Cuentos Claros

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To Build a Fire

Jack London · retold in B1 Spanish

Season 2 of Cuentos para el oído · 10 episodes · about 7–8 minutes each

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1. El hombre y el frío

Comienza una historia nueva. Un hombre camina solo por el Yukón helado, con su perro, en una mañana de cincuenta grados bajo cero. El frío es enorme, pero él no parece tener miedo. El perro, en cambio, ya lo sabe.

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Hoy empezamos una historia nueva. Es una historia de Jack London. La historia se llama Encender una hoguera. No es una historia alegre. Es una historia tranquila, con mucho frío, mucho silencio y un poco de tensión. No tienes que entender cada palabra. Solo intenta entender tres cosas: dónde está el hombre, qué hace, y quién camina con él.

Tres palabras importantes para esta historia. Primera: el frío. Tú ya conoces la palabra "frío". Pero en esta historia el frío es más que el frío de un día normal. Es un frío muy, muy fuerte. Es un frío peligroso. Segunda: el Yukón. El Yukón, o el río Yukón, es un río largo y muy frío en el norte. Está cubierto de hielo en invierno. Y tercera: un perro. Tú ya conoces "perro". Pero este perro es importante. Este perro va a saber cosas que el hombre no sabe.

Era una mañana muy fría.

El cielo estaba gris. No había sol. El aire estaba quieto. Todo estaba en silencio.

Un hombre caminaba solo por un camino. El camino pasaba entre árboles grandes. La nieve cubría el suelo. La nieve es la cosa blanca que cae del cielo en invierno. La nieve estaba en todas partes. En los árboles, en el suelo, en el aire.

El hombre venía del río Yukón (yu-CON). El río Yukón es un río largo y muy frío. En invierno, el río Yukón está cubierto de hielo. El hielo es agua dura, agua congelada por el frío. Bajo el hielo del río, no se ve nada.

El hombre era nuevo aquí. Era su primer invierno en este país. Por eso no entendía bien el frío. Para él, "mucho frío" significaba "ponte los mitones". Nada más.

El hombre escupió. Escupir significa sacar saliva, el agua que tenemos en la boca. La saliva, en el aire, hizo un sonido pequeño: crack. Eso era extraño. Cuando hace mucho frío, la saliva hace ese sonido al caer al suelo. Pero aquí, lo hizo en el aire. Antes de caer.

El hombre se quedó pensando un momento. Y después siguió caminando. "No importa", pensó. "A las seis de la tarde llego al campamento. Allí estarán los otros. Allí habrá fuego."

El hombre miró su reloj. Eran las nueve de la mañana.

Hasta ahora, la situación es esta. Es una mañana de invierno, muy fría. Un hombre camina solo por un camino, en el norte, cerca del río Yukón. El hombre es nuevo aquí. Es su primer invierno. Hace mucho, mucho frío. La saliva del hombre hace un sonido extraño en el aire. Es una señal. Pero el hombre no entiende la señal. Sigue caminando. Quiere llegar al campamento a las seis de la tarde.

El hombre caminaba despacio. Llevaba mitones en las manos. Los mitones son guantes que cubren toda la mano, juntando los dedos. El hombre se tocó la cara con el mitón. La nariz estaba dura. Las mejillas estaban duras también. Hacía mucho frío.

Pero el hombre no estaba solo.

Detrás del hombre, caminaba un perro. Un perro grande, de color gris. Era un perro de nieve. Un perro de nieve es un perro fuerte, hecho para vivir en lugares muy fríos.

El perro caminaba despacio. El perro caminaba con cuidado.

El perro no quería caminar.

El perro sabía algo.

El perro tenía un saber antiguo. No es un saber de palabras. Es un saber del cuerpo. Es un saber que viene de los abuelos del perro, y de los abuelos de los abuelos. Esto se llama instinto.

El instinto del perro le decía: "Hoy no es un día para caminar. Hoy hace demasiado frío. Hoy es un día para estar cerca del fuego."

El hombre no escuchaba ese saber. El hombre solo pensaba en el reloj. En las seis de la tarde. En el campamento. En la cena caliente.

El perro miraba al hombre. El perro esperaba. Esperaba que el hombre parara. Esperaba que el hombre hiciera fuego. El perro había aprendido el fuego, y el perro quería fuego.

Pero el hombre no paró.

El hombre y el perro siguieron caminando. Despacio. En silencio. Por el camino frío y blanco.

Vamos a recordar la historia, con palabras más simples.

Es una mañana muy fría. Un hombre camina por un camino, cerca del río Yukón.

El hombre es nuevo aquí. No entiende el frío.

Su saliva hace un sonido extraño en el aire. El hombre no entiende qué significa.

Detrás del hombre, camina un perro grande, de color gris. Es un perro de nieve.

El perro sabe algo que el hombre no sabe. El perro sabe que hace demasiado frío. El perro quiere fuego.

Pero el hombre no para. El hombre y el perro siguen caminando juntos. En silencio.

Vamos a repetir las palabras importantes de esta historia.

El frío. El frío de hoy es muy fuerte. Es un frío peligroso.

La nieve. La nieve cubre el camino y los árboles.

El camino. El hombre camina por un camino entre los árboles.

El perro. El perro camina detrás del hombre, despacio, con cuidado.

La mañana. Son las nueve de la mañana, y hace mucho, mucho frío.

Has escuchado el primer episodio. El hombre camina. El perro camina detrás.

En el próximo episodio: ¿qué sabe el perro? ¿Y por qué el hombre no lo escucha?

Hasta la próxima.

2. El perro lo sabe

El hombre y el perro siguen caminando por el frío. El perro tiene la cara y los bigotes llenos de hielo. Cruzan un arroyo silencioso bajo la nieve. El perro siente algo que el hombre no entiende.

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En el primer episodio, conocimos a un hombre y a un perro. Era una mañana muy fría. El hombre caminaba por un camino. El perro caminaba detrás. El hombre no entendía el frío. El perro sí. Hoy seguimos la misma historia. Vamos a aprender dos palabras nuevas para el bosque, y vamos a entrar más en la cabeza del perro.

Dos palabras importantes para esta historia. Primera: las ramas. En el bosque hay árboles grandes. Los árboles tienen ramas. Las ramas son las partes largas que salen del árbol. Y segunda: el musgo. En las ramas viejas, a veces, hay musgo. El musgo es una planta pequeña, suave y verde. Crece en la madera vieja, en las piedras y en los árboles del bosque.

El hombre y el perro caminaban juntos. Despacio, en silencio.

El perro tenía la cara blanca. Su aliento se había congelado en su pelo. Sus ojos y su boca estaban cubiertos de hielo fino, como una pequeña máscara blanca.

El hombre tenía una barba roja. La barba es el pelo que tienen algunos hombres en la cara. La barba del hombre también estaba congelada. Pero la barba del hombre tenía más hielo que la cara del perro. Cada vez que el hombre respiraba, un poco más de hielo crecía en su barba.

Al hombre no le importaba. Pensaba: "Es invierno. En invierno, hace frío. La barba se congela. Es normal."

El camino pasaba por un bosque. Un bosque es un lugar con muchos árboles. Los árboles eran grandes. Eran árboles del norte, fuertes para el frío.

Sobre el camino había muchas ramas. Las ramas son las partes largas de los árboles. Las ramas pasaban por encima de la cabeza del hombre. El hombre caminaba por debajo, sin mirarlas.

En las ramas más viejas había musgo. El musgo es una planta pequeña y verde. Crece en la madera vieja, suave y un poco mojada. El musgo es importante. La madera con musgo, cuando está seca, es muy buena para el fuego. Pero el hombre no pensaba en el fuego. Aún no.

El perro paró un momento. El perro miró una rama con musgo. Después, miró al hombre.

El hombre no entendió la mirada. El hombre siguió caminando.

El perro siguió detrás, con la cola baja.

Hasta ahora, esto es lo que pasa. El hombre y el perro caminan juntos por un bosque. Hace mucho frío. El hombre tiene una barba con hielo. El perro tiene la cara blanca por el frío. En el bosque hay árboles grandes con ramas, y en las ramas viejas hay musgo, una planta verde y suave. El perro mira las ramas. El hombre no las mira. El hombre solo piensa en llegar al campamento.

El hombre no pensaba mucho.

No tenía nada importante en la cabeza. Solo dos cosas. Uno: a las doce y media voy a comer. Dos: a las seis voy a llegar al campamento.

No podía hablar. Tenía la boca cerrada por el hielo. Y, además, no había nadie con quien hablar. Solo el perro.

Cada pocos minutos, la cara del hombre se ponía dura por el frío. La nariz, las mejillas. Entonces el hombre se frotaba la cara con el mitón, sin pensar. Una mano, después la otra. Cuando paraba, la cara se ponía dura otra vez.

El perro caminaba detrás, despacio. Con la cola baja. El perro no quería caminar.

El perro tenía un saber dentro del cuerpo. Un saber viejo. Los abuelos del perro habían vivido en este frío. Los abuelos de los abuelos también. Sus cuerpos recordaban este frío. Y por eso el perro, sin palabras, sabía: "Hoy no es un día para caminar. Hoy es un día para esperar al lado del fuego."

El hombre no tenía ese saber. Los abuelos del hombre no habían vivido aquí. Para el hombre, el frío era un número en un termómetro. Solo eso.

Pero el perro caminaba detrás del hombre, no por amor, sino porque el hombre era el dueño del fuego. El hombre era el dueño de la comida. El perro se quedaba cerca, aunque sabía.

Llegaron a un pequeño arroyo. Un arroyo es como un río, pero más pequeño. El arroyo estaba congelado. Sobre el hielo había mucha nieve. La nieve era profunda y blanca. No había marcas de nadie. Hacía un mes que nadie había pasado por aquí.

El hombre bajó al hielo del arroyo. El perro lo siguió.

Y los dos caminaron, en silencio, sobre el arroyo congelado.

Vamos a recordar la historia, con palabras simples.

El hombre y el perro caminan juntos por un bosque, después por un arroyo congelado. Hace mucho frío.

El hombre tiene la barba llena de hielo. El perro tiene la cara blanca, también llena de hielo.

El hombre no piensa mucho. Solo piensa en la comida y en el campamento.

El perro tiene un saber viejo, en el cuerpo. Sabe que hace demasiado frío para caminar. Sus abuelos vivían en este frío.

El hombre no tiene ese saber. Para el hombre, el frío es solo un número.

Los dos caminan juntos. En silencio. Por un camino donde no ha pasado nadie en un mes.

Vamos a repetir las palabras importantes de hoy.

Las ramas. Las ramas son las partes largas de los árboles. En el bosque, las ramas pasan por encima del camino.

El musgo. El musgo es una planta pequeña y verde. Crece en la madera vieja.

La barba. La barba es el pelo que tienen algunos hombres en la cara. La barba del hombre está llena de hielo.

Pensar. El hombre no piensa mucho. Solo piensa en la comida y en el campamento.

Has escuchado el segundo episodio. El hombre y el perro caminan juntos. Pero solo el perro sabe.

En el próximo episodio: la hora de comer, y un viejo que dijo algo importante. ¿Qué dijo?

Hasta la próxima.

3. El viejo del arroyo

Es hora de comer. El hombre se acuerda del viejo del arroyo Sulphur, que le dijo que nadie debería viajar solo a cincuenta bajo cero. Pero a él le parece una exageración. Enciende un fuego rápido para descongelar la comida.

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En el episodio dos, el hombre y el perro caminaban juntos por un bosque. El hombre solo pensaba en la comida y en el campamento. El perro sabía que hacía demasiado frío. Hoy llegamos a la hora de comer. Y el hombre va a recordar a un viejo que le dijo algo importante. Vamos a aprender tres palabras importantes.

Tres palabras importantes para esta historia. Primera: el arroyo. Tú ya conoces "el río Yukón". Un arroyo es como un río, pero más pequeño. Segunda: los mitones. Los mitones son guantes calientes. Cubren toda la mano, juntando los dedos. Son muy buenos para el frío. Pero con los mitones, es difícil coger cosas pequeñas. Y tercera: los fósforos. Los fósforos son palitos pequeños de madera. Cuando los frotas, hacen una pequeña llama. Con la llama, puedes hacer fuego.

El hombre miró su reloj. Eran las doce y media de la tarde.

Estaba en un lugar especial del arroyo: el lugar donde el arroyo se divide en dos caminos. A la izquierda hay un arroyo. A la derecha hay otro arroyo. El hombre tenía que comer aquí. Era el plan.

El hombre estaba contento. "Voy bien", pensó. "A las seis estaré en el campamento, con los otros."

Se sentó sobre un tronco cubierto de nieve.

Sacó la comida de debajo de su chaqueta. La comida estaba caliente, pegada a su cuerpo: dos galletas con tocino. Una galleta es un pan pequeño y duro, redondo. El tocino es carne salada del cerdo. Comida de hombres del norte.

Para coger la comida, el hombre tuvo que quitarse un mitón. Solo uno. Solo un momento.

Pero, en menos de un minuto, los dedos de la mano sin mitón se quedaron sin sentir. Los dedos son las cinco partes pequeñas de la mano. El frío entró en los dedos rápido. Muy rápido.

El hombre se asustó un poco. Volvió a poner el mitón. Golpeó la mano contra la pierna, fuerte, para que volviera la sangre.

Después intentó comer.

Pero no pudo. La barba con hielo le cerraba la boca. No podía abrirla bastante para morder la galleta.

El hombre se rió, en silencio, de sí mismo. "¡Qué tonto!", pensó. "Olvidé lo más importante. Tenía que hacer un pequeño fuego primero, para calentar la cara."

Hasta ahora, esto pasa. El hombre llega al arroyo, al lugar donde el arroyo se divide en dos. Es la hora de comer. Saca una galleta y un poco de tocino. Pero, para coger la comida, tiene que quitarse un mitón. Y, en menos de un minuto, su mano sin mitón se queda sin sentir por el frío. El hombre vuelve a poner el mitón. Después intenta comer. Pero no puede: tiene la boca cerrada por el hielo de la barba. Olvidó hacer un pequeño fuego antes.

El hombre se levantó. Movió los pies, fuerte, contra el suelo. Quería sentir los dedos del pie. Tardó un momento.

Y entonces, por primera vez ese día, sintió un poco de miedo.

Y se acordó del viejo.

El viejo vivía en otro arroyo, lejos. El arroyo se llamaba Sulphur (SUL-fer). El otoño pasado, el hombre había estado allí. El viejo era un hombre con muchos años en el norte. Sabía mucho del frío.

El viejo le había dicho: "Cuando hace mucho frío, mucho mucho frío, nunca camines solo. Espera. O ve con otra persona."

El hombre, entonces, se rió. Pensó: "Es un viejo. Habla demasiado." Pero ahora, con los dedos del pie sin sentir, el hombre pensaba diferente.

"El viejo tenía razón", pensó el hombre. "Hace demasiado frío. No hay que estar tan seguro de las cosas."

Era la segunda señal del día. La primera fue la saliva en el aire. Esta es la segunda: el viejo en su memoria. El hombre la oyó, casi.

Pero después se dijo: "Bueno. Voy a hacer un pequeño fuego. Voy a comer. Y voy a seguir."

El hombre sacó los fósforos del bolsillo. Los fósforos son palitos pequeños de madera. Hacen una llama cuando los frotas.

Cerca de los árboles, encontró ramas viejas y secas. Las ramas con musgo seco eran las mejores. Las puso sobre la nieve. Encendió un fósforo. Una llama pequeña.

Poco a poco, con cuidado, el fuego creció.

El hombre se calentó la cara. El hielo de la barba se derritió un poco. Por fin pudo comer las galletas con tocino.

El perro se acercó. Se quedó cerca del fuego. No demasiado cerca, para no quemarse. Lo bastante cerca para sentir el calor.

Para el perro, el fuego era todo. El perro no quería irse del fuego.

El hombre terminó de comer. Fumó un poco de pipa, tranquilo. Después se puso los mitones. Se cerró el sombrero sobre las orejas.

Y se levantó.

"Vamos", le dijo al perro. La voz del hombre era dura.

El perro miró el fuego. El perro no quería irse.

Pero el hombre era el dueño del fuego.

Y los dos se fueron. Por el camino de la izquierda. El otro arroyo.

Vamos a recordar la historia, con palabras simples.

El hombre llega al arroyo, a la hora de comer. Para coger la comida, se quita un mitón. En menos de un minuto, los dedos se quedan sin sentir. Hace mucho frío.

El hombre no puede comer porque tiene la boca cerrada por el hielo. Se ríe de sí mismo. Olvidó hacer un pequeño fuego primero.

Entonces el hombre se acuerda de un viejo. El viejo vive en el arroyo Sulphur. El viejo le dijo: "Cuando hace mucho frío, no camines solo." El hombre se había reído del viejo. Ahora piensa que el viejo tenía razón.

El hombre saca los fósforos. Hace un pequeño fuego con ramas viejas. Come. Fuma su pipa. El perro se queda cerca del fuego, contento.

Después, el hombre apaga el fuego en su cabeza y se levanta. Toma el camino de la izquierda. El perro lo sigue, despacio, sin querer.

Vamos a repetir las palabras importantes de hoy.

El arroyo. Un arroyo es un río pequeño. El hombre come al lado del arroyo.

Los mitones. Los mitones cubren los dedos juntos. Son buenos para el frío, pero no para coger cosas pequeñas.

Los fósforos. Los fósforos son palitos pequeños de madera. Hacen una llama cuando los frotas.

El viejo. El viejo del arroyo Sulphur le dijo al hombre: "Cuando hace mucho frío, no camines solo."

Has escuchado el tercer episodio. El hombre comió. Hizo un pequeño fuego. Ahora sigue su camino.

En el próximo episodio: hay agua bajo la nieve. Agua que no se ve. ¿Quién va a probar el camino primero?

Hasta la próxima.

4. El agua escondida

El hombre busca lugares seguros para caminar, pero bajo la nieve hay agua escondida. El perro la prueba primero — un test antiguo. Una caída sería un problema muy serio. El hombre cree que él va a tener cuidado.

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En el episodio tres, el hombre comió al lado del arroyo. Hizo un pequeño fuego. Se acordó de un viejo. Y después se fue por el camino de la izquierda. Hoy el hombre sigue caminando. Pero el camino tiene un peligro nuevo: hay agua escondida bajo la nieve. Vamos a aprender qué es.

Tres palabras importantes para esta historia. Primera: el hielo. Tú ya conoces "el hielo". El hielo es agua dura, agua congelada por el frío. El hielo se rompe cuando es fino. Segunda: el agua escondida. "Escondida" significa que no se ve. El agua escondida es agua bajo la nieve. Es peligrosa porque no la ves hasta que la pisas. Y tercera: los dedos. Los dedos son las cinco partes pequeñas de la mano. También hay dedos en los pies.

El hombre y el perro caminaban sobre el arroyo congelado.

El hombre sabía algo de este país, aunque no lo sentía. Sabía que, en este invierno, había trampas debajo de la nieve.

¿Qué trampas? Trampas de agua.

Cuando hace mucho frío, casi todo se congela. El río Yukón está congelado. Los lagos están congelados. Pero algunas pequeñas fuentes de agua, en las colinas, no se congelan nunca. Esa agua sale de la tierra. Corre debajo de la nieve, sobre el hielo del arroyo.

Por encima, no se ve. La nieve cubre todo. Pero debajo, hay agua. Agua escondida.

Si pisas la nieve sobre esa agua, primero hay un hielo fino. Si el hielo fino se rompe... te mojas. A veces solo los pies. A veces toda la pierna.

Y mojarse en este frío es muy peligroso.

El hombre miraba la nieve con cuidado. Estudiaba las marcas. Buscaba señales.

De repente, sintió algo bajo el pie. La nieve se hundió un poco. Oyó un sonido pequeño y seco: el sonido de un hielo fino que se rompe.

El hombre saltó. Saltó hacia atrás, fuerte y rápido. Se alejó varios pasos.

Se quedó mirando la nieve. Estudió. Pensó: "El agua viene de la derecha. Voy a ir por la izquierda." Y caminó muy despacio, probando cada paso, hasta pasar al otro lado.

El hombre estaba seco. El hombre seguía con suerte.

Hasta ahora, esto pasa. El hombre y el perro caminan sobre el arroyo congelado. Pero hay un peligro nuevo. Bajo la nieve, en algunos lugares, hay agua escondida. Es agua que no está congelada porque viene de las colinas. Sobre el agua hay un hielo muy fino. Si lo pisas, se rompe, y te mojas. El hombre, al caminar, oye el sonido del hielo fino. Salta hacia atrás. Estudia el camino. Y pasa al otro lado, despacio. Está seco. Pero el peligro sigue.

Un poco más adelante, había otro lugar sospechoso. La nieve parecía normal. Pero el hombre no estaba seguro.

El hombre miró al perro.

"Tú primero", dijo. La voz del hombre era dura otra vez.

El perro no quería ir. El perro paró. El hombre lo empujó, hacia adelante.

El perro caminó sobre la nieve blanca. Despacio, con cuidado.

Y entonces, de repente, el perro cayó. El hielo fino se rompió bajo sus patas. La pata es la parte del perro que toca el suelo, como la mano del hombre o el pie del hombre, pero del perro.

El agua tocó las patas de delante del perro. Solo un momento. El perro saltó, fuerte, rápido, hacia un lugar más sólido.

Estaba en la nieve firme otra vez. Pero las patas estaban mojadas.

Y, en este frío, el agua de las patas se hizo hielo en pocos segundos.

El perro se echó sobre la nieve. Empezó a morder el hielo entre los dedos de las patas. Morder es lo que haces con la boca cuando comes algo duro.

El cuerpo del perro sabía que el hielo entre los dedos era malo. Que iba a cortar la piel. Que iba a hacer daño. El perro no sabía por qué. Su cuerpo lo sabía. Y el perro obedeció a su cuerpo.

El hombre comprendió.

El hombre se quitó un mitón otra vez. Solo un momento. Solo para ayudar al perro. Con los dedos sin mitón, sacó los pequeños trozos de hielo entre los dedos de las patas del perro.

En menos de un minuto, los dedos del hombre se quedaron sin sentir.

Volvió a poner el mitón. Golpeó la mano contra el pecho. Fuerte. Una y otra vez. Hasta que volvió la sangre.

El perro se levantó. Tenía las patas heladas, pero ya estaba mejor.

El hombre y el perro siguieron caminando.

Pero ahora algo había cambiado. Antes, el perro caminaba detrás. Ahora, a veces, el perro caminaba delante. El hombre lo mandaba delante para probar la nieve.

Al perro no le gustaba.

Vamos a recordar la historia, con palabras simples.

El hombre camina sobre el arroyo congelado. Sabe que hay un peligro nuevo: el agua escondida.

Bajo la nieve, en algunos lugares, hay agua que no se congela. Sobre el agua hay un hielo muy fino. Si lo pisas, se rompe.

El hombre oye el sonido del hielo fino. Salta hacia atrás. Pasa al otro lado, despacio. Está seco.

Pero después, en otro lugar, el hombre no está seguro. Manda al perro a probar la nieve primero.

El perro cae. Las patas del perro se mojan. El agua se hace hielo entre los dedos de las patas.

El perro muerde el hielo entre los dedos. Su cuerpo sabe que es peligroso. El hombre se quita un mitón y le ayuda.

Pero, en menos de un minuto, la mano del hombre se queda sin sentir otra vez.

Vamos a repetir las palabras importantes de hoy.

El hielo. El hielo es agua dura, congelada por el frío. El hielo fino se rompe.

El agua escondida. El agua escondida es agua bajo la nieve. No se ve. Es peligrosa porque no la ves hasta que la pisas.

Los dedos. Los dedos son las partes pequeñas de la mano y del pie. Los dedos del hombre se quedan sin sentir cuando se quita el mitón.

Has escuchado el cuarto episodio. El hombre está seco. El perro tiene las patas heladas, pero está bien. Los dos siguen caminando.

En el próximo episodio: el hombre va delante. Y la nieve no perdona.

Hasta la próxima.

5. Las piernas mojadas

El hombre se cae en el agua escondida hasta las rodillas. Tiene las piernas mojadas y el frío empieza a entrar muy rápido. Sabe que necesita fuego, ya, y empieza a juntar ramas con manos que ya no responden bien.

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En el episodio cuatro, el hombre y el perro encontraron un peligro nuevo: el agua escondida bajo la nieve. El perro se mojó las patas. Pero el hombre estaba seco. Hoy el hombre va delante. Y la nieve, esta vez, no perdona. Hoy no hay palabras nuevas. Solo la historia.

Recuerda las palabras importantes de los días anteriores. La nieve. El hielo. El agua escondida. Los dedos. Los mitones. Los fósforos. Las ramas. Hoy las vas a oír otra vez, en una situación nueva.

Pasó media hora.

El hombre y el perro caminaban más rápido. La nieve parecía buena. No había señales de peligro. El hombre estaba contento.

Pensó: "El agua escondida está atrás. Aquí ya no hay. Voy a llegar al campamento a las seis. Bien."

Caminaba a buen paso. El perro caminaba detrás otra vez.

Y entonces, en un lugar donde la nieve parecía completamente normal, donde no había ninguna señal, el hombre dio un paso.

La nieve se hundió.

El hombre cayó. Cayó hasta media pierna. Después un poco más. Hasta las rodillas. La rodilla es la parte de la pierna que se dobla, en el medio.

El agua tocó las piernas del hombre.

El hombre saltó hacia adelante. Se subió a un lugar firme, fuera del agua.

Estaba mojado. Los pantalones estaban mojados. Los calcetines estaban mojados. Las botas estaban mojadas. Hasta las rodillas.

El hombre maldijo en voz alta. "¡Qué mala suerte!"

Pensó: "Voy a tardar una hora más. No voy a llegar al campamento a las seis."

Hasta ahora, esto pasa. Después de comer, el hombre y el perro caminan rápido. La nieve parece buena. No hay señales de agua escondida. El hombre está contento. Pero, de repente, en un lugar normal, la nieve se hunde. El hombre cae. El agua le moja las piernas hasta las rodillas. El hombre salta hacia un lugar firme. Está mojado de las rodillas para abajo. Y hace mucho, mucho frío.

Pero entonces, una idea entró en la cabeza del hombre. Una idea clara y dura, como hielo.

"Tengo que hacer un fuego ahora. Ahora mismo. No en cinco minutos. Ahora."

El hombre conocía las reglas del frío. Esto lo sabía bien.

Si los pies están secos, puedes correr para calentarte. Pero si los pies están mojados, no puedes. El agua de los calcetines se hace hielo en pocos segundos. El frío entra hasta la piel. Y los pies, despacio, dejan de vivir.

Por primera vez ese día, la cabeza del hombre y el cuerpo del hombre estaban de acuerdo.

Antes, el cuerpo decía "frío" y la cabeza decía "no importa". Ahora los dos decían lo mismo: "Fuego. Ahora."

El hombre dejó el camino. Subió a la orilla del arroyo, hacia los árboles.

Allí, entre los árboles pequeños, encontró lo que buscaba: madera vieja y seca. Ramas pequeñas. Ramas grandes. Hierba seca del verano pasado.

Era buena suerte. Toda esa madera estaba allí, lista.

El hombre puso varias ramas grandes sobre la nieve. Eran la base. Sobre la base iba a poner la madera más pequeña, después el fósforo. La base era importante: sin la base, la pequeña llama se hundiría en la nieve y se apagaría.

Después sacó un papel especial del bolsillo. No era papel normal. Era corteza de abedul. La corteza es la piel de un árbol. El abedul es un árbol del norte. Su corteza arde muy bien, mejor que el papel.

Puso la corteza sobre la base.

Las manos del hombre se movían rápido.

El próximo minuto era todo.

Vamos a recordar la historia, con palabras simples.

El hombre y el perro caminan rápido después de comer. La nieve parece buena. Pero, en un lugar normal, la nieve se hunde. El hombre cae. El agua le moja las piernas hasta las rodillas.

El hombre conoce el peligro. Sabe que tiene que hacer un fuego ahora. Si no, los pies se van a morir por el frío. No puede correr para calentarse, porque los pies están mojados.

El hombre sube a la orilla. Encuentra madera vieja y seca, ramas y hierba. Pone las ramas grandes sobre la nieve, como base. Sobre la base, pone una corteza especial, de un árbol del norte que arde muy bien.

Las manos del hombre se mueven rápido.

El próximo minuto va a decidir todo.

Vamos a recordar las palabras que usamos hoy. Hoy no hay palabras nuevas. Solo palabras que ya conoces.

La nieve. La nieve se hundió bajo el pie del hombre.

El hielo. El agua mojada se hace hielo en pocos segundos.

Los dedos. Las manos del hombre se mueven rápido. Pronto los dedos van a estar sin sentir.

Las ramas. El hombre puso ramas grandes sobre la nieve, como base para el fuego.

Los fósforos. El hombre todavía no ha encendido el fósforo. Eso es para el próximo episodio.

Has escuchado el quinto episodio. El hombre está mojado. Pero todavía tiene tiempo. Tiene madera. Tiene la corteza. Tiene los fósforos.

En el próximo episodio: ¿va a funcionar el fuego?

Hasta la próxima.

6. El primer fuego

El hombre construye su primer fuego, paso a paso. Funciona. Se siente seguro. Pero, encima de él, hay nieve sobre las ramas de un árbol. Y la nieve, de repente, cae.

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En el episodio cinco, el hombre cayó en el agua escondida. Las piernas quedaron mojadas. El hombre preparó todo para encender un fuego: una base de ramas grandes, sobre la base un papel de árbol del norte. Las manos del hombre se movían rápido. Hoy: ¿va a funcionar el fuego? Hoy no hay palabras nuevas.

Recuerda las palabras importantes. El fuego. La llama. Los fósforos. Las ramas. La nieve. Los dedos. Los mitones. Hoy todas estas palabras van a aparecer juntas. La situación es muy seria. Pero la historia es clara.

El hombre encendió un fósforo. La pequeña llama tocó el papel de árbol del norte. El papel ardió.

El hombre trabajaba despacio. Con mucho cuidado. Sabía una cosa: cuando hace tanto frío, con los pies mojados, no puede fallar la primera vez. La primera vez tiene que funcionar.

Sobre el papel, puso hierba seca. Sobre la hierba, ramas muy pequeñas — las más pequeñas que tenía. La llama creció un poco. Después puso ramas un poco más grandes. La llama creció más.

En unos minutos, el hombre iba a poder poner ramas grandes, como un dedo de gruesas. Y después: iba a poder quitarse las botas mojadas. Iba a poder secar los calcetines. Iba a poder calentar los pies, despacio, junto al fuego, con un poco de nieve primero para los pies muy fríos.

El fuego estaba funcionando. El hombre estaba a salvo.

Y entonces, el hombre se acordó del viejo del arroyo Sulphur.

"El viejo", pensó, "hablaba demasiado. Un hombre de verdad puede caminar solo. Sí, tuve un accidente. Sí, estoy solo. Pero estoy haciendo un fuego. Estoy bien."

El hombre sonrió, en silencio, junto al fuego.

Pero sus dedos ya no sentían. Los dedos estaban lejos del cuerpo. Para coger una rama, el hombre tenía que mirar la mano. Tenía que mirar para saber si la rama estaba en la mano o no.

La nariz y las mejillas se estaban congelando, despacio.

Pero el fuego crecía. Y el hombre pensaba: estoy a salvo.

Hasta ahora, esto pasa. El hombre enciende un fósforo. El papel arde. El fuego crece, despacio. El hombre pone hierba, después ramas pequeñas. Pronto va a poder secar los pies. El fuego está funcionando. El hombre se acuerda del viejo del arroyo y se ríe. "Un hombre de verdad puede caminar solo", piensa. Sus dedos ya no sienten, pero el fuego está creciendo.

El hombre quería quitarse las botas. Las botas estaban duras como hierro, por el hielo. Los cordones también, duros y retorcidos. Con los dedos sin sentir, era imposible.

Entonces, el hombre sacó el cuchillo del bolsillo. Iba a cortar los cordones.

Pero antes de poder cortar, pasó algo.

El hombre había hecho un error.

El hombre había hecho el fuego debajo de un árbol grande. Un árbol cubierto de nieve.

Cada vez que el hombre tiraba de una rama, allá abajo, el árbol se movía un poco. Solo un poco. El hombre no lo sentía. Pero el árbol, arriba, sí.

Y entonces, arriba del árbol, pasó esto.

Una rama, arriba del todo, tiró su nieve. Cayó sobre la rama de abajo. Esa rama también tiró su nieve. Y la rama de más abajo. Y la siguiente.

Era como una pequeña avalancha. Toda la nieve del árbol cayó al mismo tiempo. Una avalancha es mucha nieve que cae junta, fuerte y rápido.

La nieve cayó sobre el hombre. Y sobre el fuego.

El fuego se apagó.

Donde había estado el fuego, ya no había fuego. Solo había nieve nueva, blanca, desordenada.

El hombre se quedó quieto. Miró el lugar donde había estado el fuego.

Era como si hubiera oído su propia sentencia de muerte.

Y entonces, despacio, se calmó.

"Tal vez el viejo del arroyo Sulphur tenía razón", pensó. "Si tuviera un compañero, no estaría en peligro ahora. El otro hombre podría hacer el fuego."

El hombre miró sus manos. Después miró la nieve donde había estado el fuego.

"Voy a hacer el fuego otra vez", pensó. "Esta vez, en un lugar abierto, sin árbol arriba. Esta vez, no puedo fallar. Aunque haga el fuego, voy a perder algunos dedos del pie. Los pies ya deben estar muy congelados. Pero todavía tengo tiempo."

Se levantó.

Vamos a recordar la historia.

El hombre enciende un fósforo. El papel arde. La llama crece. El hombre pone hierba, ramas pequeñas, ramas más grandes. El fuego está funcionando. El hombre piensa que está a salvo.

Pero el hombre había hecho un error. Había hecho el fuego debajo de un árbol grande, con mucha nieve en las ramas. Cuando el hombre tira de las ramas pequeñas, el árbol se mueve un poco. Y arriba del árbol, la nieve empieza a caer.

Una rama tira su nieve. Después la siguiente. Después la siguiente. Como una pequeña avalancha. Toda la nieve del árbol cae al mismo tiempo, sobre el fuego.

El fuego se apaga.

El hombre se queda quieto. Es un momento muy serio. Pero después se calma. Decide: voy a hacer el fuego otra vez. En un lugar abierto.

Se levanta.

Vamos a repetir las palabras importantes.

El fuego. El fuego del hombre creció, pero la nieve lo apagó.

Las ramas. El hombre puso ramas pequeñas sobre el papel. Después ramas más grandes.

Los dedos. Los dedos del hombre ya no sentían. Estaban lejos del cuerpo.

Los fósforos. El hombre encendió un fósforo para empezar el fuego.

Has escuchado el sexto episodio. El primer fuego se apagó. El hombre se levanta. Va a hacer otro fuego.

En el próximo episodio: el segundo fuego. ¿Va a funcionar?

Hasta la próxima.

7. Los fósforos

El hombre intenta encender otro fuego, pero sus manos casi no se mueven. Toma todos los fósforos juntos para tener una sola oportunidad. La nieve apaga la llama. Y él entiende algo terrible.

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En el episodio seis, el primer fuego se apagó. Nieve cayó del árbol arriba sobre el fuego. El hombre se calmó. Decidió hacer otro fuego, en un lugar abierto. Hoy: el segundo intento. Y sus manos casi no funcionan.

Recuerda las palabras importantes. Los fósforos. La llama. El fuego. La nieve. Las ramas. El musgo. Los dedos. Los mitones. Los pies. La boca. Hoy todas estas palabras van a aparecer en una sola escena.

El hombre se levantó. Caminó unos pasos hacia un lugar abierto, sin árboles arriba.

Allí hizo una nueva base, sobre la nieve. Buscó hierba seca y ramas pequeñas, debajo de la nieve, entre los árboles pequeños.

Pero los dedos no se cerraban.

El hombre no podía coger las ramas pequeñas con dos dedos, como hace una persona normal. No. Los dedos estaban duros como piedras. No respondían.

Entonces el hombre cogió las ramas con las dos manos abiertas, como un cazo. Cogía todo a la vez. Con las ramas buenas también venía madera vieja y musgo verde, suave y mojado. No era ideal. Pero el hombre hacía lo mejor que podía.

El perro se sentó en la nieve. Miraba al hombre. El perro esperaba el fuego. Para el perro, el hombre era el dueño del fuego. Y el fuego tardaba.

El hombre metió la mano en el bolsillo. Allí estaba el segundo papel de árbol del norte. Lo sabía. Pero no lo sentía. Solo oía el sonido pequeño del papel cuando los dedos pasaban por encima.

No podía cogerlo.

Por dentro, el hombre sintió un pequeño miedo. Pero se quedó tranquilo. Se puso los mitones con la boca, con los dientes. Empezó a golpear las manos contra las piernas, fuerte. Una vez. Otra vez. Otra vez. Sentado. De pie. Sentado otra vez.

Después de unos minutos, sintió algo en los dedos. Un dolor pequeño y agudo. Era doloroso, pero el hombre estaba contento. El dolor significaba que los dedos todavía estaban vivos.

Hasta ahora, esto pasa. El hombre va a un lugar abierto. Hace una nueva base sobre la nieve. Pero los dedos no se cierran. Coge las ramas con las dos manos juntas, como un cazo. Junto con las ramas buenas hay también madera vieja y musgo. El perro se sienta y mira, esperando el fuego. El hombre busca el segundo papel de árbol en el bolsillo. Lo oye, pero no lo siente. No lo puede coger. Se pone los mitones con la boca y golpea las manos contra las piernas para sentirlas otra vez.

El hombre se quitó un mitón. Esta vez, con esfuerzo, sacó el papel del bolsillo.

Después buscó los fósforos. Pero los dedos ya estaban sin sentir otra vez. Para coger un solo fósforo, los dedos no respondían. Todos los fósforos cayeron en la nieve, al lado de las piernas del hombre.

El hombre intentó cogerlos. Pero los dedos no se cerraban. Con los dos mitones, despacio, juntó los fósforos con un poco de nieve, y los puso encima de las piernas.

No estaba mejor.

Pero el hombre tuvo una idea.

Cogió todos los fósforos juntos entre las dos partes duras de las manos, cerca de la muñeca. La muñeca es donde la mano se junta con el brazo. La parte dura de la mano, cerca de la muñeca, todavía funcionaba.

Subió los fósforos a la boca. Con mucho esfuerzo, abrió los labios, duros por el hielo. Con los dientes de arriba, sacó un solo fósforo del grupo.

El fósforo cayó sobre las piernas. No podía cogerlo con la mano.

Entonces, lo cogió con los dientes. Con los dientes, lo frotó contra la pierna. Una vez. Dos veces. Veinte veces. El fósforo se encendió.

El hombre, con los dientes, llevó la pequeña llama al papel.

Pero el humo del fósforo subió por la nariz del hombre. Entró en los pulmones. El hombre tosió, fuerte. El fósforo cayó. Se apagó en la nieve.

En la cabeza del hombre, despacio, una idea: "El viejo del arroyo Sulphur tenía razón."

Pero el hombre no tenía tiempo para esa idea. Tenía que hacer fuego.

Se quitó los dos mitones, con los dientes. Las dos manos estaban desnudas ahora, en el frío.

Cogió los setenta fósforos juntos, entre las dos partes duras de las manos. Los frotó, todos juntos, contra la pierna.

Setenta fósforos se encendieron al mismo tiempo. Una llama grande, brillante.

El hombre giró la cabeza para no respirar el humo. Llevó la llama grande al papel.

Y entonces sintió otra cosa: las manos. Las manos quemándose.

El hombre olía su propia mano. Sentía el dolor entrar por la piel. El dolor era muy fuerte.

Pero el hombre no soltó. Mantuvo la llama contra el papel.

Cuando ya no pudo más, separó las manos. Los fósforos cayeron en la nieve. Se apagaron.

Pero el papel estaba ardiendo.

El fuego estaba vivo.

El hombre puso hierba seca, después ramas muy pequeñas. Con los dientes, quitaba el musgo y la madera vieja. El fuego era pequeño, pero crecía.

Y entonces el hombre empezó a temblar. Temblar significa que el cuerpo se mueve solo, fuerte, por el frío.

Un trozo grande de musgo verde cayó sobre el fuego pequeño.

El hombre quiso quitarlo con los dedos. Pero su cuerpo temblaba. La mano fue demasiado lejos. Tocó las ramas pequeñas que estaban ardiendo. Las ramas se separaron.

El hombre intentó juntarlas otra vez. Pero las manos temblaban demasiado.

Cada rama hizo un poco de humo, y se apagó.

El fuego se murió.

El hombre había fallado.

El hombre miró, cansado, hacia el otro lado del fuego apagado. Allí estaba el perro. Sentado en la nieve. Mirando al hombre.

Vamos a recordar la historia.

El hombre va a un lugar abierto. Los dedos no funcionan. Coge las ramas con las dos manos abiertas. El perro mira y espera.

El hombre saca el papel del bolsillo con esfuerzo. Saca los fósforos, pero caen en la nieve. Los junta con las manos.

Coge los fósforos con los dientes. Frota un fósforo contra la pierna. Se enciende. Pero el humo entra por la nariz, el hombre tose, y el fósforo se apaga.

Entonces el hombre coge los setenta fósforos juntos, entre las dos manos sin mitones. Los frota todos contra la pierna. Una llama grande. La llama enciende el papel.

Las manos del hombre se queman. Pero el hombre no suelta. El papel arde. El fuego empieza a vivir.

Pero el hombre empieza a temblar. La mano va demasiado lejos, separa las ramas pequeñas. El fuego se apaga.

El hombre ha fallado. Mira al perro, sentado en la nieve.

Vamos a repetir las palabras importantes.

Los fósforos. Setenta fósforos juntos hicieron una llama grande.

El fuego. El fuego vivió un momento, pero después se apagó.

Las manos. Las manos del hombre se quemaron, pero él no soltó.

Los dedos. Los dedos no se cerraban. El hombre tuvo que usar los dientes.

Has escuchado el séptimo episodio. El segundo fuego también se apagó. El hombre mira al perro.

En el próximo episodio: una idea peligrosa.

Hasta la próxima.

8. El perro y las manos

El hombre piensa en el calor del perro. Lo llama, intenta matarlo con sus manos. Pero las manos ya no agarran el cuchillo. El perro lo mira con desconfianza. Y se aleja.

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En el episodio siete, el segundo fuego también se apagó. El hombre miró al perro, sentado al otro lado del fuego apagado. Hoy, una idea peligrosa entra en la cabeza del hombre. Hoy no hay palabras nuevas.

Hoy las palabras importantes son: el perro, las manos, los dedos, la voz, el cuerpo. Una escena: el hombre y el perro, juntos en la nieve.

El hombre miró al perro.

El perro estaba sentado al otro lado del fuego apagado. Tranquilo. Las orejas hacia delante. Esperando.

Y entonces, una idea entró en la cabeza del hombre.

El hombre recordó una historia. Una historia vieja, de otro hombre, en otra nieve, en otra tormenta. Ese otro hombre mató a un animal grande, abrió el cuerpo del animal y puso las manos dentro. El cuerpo del animal estaba caliente. Las manos del otro hombre se calentaron y se salvaron.

El perro estaba caliente por dentro. Si el hombre matara al perro, podría meter las manos dentro del cuerpo del perro. Las manos volverían a vivir. Y después, con las manos vivas, podría hacer un tercer fuego.

El hombre habló al perro. Lo llamó.

Pero la voz del hombre no era la voz de siempre.

En la voz, esta vez, había algo nuevo: un poco de miedo.

El perro escuchó esa voz extraña. El perro conocía bien al hombre. Conocía la voz de la comida. Conocía la voz del fuego. Conocía la voz dura, la voz que mandaba caminar. Pero esta voz nueva — la voz con miedo — no la conocía.

El perro bajó las orejas. Las patas de delante se movieron, una y otra. Las orejas, después, se levantaron, agudas, hacia delante. El cuerpo del perro estaba alerta.

El perro no se acercó.

El hombre se puso de rodillas. Empezó a arrastrarse por la nieve, hacia el perro. Arrastrarse significa moverse por el suelo, sin levantarse, como un bebé pequeño.

Para el perro, eso era todavía más extraño. El hombre nunca caminaba así. El perro se movió hacia un lado, despacio, alejándose del hombre.

Hasta ahora, esto pasa. El hombre tiene una idea peligrosa. Recuerda una historia: un hombre que mató a un animal grande para calentar las manos dentro del cuerpo del animal. El hombre piensa: si mato al perro, mis manos pueden volver a vivir. Llama al perro. Pero su voz tiene miedo. El perro no conoce esa voz. No se acerca. El hombre se pone de rodillas y se arrastra hacia el perro. El perro se aleja.

El hombre se sentó otra vez. Intentó calmarse.

Se puso los mitones con la boca, con los dientes.

Después, despacio, se levantó. Tuvo que mirar hacia abajo, hacia los pies, para saber que estaba de pie. Los pies no sentían nada. No sentía el suelo.

Habló al perro otra vez. Esta vez, la voz del hombre era la voz de siempre. La voz dura. La voz que mandaba.

El perro relajó las orejas. Para el perro, esa era la voz normal. La voz del dueño del fuego. La voz que se obedece.

El perro se acercó.

Cuando el perro estaba cerca, el hombre, de repente, lo cogió. Los dos brazos del hombre se cerraron alrededor del cuerpo del perro.

Pero algo extraño pasó.

El hombre sintió sorpresa. Sus manos no se cerraban. Sus dedos no se doblaban. Los dedos no sentían el pelo del perro. Por un momento, el hombre había olvidado: las manos estaban casi muertas.

El perro estaba dentro de los brazos del hombre, gruñendo. Gruñir es el sonido fuerte y bajo que hace un perro asustado. El perro luchaba. Movía el cuerpo. Quería salir.

El hombre se sentó en la nieve con el perro entre los brazos.

Y entonces el hombre comprendió: no podía matar al perro.

Las manos no funcionaban. No podía coger el cuchillo. No podía cerrarlas alrededor del cuello del perro.

El hombre soltó al perro.

El perro saltó, fuerte, lejos. La cola entre las patas. Gruñendo todavía.

Se paró. A unos veinte pasos. Allí se sentó. Las orejas agudas, hacia delante. Mirando al hombre. Esperando para ver qué hacía.

El hombre se miró las manos. Tuvo que mirarlas, porque no las sentía. Estaban allí, colgando al final de los brazos, como dos pesos.

Empezó a mover los brazos. Hacia adelante. Hacia atrás. Con los mitones, golpeaba las manos contra el cuerpo. Una vez. Otra vez. Cinco minutos. Fuerte.

El corazón del hombre empezó a latir un poco más rápido. El cuerpo dejó de temblar.

Pero las manos no sentían nada.

Vamos a recordar la historia.

El hombre tiene una idea peligrosa: matar al perro, para calentar las manos dentro del cuerpo del perro.

Llama al perro. Pero su voz tiene miedo. El perro siente el peligro y no se acerca.

El hombre se pone de rodillas y se arrastra. El perro se aleja.

El hombre se levanta. Habla con la voz dura, la voz de siempre. El perro obedece y se acerca.

El hombre coge al perro con los brazos. Pero las manos no se cierran. Los dedos no funcionan. El hombre no puede matar al perro.

Suelta al perro. El perro salta y se aleja. Se sienta a veinte pasos, mirando.

El hombre golpea las manos contra el cuerpo, fuerte, cinco minutos. El cuerpo deja de temblar. Pero las manos no sienten nada.

Vamos a repetir las palabras importantes.

El perro. El perro sintió la voz extraña y no se acercó. Después, con la voz dura, sí.

Las manos. Las manos del hombre no se cerraban. No podían matar.

Los dedos. Los dedos no se doblaban. No sentían el pelo del perro.

La voz. La voz del hombre, primero con miedo. Después dura, como siempre.

Has escuchado el octavo episodio. El hombre soltó al perro. Las manos ya no van a volver.

En el próximo episodio: el hombre corre.

Hasta la próxima.

9. Correr en la nieve

El hombre empieza a correr por la nieve, intentando calentar el cuerpo. Se cae. Se levanta. Se cae otra vez. Al final, se sienta sobre la nieve. Empieza a sentirse extrañamente tranquilo.

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En el episodio ocho, el hombre intentó coger al perro para calentar las manos. Pero las manos no se cerraban. El perro escapó. El hombre sigue solo en la nieve. Hoy: el hombre comprende algo nuevo. Y empieza a correr.

Hoy las palabras importantes son: correr, caer, el frío, las manos, los pies, el perro. Una sola escena, kinética. El hombre corre por la nieve. No hay palabras nuevas.

Y entonces, despacio, el hombre comprendió algo nuevo.

Antes, tenía un miedo pequeño: el miedo a perder los dedos. El miedo a perder algunos dedos del pie. El miedo a perder la nariz, las mejillas.

Pero ahora, el miedo era diferente.

Ahora el hombre comprendió: el problema no era perder los dedos. El problema era perder la vida.

Podía morir. Podía morir aquí, en la nieve.

Ese pensamiento le dio un pánico fuerte.

El hombre se levantó. Y empezó a correr.

Corría por la nieve, por el camino viejo y casi invisible, hacia arriba del arroyo. Hacia el campamento. Hacia los otros hombres.

El perro corrió detrás de él. Sin esfuerzo. Tranquilo.

El hombre corría sin pensar. Sin un plan. Solo corría.

Correr era mejor. El cuerpo dejó de temblar. La sangre se movía.

En la cabeza del hombre, dos pensamientos luchaban.

El primer pensamiento decía: "Si corro, los pies se calientan. Llego al campamento. Los otros hombres me van a salvar. Sí, voy a perder algunos dedos. Y un poco de la cara. Pero los otros me van a salvar."

El segundo pensamiento decía: "No voy a llegar. Está demasiado lejos. El frío ya entró demasiado en mi cuerpo. Voy a morir antes de llegar."

El hombre no quería el segundo pensamiento. Lo empujaba hacia atrás. Quería solo el primer pensamiento.

Y notó algo extraño: podía correr, sin sentir los pies. Sus pies no sentían la nieve. Sentía que iba volando un poco, sin tocar el suelo.

Hasta ahora, esto pasa. El hombre comprende algo nuevo: el problema ya no es perder algunos dedos. El problema es perder la vida. Entra en pánico y empieza a correr por la nieve, hacia el campamento. El perro corre detrás. En la cabeza del hombre, dos pensamientos luchan: "Voy a llegar y los otros me van a salvar" y "No voy a llegar, voy a morir antes". El hombre empuja el segundo pensamiento hacia atrás. Y corre. Sus pies no sienten el suelo.

Pero el cuerpo del hombre no podía correr mucho tiempo.

Tropezó. Tropezar es cuando el pie se queda atrás y casi te caes. Tropezó una vez. Tropezó otra vez. Y se cayó al suelo.

Intentó levantarse. No pudo.

Se sentó en la nieve, respirando fuerte.

"Voy a descansar", pensó. "Después, voy a caminar. No voy a correr otra vez."

Sentado, en la nieve, sintió una cosa extraña: estaba bien. Estaba cómodo. El cuerpo no temblaba. Había un calor pequeño en el pecho. Una comodidad.

El hombre se tocó la cara. Pero la cara no sentía nada. La nariz, las mejillas — todo dormido. Correr no las había calentado.

Y entonces un nuevo pensamiento entró.

El frío estaba entrando en el cuerpo, despacio. No solo en los dedos, no solo en la cara. En todo el cuerpo. Las partes congeladas se estaban extendiendo. Despacio. Hacia el corazón.

El hombre intentó empujar ese pensamiento hacia atrás. Pero el pensamiento volvió. Y vino con una imagen: su cuerpo, todo congelado.

Era demasiado.

El hombre se levantó. Y corrió otra vez. Como un loco. Por el camino, en la nieve.

Un momento, caminó. Pero el pensamiento del frío extendiéndose lo hizo correr otra vez.

Y el perro corría detrás de él. Siempre detrás.

El cuerpo del hombre empezó a temblar otra vez, ahora más fuerte. El hombre estaba perdiendo. El frío entraba por todos lados.

Corrió cien pasos más. Después tropezó. Después se cayó.

Esta vez, se cayó hacia adelante, con la cara contra la nieve.

Era su último momento de pánico.

Vamos a recordar la historia.

El hombre comprende algo nuevo. El problema ya no es perder los dedos. El problema es la vida.

Entra en pánico y corre por la nieve, hacia el campamento. El perro corre detrás.

Dos pensamientos en su cabeza. Uno: voy a llegar y los otros me van a salvar. Otro: voy a morir antes de llegar.

El hombre tropieza y se cae. Intenta levantarse. No puede. Se sienta en la nieve.

Sentado, siente una comodidad extraña. El cuerpo está caliente, pequeño. Pero la cara no siente nada. El hombre comprende: el frío está entrando en todo el cuerpo.

Se levanta y corre otra vez. Cien pasos. Después se cae con la cara contra la nieve.

Vamos a repetir las palabras importantes.

Correr. El hombre corrió por la nieve hacia el campamento.

Caer. El hombre tropezó y se cayó.

El frío. El frío entraba en el cuerpo, despacio, por todos lados.

El perro. El perro corrió detrás del hombre, tranquilo, siempre detrás.

Has escuchado el noveno episodio. El hombre está en la nieve, con la cara contra el suelo. El perro está cerca.

En el próximo episodio: el final.

Hasta la próxima.

10. El perro se va

El final de la historia. El hombre acepta lo que está pasando. El perro espera, sin entender. Después, se va hacia donde sabe que hay otros hombres con fuego y comida. Un final tranquilo, exactamente como Jack London lo escribió.

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En el episodio nueve, el hombre corrió. Tropezó. Se cayó con la cara contra la nieve. Hoy es el último episodio. El final de la historia. Hoy no hay palabras nuevas.

Hoy las palabras importantes son palabras que ya conoces: el hombre, el perro, el frío, la nieve, el sueño, el campamento. Una escena tranquila. Un cielo de noche. Un perro.

El hombre, en la nieve, recuperó la respiración.

Se sentó. Despacio.

Pensó: "Me he portado como un tonto. He corrido sin sentido, sin pensar. Voy a morir de frío de todos modos. Es mejor morir tranquilo."

Y con ese pensamiento, una paz pequeña entró en el cuerpo del hombre.

Y con la paz, vino el sueño.

El hombre pensó: "Es una buena idea. Dormirme. Morir durmiendo. Es como una medicina que te hace dormir, fácil, sin dolor."

Pensó: "Morirse de frío no es tan malo. Hay maneras peores de morirse."

El hombre vio, en la cabeza, a los otros hombres. Los del campamento. Sus amigos. Mañana, los otros iban a buscarlo por el camino.

Y entonces, en su cabeza, algo extraño pasó.

El hombre estaba con los otros hombres. Caminaba con ellos por el camino. Buscaban a un hombre que no había llegado al campamento.

Y entonces, los otros — y él con ellos — daban la vuelta al camino. Y allí, en la nieve, encontraban un cuerpo.

Era su cuerpo.

El hombre miraba su propio cuerpo en la nieve, desde lejos, con los otros.

"Hacía mucho frío", pensó. "Cuando vuelva, voy a decir a los demás qué es el frío de verdad."

Hasta ahora, esto pasa. El hombre se sienta en la nieve. Acepta que va a morir. Decide morir tranquilo, no luchando. Le entra un sueño pequeño y tranquilo. Piensa que morir de frío es como dormir, fácil. Ve, en su cabeza, a los otros hombres del campamento. Los ve mañana, buscando su cuerpo. Y se ve a sí mismo desde fuera: su propio cuerpo en la nieve.

El hombre, en su cabeza, vio al viejo del arroyo Sulphur.

El viejo estaba en su casa. Caliente. Cómodo. Fumando una pipa.

El hombre habló al viejo, en su cabeza, despacio:

"Tenías razón, viejo amigo. Tenías razón."

Y entonces, el hombre se durmió.

Fue el sueño más cómodo, más tranquilo, que el hombre había conocido nunca.

El perro estaba sentado, frente al hombre. Esperando.

El día corto de invierno se acababa. La luz iba bajando, despacio. Llegaba el crepúsculo — la luz pequeña, gris, antes de la noche.

Pero no había fuego. El perro miraba al hombre. El perro nunca había visto a un hombre quedarse así, sentado en la nieve, sin hacer fuego.

El perro tenía frío. El perro quería el fuego.

El perro hizo un sonido pequeño en la garganta. Bajó las orejas, como si esperara que el hombre lo regañara por el sonido. Pero el hombre no hizo nada.

El perro hizo otro sonido, más fuerte.

El perro se acercó. Olió al hombre. Olió la nariz, la boca.

Y entonces, en el olor del hombre, el perro sintió otra cosa. Algo nuevo. El olor de la muerte.

El perro saltó hacia atrás, con miedo. Se alejó unos pasos. Se quedó allí, mirando.

El crepúsculo se hizo más oscuro. Las estrellas empezaron a brillar fuerte en el cielo frío.

El perro miró al cielo. Y aulló. Aullar es el sonido largo y triste que hace un perro a la luna o a las estrellas. Un sonido que viene de muy adentro.

Después de aullar, el perro se quedó quieto un momento más.

Y después, el perro se dio la vuelta.

Empezó a caminar por el camino, hacia arriba, hacia el campamento. Hacia los otros hombres. Los que daban comida. Los que hacían fuego.

El perro caminaba con cuidado, como siempre.

Vamos a recordar el último episodio.

El hombre acepta morir. Le entra un sueño tranquilo. Ve, en su cabeza, a los otros hombres encontrando su cuerpo. Se ve a sí mismo desde fuera.

Ve al viejo del arroyo Sulphur, en su casa, fumando una pipa. Le dice: "Tenías razón."

Después, el hombre se duerme. Es el sueño más tranquilo de su vida.

El perro espera. Pero no hay fuego. El crepúsculo llega. Las estrellas empiezan a brillar.

El perro huele al hombre. Siente el olor de la muerte. Se aleja. Aulla a las estrellas.

Y después, el perro se va. Camina hacia el campamento, hacia los otros hombres. Los que dan comida y hacen fuego.

Has escuchado toda la historia. Diez episodios. Más de una hora en español. Muy bien hecho.

Una cosa interesante sobre el autor de la historia. El autor se llama Jack London. Cuando Jack London era joven, fue al norte, a Alaska, a buscar oro. Era el año mil ochocientos noventa y siete. Hacía mucho frío, como en esta historia. Jack London casi murió allí, de frío y de hambre. Después, escribió esta historia con todo lo que vio y sintió. Escribió esta historia en mil novecientos ocho. Tenía treinta y dos años. Y murió joven, a los cuarenta años.

La próxima historia interesante va a llegar pronto.

Si quieres escuchar más historias en español, puedes ir a la página stories.anicha.space. Allí hay más cuentos y más voces.

Hasta la próxima.

Y una última cosa.

Dos preguntas. Para pensar.

Primera pregunta.

El hombre murió. Pero el perro vivió.

¿Quién era más sabio... el hombre... o el perro?

"Sabio" significa que sabe cosas importantes de la vida.

Otra vez, más simple: ¿quién entendió mejor la vida? ¿El hombre? ¿O el perro?

Segunda pregunta.

El viejo del arroyo Sulphur le dio un consejo al hombre. El hombre no lo escuchó. Solo después, cuando ya era tarde, el hombre comprendió que el viejo tenía razón.

¿A ti te ha pasado algo parecido?

Otra vez, más simple: ¿alguien te ha dicho algo importante... y tú lo has escuchado tarde?