Cuentos Claros

← All stories

The Torn Lace

Emilia Pardo Bazán · retold in B1 Spanish

Season 3 of Cuentos para el oído · 4 episodes · about 7–8 minutes each

Listen on Spotify Apple Podcasts
Any podcast app (RSS)

Copy this link and paste it into your podcast app's "add by URL" option.

https://feed.stories.anicha.space/feed.xml

1. La novia dijo no

Una boda elegante de alta sociedad en la España del siglo XIX. La novia, Micaelita, dice un sonoro «no» al pie del altar y el escándalo recorre Madrid. Nadie sabe por qué.

Read the Spanish text

Empezamos hoy una historia nueva. La historia se llama El encaje roto. Es una historia corta, pero con un secreto dentro. La escribió, hace más de cien años, una escritora española muy importante: Emilia Pardo Bazán (par-do ba-SAN). La historia empieza en una boda. Una boda muy elegante, en alta sociedad. Pero en el momento de la ceremonia, pasa algo que nadie esperaba. No tienes que entender cada palabra. Intenta entender tres cosas: dónde están, qué pasa en la ceremonia, y por qué, al final, todos se quedan en silencio.

Tres palabras importantes para esta historia. Primera: la boda. Una boda es la fiesta donde dos personas se casan. Casarse significa convertirse, delante de la familia y de los amigos, en marido y mujer. Segunda: la novia y el novio. La novia es la mujer que se casa. El novio es el hombre. En esta historia, la novia se llama Micaelita. El novio se llama Bernardo. Tercera: el altar. El altar es el lugar, dentro de una iglesia o de una capilla pequeña, donde el sacerdote, o, como en esta historia, el obispo, hace la ceremonia de la boda. Es el centro de todo. Es donde, normalmente, la novia y el novio dicen "sí".

Yo no estaba allí. Yo recibí la invitación, pero no pude ir. Me lo contaron al día siguiente. Y todavía hoy, cuando lo recuerdo, lo veo todo en mi cabeza, como si fuera una película.

La boda de Micaelita Aránguiz con Bernardo de Meneses era importante. Era una boda de alta sociedad. Alta sociedad significa gente rica, gente con dinero y con apellido. La ceremonia iba a ser en la casa de la novia, a las diez de la noche. Iba a haber muchísimos invitados.

Yo, sin estar allí, me imaginaba el salón. Un salón grande, lleno de gente. Las señoras llevaban vestidos de seda. La seda es una tela fina, suave y brillante. Llevaban collares antiguos. Los hombres llevaban traje negro, muy formal.

La madre de la novia iba de un grupo a otro, recibiendo felicitaciones. Las hermanas pequeñas de la novia, una vestida de rosa y la otra de azul, enseñaban orgullosas las pulseras nuevas. Las pulseras eran un regalo del futuro marido, es decir, de Bernardo.

Al fondo del salón habían preparado una capilla pequeña. La habían cubierto de rosas blancas, desde el suelo hasta arriba. El olor a flores llenaba el aire. Las flores las había mandado un tío rico de Valencia, un tío que también era el padrino de la boda. El padrino es la persona importante que acompaña a la novia y que, muchas veces, paga la ceremonia.

Y en un grupo de hombres, esperaba el novio. Bernardo. Estaba un poco nervioso. Un poco pálido. Se mordía el bigote sin darse cuenta, mientras los amigos le hacían bromas suaves.

Entonces, en la puerta del salón, apareció la novia. Una figura blanca, casi transparente bajo el velo. El velo es una tela muy fina que cubre la cara de la novia. El vestido hacía un ruido suave al moverse: ruido de seda. En el pelo le brillaban joyas antiguas.

La pareja avanzó despacio hacia el altar. La familia se acercó. Todos buscaban un buen sitio para ver. El silencio se hizo total.

El obispo, vestido con su ropa de ceremonia, miró a Micaelita. Y le hizo la pregunta más importante de aquella noche. Le preguntó si recibía a Bernardo como su esposo, es decir, como su marido.

Y entonces, la novia contestó.

Pero la novia no dijo "sí".

Antes de seguir, vamos a parar un momento. Hasta aquí: Micaelita y Bernardo se van a casar. La boda es elegante, en una casa rica, con muchos invitados. La novia camina hacia el altar. El obispo le hace la pregunta. Y la novia no dice "sí". Vamos a ver qué dice. Y vamos a ver qué pasa después.

La novia dijo "no".

Lo dijo claramente. Lo dijo con fuerza. No fue un "no" suave. No fue un "no" tímido. Fue un "no" como un disparo. Como una bala.

El obispo, sorprendido, repitió la pregunta. Quizá no había oído bien. Quizá la novia se había confundido.

Pero la respuesta fue la misma.

— No.

El novio se quedó allí, junto al altar, sin saber qué hacer. La madre corrió a su hija para protegerla. El obispo no entendía nada. Los invitados empezaron a moverse, a hablar bajito, unos con otros.

— ¿Qué pasa? ¿Qué ha dicho?

— Ha dicho que no.

— ¿Que no? ¿Cómo que no? Imposible.

— ¿Está enferma? ¿Le ha pasado algo?

— Pero si hace cinco minutos estaba feliz.

Bernardo aguantó allí, frente al altar, un cuarto de hora. Quince minutos terribles, los más ridículos de su vida. Los invitados no sabían dónde mirar. Y al final, no quedó más remedio. Bernardo se retiró. La reunión se deshizo. La boda se deshizo. Todos se fueron a sus casas, en silencio, asombrados.

Estas cosas, a veces, pasan. Salen en los periódicos. Pero pasan entre gente humilde, entre gente con poco dinero, donde es fácil hablar claro. En la alta sociedad, una novia no dice "no" delante de todos. En la alta sociedad, una novia no rompe una boda al pie del altar.

Por eso fue tan extraño. Por eso fue un escándalo.

Y por eso, todos querían saber: ¿Por qué? ¿Por qué dijo Micaelita que no?

Pero ella no quiso explicarlo. Y, durante mucho tiempo, nadie supo la verdad. La causa de aquel "no" se quedó como un misterio.

Vamos a recordar lo que ha pasado, con palabras más simples.

Una boda elegante, en una casa rica. La novia se llama Micaelita. El novio se llama Bernardo. Muchos invitados, muchas flores, muchos vestidos elegantes.

La novia camina hacia el altar. El obispo le pregunta si quiere casarse con Bernardo.

Y la novia dice "no".

El obispo repite la pregunta. La novia repite el "no".

El novio espera quince minutos en silencio. Después, se va. La boda se rompe. Los invitados, sorprendidos, se preguntan: ¿por qué?

Pero Micaelita no lo explica. Y la verdad se queda escondida.

Has escuchado el primer episodio de El encaje roto. En el próximo episodio, pasan tres años. Y, en un balneario, la narradora se encuentra con Micaelita. Y, por fin, Micaelita le cuenta a alguien el verdadero motivo de aquel "no". Hasta la próxima.

Y una pregunta para pensar. A veces, una persona cambia de opinión en el último momento. Después de decir "sí" muchas veces. ¿Te ha pasado a ti? ¿Cambiaste de opinión justo al final? ¿Y por qué?

2. Tres años después

Pasan tres años. La narradora se encuentra con Micaelita en un balneario y, por fin, recibe la verdadera explicación: una pequeñez minúscula, un encaje antiguo y la duda sobre el carácter del novio.

Read the Spanish text

Bienvenido al segundo episodio de El encaje roto. En el primer episodio, vimos una boda muy elegante en alta sociedad. La novia, Micaelita, dijo "no" delante de todos, al pie del altar. Nadie supo por qué. En este episodio, pasan tres años. Y, por fin, Micaelita le cuenta a alguien su secreto. Pero el secreto, ya verás, es más simple de lo que esperabas.

Tres palabras importantes para este episodio. Primera: el balneario. Un balneario es un lugar en el campo, o cerca del mar, donde la gente va a descansar y a tomar las aguas, es decir, a beber aguas especiales que se pensaba que eran buenas para la salud. En el siglo diecinueve, los balnearios estaban muy de moda. Segunda: el encaje. Un encaje es una tela muy fina, hecha a mano, con dibujos delicados. Es elegante, frágil y, normalmente, caro. Aparece, muchas veces, en los vestidos de novia. Y tercera: el carácter. El carácter de una persona es cómo es por dentro. Si es buena o mala, tranquila o violenta, sincera o falsa.

Pasaron tres años. Tres años son mucho tiempo. La gente ya casi no se acordaba del escándalo de la boda. Y yo, casi tampoco.

Pero un verano, me la encontré. En un balneario de moda, donde su madre estaba tomando las aguas. La vida de balneario es así: una semana, dos semanas, conversando con las mismas personas todos los días. Te haces amiga de gente que no conocías de nada. Por eso, Micaelita y yo, nos hicimos íntimas. Íntimas significa muy cercanas. Hablábamos de todo.

Una tarde, paseando hacia la iglesia del balneario, me lo contó. Su secreto. La verdadera razón por la que había dicho "no" al pie del altar.

— Fue la cosa más tonta del mundo — me dijo —. Tan tonta, que nunca quise contarla. La gente siempre cree que las grandes decisiones tienen razones profundas. Pero, a veces, una vida cambia por una cosa muy pequeña. Por una pequeñez. Una pequeñez que significa mucho, pero que parece nada.

Y me empezó a contar.

— Verá usted. Yo conocía bien a Bernardo. Lo conocía hace tiempo. Y, sinceramente, me gustaba. Me gustaba mucho. Más que ningún otro hombre. Yo creía que estaba enamorada de él. Mi familia estaba contenta con la boda. Bernardo tenía dinero, tenía apellido, tenía buenas maneras. Todo estaba en orden.

— Pero — añadió en voz baja — había una cosa que me preocupaba. Solo una.

Vamos a parar un momento. Tres años después de la boda fallida, la narradora y Micaelita se encuentran en un balneario. Se hacen amigas. Y Micaelita le cuenta, por fin, su secreto. Dice que lo que la hizo decir "no" fue una pequeñez, una cosa muy pequeña. Pero, antes de saber qué fue, conviene saber qué pensaba ella de su novio.

— Su carácter — me dijo Micaelita —. Yo no podía conocer bien el carácter de Bernardo.

— Algunas personas decían que era violento. Que tenía mal genio. Pero yo, con él, no lo había visto nunca. Conmigo siempre era amable, cortés, suave como un guante. Y eso, justamente, me daba miedo. ¿Y si me estaba engañando? ¿Y si esa cara amable era una máscara? ¿Y si, después de la boda, aparecía un hombre diferente?

— En aquellos tiempos, una mujer joven, soltera, no podía investigar a su novio. No podía preguntar a sus amigos, no podía seguirlo, no podía saber la verdad. Tenía que aceptar lo que veía.

— Yo intenté ponerle pruebas. Pequeñas pruebas, para ver cómo reaccionaba en situaciones difíciles. Bernardo salió bien de todas. Su conducta era impecable. Al final, decidí confiar en él. Decidí que iba a casarme con él, sin miedo, y entregarle mi futuro.

Llegó el día de la boda. Micaelita se vestía con cuidado en su habitación. El traje era blanco, de raso. El raso es una tela brillante y suave. Y en el vestido, había una cosa especial: un encaje antiguo. Un encaje magnífico.

— El encaje era de mi novio. Era un Alençón (a-len-SON) auténtico, viejo, perfecto. Es decir, un encaje francés muy famoso, hecho a mano, hace muchísimos años. Era una maravilla. Digno de un museo. Bernardo me lo había regalado. Pero, varias veces, me había recordado lo caro que era. Demasiadas veces. A mí, eso me había molestado un poco. Sentía que él valoraba más el encaje que a mí.

— Pero ahora, en aquella habitación, vestida de novia, lo miré contra el raso blanco. Y pensé que era hermoso. Pensé que era frágil, y al mismo tiempo, fuerte. Y, por un momento, sentí que aquel encaje era una promesa. Una promesa de felicidad. Como si uniera dos corazones con sus hilos finos.

Vamos a recordar lo que ha pasado, con palabras más simples.

Pasan tres años. La narradora y Micaelita se encuentran en un balneario. Se hacen amigas.

Una tarde, Micaelita le cuenta su secreto. Dice que fue una pequeñez. Una cosa muy pequeña. Pero importante para ella.

Le explica que sí estaba enamorada de Bernardo. Pero le preocupaba una cosa: no conocía su verdadero carácter. Algunas personas decían que era violento.

Ella le hizo pruebas pequeñas. Bernardo pasó todas. Ella decidió casarse con él.

El día de la boda, Micaelita mira su vestido blanco. Y mira el regalo del novio: un encaje antiguo, hermoso. Un encaje francés muy caro.

Por un momento, ella siente que ese encaje es una promesa. Una promesa de felicidad.

Pero en el próximo episodio, esa promesa se va a romper.

Has escuchado el segundo episodio de El encaje roto. En el próximo episodio, vamos a ver qué pasó en el último momento, justo antes del altar. Vamos a ver qué hizo a Micaelita decir "no". Y vamos a entender, por fin, el verdadero secreto. Hasta la próxima.

Y una pregunta para pensar. Micaelita tenía dudas sobre el carácter de Bernardo. Le hizo pruebas pequeñas, y él pasó todas. ¿Tú confías en las pruebas pequeñas? ¿O, a veces, te dejas guiar por una sensación? Por algo que sientes, sin razones claras.

3. El gesto que lo cambió todo

El encaje se engancha, se desgarra — y en ese segundo la cara de Bernardo revela algo que ninguna prueba previa había mostrado. La promesa del matrimonio se rompe junto con el encaje.

Read the Spanish text

Bienvenido al tercer episodio de El encaje roto. En el episodio anterior, Micaelita nos contó sus dudas, sus pruebas pequeñas, y su decisión de casarse con Bernardo. El día de la boda, vestida de novia, vio el encaje sobre el raso blanco y sintió una promesa de felicidad. En este episodio, esa promesa se va a romper. En un solo segundo. Por una pequeñez.

Tres palabras importantes para este episodio. Primera: el desgarrón. El verbo "desgarrar" significa romper una tela con fuerza. Cuando una tela se desgarra, se oye un ruido especial, un ruido de hilos finos que se rompen. El desgarrón es esa rotura. Segunda: el enojo. El enojo es lo que sentimos cuando algo nos molesta mucho, cuando estamos furiosos. Una persona enojada puede tener la cara dura, los ojos brillantes, la boca apretada. Y tercera: el alma. El alma de una persona es lo más profundo, lo que está dentro, lo que normalmente no se ve. Es lo que decide cómo somos de verdad.

Micaelita salió de su habitación. Con su vestido blanco. Con su encaje magnífico. Con su corazón lleno de aquel sueño de felicidad. Caminó hacia el salón, donde la esperaban todos.

En la puerta del salón, estaba Bernardo. Su novio. Su futuro marido. Sonreía. La esperaba.

Micaelita avanzó rápido hacia él. Quería saludarlo una última vez, con alegría, antes de pertenecerle, antes de ser su esposa.

Y entonces, en ese momento, pasó la pequeñez.

El encaje del vestido se enganchó. Se enganchó en un hierro de la puerta. Engancharse significa quedarse pegado, sin poder moverse libremente. Micaelita intentó soltarse. Tiró un poco, sin pensar.

Y oyó el sonido.

Un sonido pequeño. Un sonido de tela que se rompe. Un ruido de hilos finos que se parten. El desgarrón.

Micaelita miró hacia abajo. Vio un trozo del encaje colgando, suelto, sobre la falda blanca. El encaje magnífico, el encaje de la familia de Bernardo, el encaje viejo y digno de un museo, estaba roto.

Pero en ese mismo segundo, vio otra cosa. Una cosa más importante.

Vio la cara de Bernardo.

Su novio, su futuro marido, tenía la cara contraída. Dura. Desfigurada. Desfigurada por el enojo más fuerte. Sus ojos brillaban. Su boca estaba medio abierta, lista para hablar, lista para reprocharle, lista para insultarla.

No llegó a hablar. Había mucha gente alrededor, otros invitados, la familia. Delante de todos, no podía explotar. Cerró la boca otra vez. Volvió a sonreír.

Pero ya era tarde.

Porque en aquel segundo, dijo después Micaelita, fue como si un telón se levantara. Como si la cortina de un teatro subiera. Y detrás de la cortina, había aparecido, desnuda, un alma. El alma verdadera de Bernardo. La que escondía cuando estaba con ella.

Vamos a parar un momento. Vestida de novia, Micaelita corre hacia su novio. El encaje del vestido se engancha en la puerta y se rompe. Solo es un encaje. Pero en ese mismo segundo, Micaelita ve la cara verdadera de Bernardo: enojada, dura, lista para insultarla. Una cara que ella nunca había visto. Bernardo se controla rápido. Pero Micaelita ya lo ha visto todo.

Por suerte, el velo de tul cubría la cara de Micaelita. Es decir, la tela fina del velo escondía su gesto. Bernardo no podía ver lo que ella estaba sintiendo por dentro.

Pero, por dentro, algo se rompía. Algo crujía como el encaje. La alegría con la que iba a entrar al salón, se convirtió, en un segundo, en horror profundo. Un horror frío.

Y aquella cara de Bernardo, esa cara de ira, de dureza, de desprecio, ya no se le iba de la cabeza. La veía todo el tiempo. Cuando lo miraba, veía esa cara. Cuando pensaba en su futuro, veía esa cara.

Y entonces, mientras caminaba, vino la convicción. No podía. No podía darse a este hombre. No quería darse a este hombre. Ni en ese momento. Ni nunca.

Pero llegó al altar. Se arrodilló. Escuchó las palabras del obispo, sin entenderlas casi.

Y cuando el obispo le preguntó si recibía a Bernardo por esposo, la verdad le saltó a los labios. Sin que ella la llamara. Sin que ella la pensara.

Aquel "no" salió solo. Salió como si Micaelita se lo dijera a sí misma. Pero salió en voz alta. Para que lo oyera todo el mundo.

Yo, la narradora, la escuché en silencio. Después le hice una pregunta.

— ¿Y por qué no contó esto a nadie? Tantos comentarios, tantas habladurías, durante años. Una sola palabra suya, y todo se habría aclarado.

Micaelita sonrió un poco, con tristeza.

— Por eso mismo. Por su simpleza. Nadie me habría creído. La gente solo cree en lo grande, en lo serio. Lo natural, lo pequeño, lo común, es lo que no se admite. Preferí dejar que pensaran lo que quisieran.

Vamos a recordar lo que ha pasado, con palabras más simples.

Micaelita camina hacia el salón, hacia su novio. Está contenta. El encaje del vestido se engancha en la puerta. Se rompe.

En ese segundo, Micaelita ve la cara de Bernardo. Una cara dura, enojada, lista para insultar. Una cara que ella nunca había visto antes.

Bernardo se controla. Sonríe otra vez. Pero ya es tarde.

Para Micaelita, esa cara es la verdadera. La que él escondía.

Camina hasta el altar. Se arrodilla. Pero cuando el obispo pregunta, dice "no". Un "no" que sale solo.

Después, no quiso explicarlo a nadie. La razón era demasiado pequeña. Demasiado simple. Nadie la habría creído.

Has escuchado el tercer episodio de El encaje roto. Ahora ya conoces la historia entera. Un encaje roto. Una cara que se descubre. Y un "no" que cambia una vida. En el próximo episodio, el último, vamos a hablar de la escritora. Vamos a conocer un poco a Emilia Pardo Bazán. Hasta la próxima.

Y una pregunta para pensar. Bernardo se controló muy rápido, en solo un segundo. Pero, durante ese segundo, mostró su verdadera cara. ¿Crees que un segundo es suficiente para conocer a una persona? ¿O preferirías ver más, esperar más, antes de decidir?

4. Sobre Emilia Pardo Bazán · finale

Episodio final: quién fue Emilia Pardo Bazán, por qué escribió este cuento en 1897, el naturalismo español y su defensa del derecho de las mujeres a estudiar, leer y elegir.

Read the Spanish text

Bienvenido al último episodio de El encaje roto. En los tres episodios anteriores, escuchaste la historia completa. Una boda en alta sociedad. Un "no" en el altar. Un encaje roto. Y, al final, una verdad pequeña pero importante. En este último episodio, vamos a hablar de la escritora. Vamos a conocer un poco mejor a Emilia Pardo Bazán. Quién era. Por qué escribió esta historia. Y qué pensaba ella, en su época, sobre las mujeres y el matrimonio.

Tres palabras importantes para este episodio. Primera: la escritora. Una escritora es una mujer que escribe libros. Un escritor, en masculino. Una escritora, en femenino. Segunda: la novela. Una novela es un libro largo, con personajes y con una historia. Emilia Pardo Bazán escribió muchas novelas, y también muchos cuentos cortos, como "El encaje roto". Y tercera: la época. La época es el tiempo en el que vive una persona. Pardo Bazán vivió en una época muy diferente a la nuestra. Una época en la que las mujeres no tenían los mismos derechos que los hombres.

Emilia Pardo Bazán (par-do ba-SAN) nació en el año mil ochocientos cincuenta y uno, en una ciudad pequeña del norte de España: La Coruña. Su familia era noble. Es decir, tenía título, dinero y tierras. Emilia era hija única. Y, desde niña, tenía algo especial: le encantaba leer.

Leía libros de historia, de filosofía, de literatura francesa. En aquella época, una niña de su clase aprendía música, dibujo, francés, cosas para ser una buena esposa. Pero Emilia leía mucho más que sus compañeras. Y leía cosas mucho más serias.

Cuando creció, se casó muy joven. Tenía solo dieciséis años. Tuvo tres hijos. Pero el matrimonio no funcionó bien del todo. Y, con los años, Emilia y su marido se separaron, por decisión propia.

Ella siguió leyendo, viajando, estudiando. Aprendió alemán para leer a los filósofos alemanes. Aprendió inglés. Aprendió italiano. Leía a Émile Zola, a Charles Dickens, a Tolstói en sus propios idiomas.

Y empezó a publicar. Primero, artículos en periódicos. Después, novelas. Y se convirtió, poco a poco, en una de las escritoras más importantes de toda la historia de España.

Vamos a parar un momento. Hasta aquí: Emilia Pardo Bazán nació en La Coruña, en una familia noble, en el año mil ochocientos cincuenta y uno. De niña, le encantaba leer. Se casó muy joven, pero el matrimonio no fue feliz. Y, con el tiempo, se separó. Estudió mucho, aprendió varios idiomas, y empezó a publicar artículos y novelas.

Pero Pardo Bazán no era solo una escritora. Era una escritora con ideas claras y firmes.

Una de sus ideas más importantes era esta: las mujeres también tienen que estudiar. Las mujeres también tienen derecho a leer, a pensar, a opinar, a trabajar. En su época, esto era casi una revolución. Muchos hombres no estaban de acuerdo. Decían que la mujer debía quedarse en casa. Pero Pardo Bazán escribió artículos, dio conferencias, peleó por este derecho. En el año mil novecientos dieciséis, fue la primera mujer que dio clases en la Universidad Central de Madrid. La primera. En toda la historia de aquella universidad.

También trajo a España una idea nueva en la literatura: el naturalismo. El naturalismo es escribir sobre la vida real. Sobre las personas reales. Sobre los problemas reales. Sin esconder nada. La pobreza, la violencia, las cosas malas del matrimonio. Todo.

Y aquí entra "El encaje roto". El cuento es del año mil ochocientos noventa y siete. Pardo Bazán tenía cuarenta y seis años cuando lo escribió. En él, ella habla de algo muy serio: una mujer joven que ve, en un segundo, que el hombre con quien va a casarse es violento por dentro. Y, en aquellos tiempos, una mujer no podía investigar a su novio antes de casarse. Tenía que confiar. Tenía que aceptar.

"El encaje roto" dice una cosa importante: a veces, una pequeñez es suficiente. Una mujer tiene derecho a confiar en lo que ve. Aunque sea pequeño. Aunque nadie más lo entienda.

Murió en mil novecientos veintiuno, en Madrid. Pero sus libros, y sus ideas, todavía están con nosotros.

Vamos a recordar, con palabras más simples.

Emilia Pardo Bazán fue una escritora española muy importante. Nació en La Coruña en mil ochocientos cincuenta y uno. Murió en Madrid en mil novecientos veintiuno.

Defendió, durante toda su vida, el derecho de las mujeres a estudiar, a pensar y a trabajar.

Fue la primera mujer que dio clases en la Universidad Central de Madrid.

En sus libros, hablaba de la vida real. De los problemas reales de las personas. Especialmente, de los problemas reales de las mujeres.

"El encaje roto" es uno de esos cuentos. Una mujer joven ve, en un segundo, la verdad sobre su novio. Y dice "no". Aunque nadie más pueda entender por qué.

Y así termina nuestra historia. Has escuchado los cuatro episodios completos. Has escuchado un cuento clásico español, en español, escrito hace más de cien años. Eso es mucho. Si quieres seguir escuchando más historias como esta, puedes ir a la página stories punto anicha punto space. Allí encontrarás más cuentos. Y pronto llegará uno nuevo, también en español. Hasta la próxima.

Y una última cosa. Dos preguntas para pensar. Primera: Pardo Bazán creía que las pequeñeces importan. ¿Crees tú también que las cosas pequeñas pueden revelar algo grande, algo verdadero, sobre una persona? Y segunda: Micaelita prefirió guardar el secreto durante años, porque sabía que nadie la creería. ¿Tú prefieres decir tu verdad, aunque parezca tonta? ¿O prefieres callar, para que nadie se ría?