigió—: Quiero decir... dieciséis años.

Al final compró un traje de niño, muy grande y de colores, con pantalones rosas. El anciano se lo puso. Encima de la camisa caía su barba larga y gris. El padre cogió unas tijeras y le cortó la barba.

El anciano le dio la mano a su padre, con confianza.

—Papá, ¿cómo me vas a llamar?

—Creo que te vamos a llamar Matusalén.

Matusalén es un nombre. Es el hombre más viejo de la Biblia. En español decimos: "más viejo que Matusalén".

Al final, le pusieron un nombre más normal: Benjamin. Y así empezó la vida de Benjamin Button.

Vamos a recordar, con palabras simples.

Baltimore, mil ochocientos sesenta. El señor Button va al hospital a ver a su primer hijo. El médico se enfada, y la enfermera tiene miedo.

En la cuna no hay un bebé normal. Hay un anciano de setenta años, con una barba larga y gris. Y habla. Pide una mecedora, y un bastón.

El padre le compra ropa de niño y le corta la barba. Y lo llaman Benjamin.

Has escuchado el primer episodio de "El curioso caso de Benjamin Button". Muy bien.

Ahora Benjamin va a vivir en casa. ¿Cómo vive un bebé de setenta años? ¿Y qué le va a hacer el tiempo? En el próximo episodio, Benjamin se mira en un espejo y descubre algo muy extraño.

Hasta la próxima.

Y una pregunta para pensar.

Cuando el señor Button ve a su hijo, no piensa primero en el niño. Piensa: ¿qué va a decir la gente?

¿Y tú? ¿Cuánto te importa lo que piensan los demás?

2. Cada año, más joven

Su padre quiere un bebé normal, pero Benjamin prefiere los puros, la enciclopedia y las charlas con su abuelo. A los doce años, el espejo le enseña algo increíble: no se hace viejo, se hace joven. Y en la universidad de Yale nadie le cree.

Read the Spanish text

Bienvenido al segundo episodio de "El curioso caso de Benjamin Button".

Vamos a recordar. En Baltimore, en mil ochocientos sesenta, nace un bebé muy raro. No parece un bebé: es un anciano de setenta años, con una barba gris. Su padre, el señor Button, le compra ropa de niño y se lo lleva a casa. Lo llaman Benjamin.

Hoy vemos crecer a Benjamin. Bueno... más o menos.

Escucha bien dos cosas: qué descubre Benjamin en el espejo, y qué pasa cuando llega a la universidad.

Antes de seguir, tres palabras útiles.

Primera: un espejo. Un espejo es ese cristal donde te miras, y ves tu cara.

Segunda: las arrugas. Las arrugas son las líneas que salen en la cara con los años. Los niños no tienen arrugas. Los abuelos tienen muchas.

Y tercera: teñir. Teñir el pelo es cambiarle el color. Una persona con el pelo blanco se lo tiñe de negro, y parece más joven. Para teñirlo, usa un tinte.

En casa, el señor Button lo intentó todo. Le tiñó el pelo de negro a Benjamin, y le quitó la barba del todo. Pero Benjamin seguía pareciendo un señor mayor, con los ojos cansados.

Aun así, el padre no cambió de idea. Benjamin era un bebé, y tenía que vivir como un bebé.

Un día le trajo un sonajero. Un sonajero es un juguete para bebés: lo mueves, y hace ruido.

—Juega con esto —le dijo.

Benjamin lo cogió, muy aburrido. Y lo movió de vez en cuando, todo el día, muy obediente.

Pero cuando estaba solo, Benjamin hacía otras cosas. Un día, el padre entró en su habitación y la encontró llena de humo. Allí estaba Benjamin, escondiendo un puro detrás de la espalda. Un puro es como un cigarro, pero más grande.

El padre no fue capaz de enfadarse con él. Solo le dijo:

—Fumar es malo. ¡Así no vas a crecer!

Y en vez de jugar con los trenes de juguete, Benjamin leía una enciclopedia enorme, toda la tarde.

Su mejor amigo era su abuelo. Al principio, el abuelo estaba ofendido, porque la gente, para ser amable, decía: "¡El niño se parece a su abuelo!" Pero después, los dos se hicieron grandes amigos. Se sentaban juntos durante horas y hablaban despacio, como dos viejos amigos.

A los cinco años, lo mandaron al colegio de los pequeños, a pegar papeles de colores. Pero Benjamin se quedaba dormido en medio de la clase. Así que lo sacaron del colegio. Sus padres explicaron a los amigos:

—Es que todavía es demasiado joven.

Vamos a parar un momento.

Benjamin nació viejo. Su padre quiere un bebé normal, y le da juguetes de bebé. Pero Benjamin prefiere los puros, los libros y las conversaciones con su abuelo.

Por ahora, Benjamin es un anciano en una casa de niños. Pero pasan los años. Y algo empieza a cambiar.

Cuando Benjamin tenía doce años, un día se miró en el espejo. Y vio algo increíble.

Debajo del tinte negro, su pelo ya no era blanco. Era gris. En su cara había menos arrugas. Su piel tenía más color. Y ya no caminaba doblado, como antes.

—¿Será posible...? —pensó.

Benjamin no se estaba haciendo viejo. Se estaba haciendo joven. Cada año, un poco más joven. Su vida iba al revés, es decir, en el orden contrario.

Fue a ver a su padre.

—Ya soy mayor —dijo—. Quiero llevar pantalones largos.

En aquella época, los niños llevaban pantalones cortos hasta los catorce años. Pero al final, el padre le dijo que sí.

A los dieciocho años, Benjamin parecía un hombre de cincuenta. Su padre lo mandó a estudiar a Yale. Yale es el nombre de una universidad muy famosa, y se dice "yeil".

El tercer día, Benjamin tenía que ir a la oficina del secretario de la universidad. Se miró en el espejo: necesitaba teñirse el pelo otra vez. Pero la botella de tinte estaba vacía. No había tiempo. Fue con el pelo gris.

—Buenos días —dijo el secretario—. Viene usted por su hijo, ¿verdad?

—No. El estudiante soy yo. Tengo dieciocho años.

—¿Dieciocho años? ¡Usted está loco! Váyase de la universidad. ¡Y de la ciudad!

Benjamin salió. Y detrás de él salieron los estudiantes. Primero unos pocos. Después, cientos. Todos se reían y le gritaban:

—¡Vete a una casa de ancianos!

—¡Vete a Harvard!

Harvard es otra universidad famosa, la gran rival de Yale. Se dice "járvard".

Benjamin corrió hasta el tren. Desde la ventana, gritó:

—¡Os vais a arrepentir!

Arrepentirse es sentir pena por algo que has hecho. Los estudiantes se rieron todavía más. Pero Benjamin tenía razón. Fue el error más grande de la historia de Yale.

Vamos a recordar, con palabras simples.

El padre quiere un bebé normal, y le da juguetes. Pero Benjamin prefiere los puros, los libros y a su abuelo.

A los doce años, Benjamin se mira en el espejo. Tiene menos arrugas, y el pelo gris, no blanco. Y lo entiende: no se hace viejo. Se hace joven.

A los dieciocho, parece un hombre de cincuenta. Va a la universidad de Yale. Pero un día no tiene tinte, y nadie le cree. Lo echan de la universidad, y todos se ríen de él.

Has escuchado el segundo episodio. Muy bien: otro episodio entero en español.

En el próximo, Benjamin tiene veinte años, y parece un hombre de cincuenta. Va a un baile. Y allí conoce a una chica muy guapa. ¿Qué va a pensar ella de un hombre de cincuenta?

Hasta la próxima.

Y una pregunta para pensar.

Benjamin dice la verdad: "Tengo dieciocho años." Pero nadie le cree. Todos creen a sus ojos.

¿Y tú? ¿Qué crees más: lo que ves, o lo que te dicen?

3. La edad perfecta

En un baile, Benjamin conoce a Hildegarde, para quien cincuenta años es la edad perfecta. Se casan, pero el tiempo los lleva en direcciones contrarias: él es cada vez más joven, y ella, cada vez mayor.

Read the Spanish text

Bienvenido al tercer episodio de "El curioso caso de Benjamin Button".

Vamos a recordar. Benjamin nació con setenta años. Pero cada año se hace un poco más joven. A los doce años lo vio en el espejo. A los dieciocho parecía un hombre de cincuenta, y en la universidad de Yale nadie le creyó.

Hoy Benjamin se enamora. Escucha bien dos cosas: por qué a la chica le gusta Benjamin, y qué pasa entre los dos con los años.

Antes de seguir, tres palabras.

Primera: un baile. Un baile es una fiesta donde la gente baila. En aquella época, las familias ricas hacían bailes con música y vestidos elegantes.

Segunda: las canas. Las canas son los pelos blancos que salen con la edad.

Y tercera: el orgullo. El orgullo es el respeto que sientes por ti mismo. Una persona con orgullo no quiere hacer el ridículo delante de los demás.

En mil ochocientos ochenta, Benjamin tenía veinte años. Trabajaba con su padre, en el negocio de la familia. El señor Button tenía ahora cincuenta años. Y Benjamin también parecía tener cincuenta: parecían hermanos.

Una noche de agosto fueron juntos a un baile, en una casa de campo. Había luna llena, y los campos brillaban, blancos como la plata.

En la puerta, una chica bajaba de un coche de caballos. Benjamin la vio, y sintió algo que no conocía. La sangre le subió a la cara. El corazón le golpeaba en el pecho. Era el primer amor.

La chica era delgada, con el pelo rubio, casi de oro.

—Es la hija de un general —le dijo su padre—. Se llama Hildegarde.

Hildegarde es un nombre de mujer, y se dice "híldegard".

Bailaron juntos, y Benjamin sintió que la vida empezaba en ese momento.

—Usted y su hermano han llegado a la vez que nosotros, ¿verdad? —preguntó ella.

Hildegarde pensaba que el señor Button era su hermano. Benjamin se acordó de Yale. Y no dijo nada. Solo sonrió.

—Me gustan los hombres de su edad —dijo Hildegarde—. Los chicos jóvenes son tontos. Cincuenta años es la edad perfecta. Prefiero un marido de cincuenta, que me cuide a mí. No uno de treinta, al que tengo que cuidar yo.

De repente, a Benjamin, cincuenta años le pareció una edad maravillosa.

Volvieron a casa cuando salía el sol. El padre hablaba y hablaba del negocio.

—Hijo, ¿qué es lo más importante, después del negocio?

—El amor —dijo Benjamin, sin pensar.

Pero su padre no le escuchaba. Seguía hablando del negocio.

Vamos a parar un momento. ¿Qué ha pasado?

Benjamin tiene veinte años, pero parece un hombre de cincuenta. En un baile conoce a Hildegarde, una chica joven y muy guapa, y se enamora. Ella cree que Benjamin tiene cincuenta años. Y le gusta: para ella, es la edad perfecta.

Ahora vamos a ver qué pasa con los años.

Seis meses después, Benjamin y Hildegarde anunciaron que se iban a casar. Toda la ciudad habló de ellos. Decían que Benjamin tenía dos cuernos pequeños en la cabeza, como el diablo.

El señor Button publicó en el periódico la fecha de nacimiento de su hijo. Pero nadie lo creyó. Solo tenían que mirar a Benjamin.

A Hildegarde no le importó. Había tantas historias falsas sobre Benjamin que tampoco creyó la verdadera. Y se casaron.

Fueron unos años buenos. El negocio ganó muchísimo dinero, gracias a Benjamin. Tuvieron un hijo. El niño se llamaba Roscoe. Es un nombre de hombre, y se dice "róscou". Y Benjamin se sentía cada vez más fuerte y más alegre.

Pero había un problema. Hildegarde ya no le parecía tan guapa. Su pelo de oro era ahora marrón. Ya no quería ir a fiestas: prefería quedarse en casa.

En mil ochocientos noventa y ocho empezó una guerra. Benjamin se aburría en casa, y se fue. Fue muy valiente, y ganó una medalla.

Cuando volvió, Hildegarde lo esperaba en la puerta. Benjamin la besó y lo notó enseguida: ella tenía ya cuarenta años, y algunas canas.

Benjamin subió a su habitación y se miró en el espejo. Parecía un hombre de treinta años. Siempre había pensado que el cambio iba a parar un día. Pero no paraba. Y esta vez no sintió alegría. Sintió miedo.

En la cena, intentó hablar del tema.

—Todo el mundo dice que parezco más joven que nunca.

Hildegarde lo miró con cara fría.

—¿Y eso te parece bien? Deberías tener un poco de orgullo, y parar.

—¿Parar? ¡No puedo!

—Sí puedes. Eres un cabezota. Siempre quieres ser distinto a todo el mundo.

Un cabezota es una persona que nunca cambia de idea.

Benjamin no contestó. Y desde ese día, entre los dos se abrió una distancia. Una distancia que crecía cada año.

Vamos a recordar, con palabras simples.

En un baile, Benjamin conoce a Hildegarde. Él parece un hombre de cincuenta. Y a ella le encantan los hombres de cincuenta.

Se casan, y tienen un hijo, Roscoe. Pasan los años. Benjamin es cada vez más joven y más alegre. Hildegarde es cada vez mayor y más tranquila.

Benjamin vuelve de la guerra y se mira en el espejo: parece de treinta años. Tiene miedo. Hildegarde cree que él puede parar, si quiere. Y entre los dos crece una distancia.

Has escuchado el tercer episodio. Muy bien. Ya solo queda uno.

Benjamin sigue haciéndose joven, cada año un poco más. ¿Qué pasa cuando un padre parece más joven que su propio hijo? ¿Y cómo termina una vida al revés? En el último episodio lo vemos.

Hasta la próxima.

Y una pregunta para pensar.

Hildegarde se enamoró de un hombre de cincuenta. Pero ese hombre cambió. Y ella también cambió.

Cuando dos personas cambian, ¿puede el amor seguir igual?

4. La cuna blanca · finale

Benjamin vuelve a la universidad, esta vez a Harvard, pero cada año es más pequeño. Su propio hijo le pide que lo llame "tío", y el final de esta vida al revés se parece mucho a su principio. Más un cierre sobre F. Scott Fitzgerald.

Read the Spanish text

Bienvenido al cuarto y último episodio de "El curioso caso de Benjamin Button".

Vamos a recordar. Benjamin nació con setenta años, y cada año se hace más joven. Se casó con Hildegarde cuando parecía un hombre de cincuenta. Tuvieron un hijo, Roscoe. Pero Benjamin se hacía joven, y Hildegarde, mayor. Poco a poco, se separaron.

Hoy termina esta vida al revés. Escucha bien dos cosas: adónde vuelve Benjamin a estudiar, y quién lo cuida al final.

Antes de empezar, dos palabras, y un recuerdo.

Primera: el jardín de infancia. Es el colegio de los niños muy pequeños, de tres a cinco años. Allí juegan, pintan y cantan.

Segunda: una niñera. Una niñera es una mujer que cuida a los niños de otra familia.

Y el recuerdo: la cuna, la cama pequeña de los bebés. En el primer episodio, Benjamin era demasiado grande para su cuna. Hoy la cuna vuelve.

Pasaron los años. Benjamin iba a todas las fiestas de Baltimore, y bailaba con las chicas más jóvenes. Hildegarde se quedaba sentada, mirándolo en silencio.

—¡Qué pena! —decía la gente—. Un chico tan joven, casado con una mujer tan mayor.

Ya nadie se acordaba de que, treinta años antes, sus padres habían dicho lo contrario.

Roscoe creció, y empezó a llevar el negocio de la familia. Muchas veces, la gente pensaba que Benjamin y Roscoe eran hermanos.

En mil novecientos diez, Benjamin tenía cincuenta años. Pero parecía un chico de veinte. Y entró como estudiante en Harvard, la gran rival de Yale. Esta vez no le dijo su edad a nadie.

En su primer año, jugó al fútbol americano contra Yale. Jugó con una rabia fría, y ganó él solo el partido. Los jugadores de Yale salieron del campo uno a uno, sin fuerzas. Por fin, Yale se arrepentía.

Pero cada año, Benjamin era más pequeño. En el último año ya no podía jugar: parecía un chico de dieciséis. Y las clases le parecían muy difíciles.

Cuando terminó, volvió a Baltimore. Hildegarde ya no estaba: se había ido a vivir a Italia. Así que Benjamin se fue a vivir a casa de su hijo.

Vamos a parar un momento.

Benjamin tiene más de cincuenta años. Pero su cuerpo es el de un chico de dieciséis. Su mujer vive lejos, en Italia. Y ahora él vive en casa de su hijo, Roscoe, que parece mucho mayor que él.

Vamos a ver qué pasa en esa casa.

Roscoe no estaba contento. Un día, le dijo a su padre:

—Esto ya no tiene gracia. ¡Tienes que parar!

Y añadió:

—Y cuando haya visitas, llámame "tío". No "Roscoe": "tío". Queda muy raro que un chico de quince años me llame por mi nombre.

Un tío es el hermano de tu padre o de tu madre. Benjamin miró a su hijo, casi llorando.

En mil novecientos veinte nació el primer hijo de Roscoe. En la casa había también un niño de unos diez años, que jugaba con soldados de juguete. Nadie decía en voz alta quién era: el abuelo del bebé.

Cinco años después, Benjamin y su nieto iban juntos al jardín de infancia. A Benjamin le encantaba. Hacía cadenas con papeles de colores, y la maestra le tocaba el pelo con cariño.

Pero al año siguiente, el nieto pasó a la clase de los mayores. Y Benjamin se quedó. Poco a poco, ya no entendía para qué eran los papeles de colores. Los otros niños eran más grandes, y le daban miedo.

Desde entonces, su mundo fue su niñera. Se llamaba Nana. Es un nombre de mujer. En el parque, Nana le señalaba un animal gris, enorme, y decía: "elefante". Y Benjamin repetía: "elefante, elefante". Por la tarde, Nana le señalaba una gran bola naranja en el cielo, y decía: "sol".

Benjamin ya no recordaba nada. Ni la guerra. Ni a Hildegarde, a la que había querido tanto. Ni las tardes con su abuelo. Todo se había ido, como un sueño.

Solo quedaban la cuna blanca, la cara de Nana y el olor dulce de la leche caliente.

Y después, todo se volvió oscuro y tranquilo. Como antes de nacer.

Vamos a recordar el final.

Benjamin estudia en Harvard y gana a Yale al fútbol. Pero cada año es más pequeño. Hildegarde se va a Italia, y Benjamin vive con su hijo, Roscoe. Roscoe le pide que lo llame "tío".

Benjamin va al jardín de infancia con su nieto. Después, solo tiene a Nana, su niñera.

Poco a poco, lo olvida todo. Al final, solo quedan la cuna, Nana y la leche caliente. Y después, oscuridad. Como antes de nacer.

Una cosa interesante sobre el autor.

F. Scott Fitzgerald nació en mil ochocientos noventa y seis, y murió con solo cuarenta y cuatro años. Escribió sobre los años veinte en Estados Unidos: la época del jazz y de las grandes fiestas.

La idea de este cuento se la dio otro escritor, Mark Twain. Es un nombre de hombre, y se dice "mark tuéin". Twain dijo una vez que era una pena: lo mejor de la vida está al principio, y lo peor, al final. Y Fitzgerald se preguntó: ¿y si fuera al revés?

Y, sobre todo, gracias a ti.

Acabas de escuchar una historia entera en español. Cuatro episodios. Un bebé con barba, un espejo, un baile, una guerra y una cuna. Una vida entera, al revés, y en español. Eso no es poca cosa.

Si quieres escuchar más historias como esta, en español claro y tranquilo, puedes ir a la página stories.anicha.space. Pronto llega otra historia.

Hasta la próxima.

Y, para terminar, dos preguntas para pensar.

La primera. Mark Twain pensaba que lo mejor de la vida está al principio. Benjamin vivió su vida al revés. ¿Tú qué crees? ¿Cuál es la mejor parte de la vida?

Y la segunda. Al final, Benjamin lo olvida todo: la guerra, el amor, a su abuelo. Piensa un momento: ¿qué recuerdo tuyo no quieres perder nunca?

Gracias por escuchar. Hasta la próxima historia.