Goodbye, Cordera!
Leopoldo Alas "Clarín" · retold in B1 Spanish
Season 6 of Cuentos para el oído · 4 episodes · about 7–8 minutes each
Any podcast app (RSS)
Copy this link and paste it into your podcast app's "add by URL" option.
https://feed.stories.anicha.space/feed.xml 1. Rosa, Pinín y la Cordera
Empezamos una historia nueva, de Clarín, escrita en 1892. Rosa, Pinín y la Cordera — dos hermanos gemelos y su vaca vieja — viven juntos en el prado Somonte, en Asturias. Pero, un día, llega el ferrocarril nuevo, y con él un poste alto del telégrafo.
Read the Spanish text
Empezamos una historia nueva. Se llama "¡Adiós, Cordera!". La escribió Leopoldo Alas, que firmaba con un nombre falso: "Clarín". "Clarín" es un nombre, y se dice "cla-rín". Era un escritor español del siglo diecinueve. Publicó este cuento en el año mil ochocientos noventa y dos.
La historia pasa en Asturias, una región verde y húmeda al norte de España. La cuentan tres protagonistas. Bueno, tres seres queridos: una niña, su hermano gemelo, y una vaca.
La niña se llama Rosa. Es un nombre de niña, y se dice "ró-sa". El niño se llama Pinín. Es un nombre de niño, y se dice "pi-nín". Y la vaca se llama "la Cordera". "Cordera", aquí, es un nombre, no es la palabra cordera. Es el nombre que la familia le ha puesto a su vaca. Rosa, Pinín y la Cordera son siempre tres, siempre juntos.
En este episodio escuchas el principio: la vida tranquila de los tres en el prado, y la llegada de algo nuevo y un poco aterrador. Intenta entender una cosa: qué cosa nueva aparece en el campo, y por qué los niños le tienen miedo.
Antes de empezar, tres palabras importantes para entender la historia.
La primera palabra es "prado". Un prado es un campo verde, con hierba, donde las vacas pueden comer. Los niños de la historia pasan el día con su vaca en un prado. El prado se llama "el prado Somonte". "Somonte" es un nombre, es el nombre del lugar.
La segunda palabra es "ferrocarril". Un ferrocarril es un tren, o, más exactamente, el camino del tren. Las vías, los raíles, todo lo que el tren necesita para correr. En aquella época, hace más de cien años, el ferrocarril era una cosa muy moderna. En los pueblos pequeños, la primera vez que pasaba el tren, la gente se quedaba con la boca abierta.
Y la tercera palabra es "telégrafo". El telégrafo era una forma muy antigua de mandar mensajes a lugares lejanos, antes del teléfono. Mensajes que viajaban por unos cables, por unos hilos, atados a postes altos de madera. Cuando el viento soplaba, los cables del telégrafo hacían un ruido raro, como una música metálica.
Recuerda: prado, campo verde para las vacas. Ferrocarril, el camino del tren. Y telégrafo, postes con cables que llevaban mensajes.
Eran tres. Siempre los tres. Rosa, Pinín y la Cordera.
El prado Somonte era pequeño y verde, en una colina, en Asturias. Bajaba poco a poco, como una alfombra de hierba verde. Allí, todos los días, Rosa y Pinín pasaban las horas con su vaca, la Cordera.
Rosa y Pinín eran hermanos gemelos. Es decir, hermano y hermana, nacidos el mismo día, los dos hijos de Antón. Antón es un nombre de hombre, el nombre del padre. Antón era un hombre muy pobre, un campesino. Su mujer, la madre de los niños, había muerto hacía años. La Cordera era la única vaca de la familia. Daba leche, y la leche era casi toda la comida de los niños.
Para Rosa y Pinín, la Cordera no era solo una vaca. Era casi una abuela. La Cordera era grande, amarillenta, paciente. Cuando los niños jugaban, ella miraba tranquila. Cuando se cansaban, se sentaban cerca de ella, y la Cordera bajaba la cabeza, y los miraba con cariño.
Era una vaca vieja, sabia. Comía con calma, descansaba mucho, miraba el cielo. Casi no se movía. Para Rosa y Pinín, ella era el centro del mundo.
Y ese mundo, hasta hace poco, era muy tranquilo. Solo el prado verde, las nubes blancas en el cielo gris, el sol, los pájaros. Nada más.
Pero, un día, cambió todo. En la parte de abajo del prado, llegaron unos hombres. Trajeron herramientas. Cortaron la tierra. Pusieron piedras grandes. Pusieron rieles de hierro. Y construyeron una vía. La vía del tren. El ferrocarril, de la ciudad de Oviedo a la ciudad de Gijón. "Oviedo" y "Gijón" son nombres de dos ciudades de Asturias.
Vamos a parar un momento. Hasta aquí: Rosa, Pinín y la Cordera viven juntos en el prado Somonte, en Asturias. Rosa y Pinín son dos hermanos gemelos, hijos de un campesino pobre, Antón. La Cordera es su única vaca, vieja y paciente, casi como una abuela para los niños.
Pero la vida tranquila del prado cambia. En la parte de abajo del prado, llega el ferrocarril nuevo. Los hombres ponen rieles, construyen una vía. Y, junto a la vía, plantan también algo más.
Junto a la vía del tren, los hombres plantan un poste alto, de madera seca. Del poste, salen dos cables de hierro: uno a la derecha, otro a la izquierda. Cables largos, que se pierden en el horizonte. Es el poste del telégrafo.
Para Rosa y Pinín, ese poste y esos cables son una cosa rara, misteriosa. Es el mundo grande, desconocido, lejano. El mundo que viene de las ciudades. Y les da miedo.
Pinín, después de mucho pensarlo, después de mirar el poste durante días y días, decide tocarlo. Se acerca con cuidado. Toca la madera con un dedo. La madera está seca y caliente del sol. Y el poste no se mueve. No pasa nada. Entonces Pinín se atreve a abrazarlo. Lo abraza con los brazos y las piernas, y empieza a subir, despacio. Sube y sube. Hasta cerca de los cables. Pero, cuando está cerca de los cables, le entra miedo, miedo de verdad. Y se deja caer, rápido, hasta el suelo.
Rosa es más tímida que Pinín, pero más curiosa. Ella no se atreve a subir al poste. Pero se acerca, pone la oreja contra la madera, y escucha. Escucha el ruido raro del telégrafo. Es un ruido metálico, vibrante, fino. Es la música del viento en los cables. Para Rosa, eso es magia. Cree que son las cartas y los mensajes que viajan por los hilos. Mensajes que vienen de muy lejos. Mensajes que ella nunca va a entender.
Y la Cordera, ¿qué hace la Cordera? Pues mira el poste de lejos. Lo mira con calma. Para ella, ese poste no es una cosa interesante. Es solo un palo seco. La Cordera es vieja y sabia, y los palos secos no le importan. Vuelve a su hierba, vuelve a comer.
Pero después llega algo mucho peor que el poste. Algo grande, ruidoso, que sale de un agujero en la colina y corre por la vía a una velocidad enorme. El tren. La primera vez que la Cordera ve el tren, se vuelve loca. Salta la cerca del prado. Corre a otros prados. Tarda muchos días en calmarse. Cada vez que aparece el tren, ella tiene miedo otra vez. Mucho, mucho miedo.
Vamos a recordar, con palabras simples.
Rosa, Pinín y la Cordera viven juntos en el prado Somonte, en Asturias. Los niños son pobres. Su padre se llama Antón. Su madre ya no está. La Cordera, su vaca, es como una abuela para ellos.
Hasta hace poco, la vida en el prado era tranquila. Solo el cielo, la hierba, los pájaros. Pero ahora, en la parte baja del prado, hay una vía de tren, un ferrocarril nuevo. Y, al lado de la vía, hay un poste alto, el poste del telégrafo, con dos cables que llevan mensajes.
Para Pinín y Rosa, el poste y los cables son una cosa nueva, misteriosa. Pinín sube al poste, pero le da miedo. Rosa escucha el ruido de los cables. Y la Cordera, sabia, mira el poste de lejos. No le importa.
Pero después llega el tren. Y la Cordera, al ver el tren por primera vez, se vuelve loca de miedo. Salta la cerca. Corre. Tarda mucho en calmarse.
Has escuchado el primer episodio de "¡Adiós, Cordera!". El tren ha llegado al prado, y la Cordera tiene miedo. ¿Se van a acostumbrar los tres, los niños y la vaca, a esta cosa nueva del mundo grande? En el próximo episodio, vemos qué pasa después, y entendemos mejor el amor entre los hermanos y la vaca. Hasta la próxima.
Y, para terminar, una pregunta para pensar. Para Rosa y Pinín, el tren y el telégrafo son cosas del "mundo grande", un mundo lejano, desconocido. Algo bonito de mirar, pero también un poco aterrador. ¿Tú recuerdas alguna cosa nueva, en tu infancia, que te impresionó así? ¿Algo que parecía mágico y, al mismo tiempo, un poco peligroso?
2. El tren y la vaca sabia
Los tres se acostumbran al tren. Pinín sube al poste del telégrafo, Rosa escucha la música del viento en los cables. La Cordera, sabia, mira el tren pasar sin moverse. Pero, en casa, el padre Antón tiene un problema con la renta...
Read the Spanish text
Segundo episodio de "¡Adiós, Cordera!". En el episodio anterior conocimos a los tres protagonistas: Rosa, Pinín y la Cordera. Los dos niños gemelos y su vaca vieja, en el prado Somonte, en Asturias. Y vimos cómo el ferrocarril, el camino del tren, llegó cerca del prado. Con un poste alto del telégrafo y dos cables largos. Algo nuevo, misterioso, un poco aterrador. La Cordera, al ver el tren por primera vez, se volvió loca de miedo.
En este episodio vamos a ver cómo los tres, poco a poco, se acostumbran al tren. Y vamos a entender mejor el amor que hay entre ellos. Pero, al final del episodio, vamos a oír una primera señal de que algo no va bien en casa.
Antes de empezar, dos palabras importantes.
La primera palabra es "acostumbrarse". Acostumbrarse significa habituarse a algo. Al principio una cosa nueva te parece rara. Después, poco a poco, ya no te parece rara: ya es normal. Por ejemplo, si vives al lado de una calle muy ruidosa, al principio el ruido te molesta. Pero, después de unos meses, te acostumbras, y casi no lo oyes.
La segunda palabra es "renta". La renta es el dinero que un campesino, o cualquier persona, paga al dueño de la tierra o de la casa donde vive. En esta historia, el padre Antón no es dueño de su casa ni del prado: paga una renta al amo. Si no paga, el amo le quita la casa. Y, si la familia es muy pobre, pagar la renta puede ser un problema enorme.
Recuerda: acostumbrarse, habituarse, dejar de tener miedo a algo. Y renta, el dinero que se paga por la tierra o la casa que no es tuya.
La Cordera, poco a poco, se acostumbra al tren. Al principio, cada vez que el tren pasa, ella se asusta. Pero, después de muchos días, entiende algo importante. Entiende que el tren pasa rápido, y que después se va. Que es un ruido enorme, pero no le hace daño. Es un peligro que pasa.
Entonces, cuando el tren llega, la Cordera se pone de pie y lo mira con la cabeza alta. Lo mira con desconfianza, con antipatía, pero sin correr. Y, después de más tiempo, ni siquiera se levanta. Se queda sentada, comiendo su hierba, y mira el tren pasar, sin moverse. Para ella, ya es algo normal. Ya no le importa.
Pinín y Rosa, en cambio, no se acostumbran. Para ellos, el tren sigue siendo emocionante. Cada vez que pasa, salen corriendo, gritan, saludan con la mano. Lo llaman "la gran culebra de hierro". Una culebra es como una serpiente, larga y delgada. Para ellos, el tren es una culebra de hierro, viva, que corre por la vía. Y, dentro del tren, hay gente desconocida, gente de las ciudades, viajeros. Personas que ellos nunca van a conocer.
Y Pinín, poco a poco, se atreve a subir al poste del telégrafo. Sube cada vez más alto. Llega hasta cerca de los cables. Allí, abrazado al poste, oye la vibración, ese ruido metálico raro. Oye el viento que canta en los hilos. Y, como tiene miedo de los cables, se deja caer otra vez, rápido, hasta el suelo.
Rosa pasa horas y horas con la oreja contra el poste. Para ella, no es importante saber qué dicen los mensajes que viajan por los hilos. Lo importante es el ruido, el misterio. Las cartas invisibles que pasan por encima de su cabeza.
Vamos a parar un momento. Hasta aquí: los tres se han acostumbrado al tren y al telégrafo. La Cordera lo mira pasar sin moverse, ya casi no le importa. Pinín sube al poste y se atreve casi a tocar los cables. Rosa pone la oreja contra el poste y escucha el viento.
El tren y el telégrafo, al final, son cosas pequeñas. Solo pasan por un momento, y después se van. Lo importante en la vida de los tres es otra cosa: el amor que sienten. Vamos a verlo.
El prado Somonte está lejos de cualquier pueblo. Desde allí no se ven casas. No se oyen ruidos de la gente. Solo, de vez en cuando, el tren que pasa, y después se va. Y el silencio vuelve.
Mañanas largas, bajo el sol, con el zumbar de los insectos. Tardes silenciosas y dulces, con el cielo gris suave de Asturias. Por la noche, las primeras estrellas. Pinín y Rosa, juntos, sentados al lado de la Cordera. La vaca, de vez en cuando, mueve la cabeza, y la campanita que lleva al cuello suena suave: tin... tin.
Los hermanos se quieren. Se quieren como dos mitades de una misma fruta. Siempre juntos. No saben dónde termina uno y empieza el otro. Y los dos quieren a la Cordera. La vaca grande, amarillenta, paciente, con la cara tan ancha que parece una cuna. Para Rosa y Pinín, la Cordera no es solo una vaca. Es como una abuela. Es la madre que ya no tienen.
Y la Cordera también los quiere. Eso es difícil de saber, con una vaca, pero se ve en cómo aguanta cuando ellos juegan con ella. Cuando se suben encima. Cuando se esconden detrás. Cuando le ponen flores en la cabeza. La Cordera no se enfada. Solo respira, los mira con paciencia, y los deja jugar.
En los tiempos difíciles, Pinín y Rosa han hecho mil cosas por la Cordera. Antes, cuando no tenían el prado Somonte, la vaca tenía que comer hierba seca, en los caminos. Los niños la guiaban a los lugares más tranquilos. Y, cuando en el establo, en invierno, faltaba comida, los niños le buscaban hierba donde podían. La Cordera nunca lo va a olvidar, a su manera.
Pero, en la casa de Antón, hay un problema. Antón es muy pobre. Y, además, debe dinero al amo, al dueño de la casa y del prado donde vive. Antón no ha podido pagar la renta. El amo está enfadado. Y, en la cabeza de Antón, va creciendo una idea triste, una idea horrible. Una idea que no quiere ni decir en voz alta.
Vamos a recordar lo que pasa en este episodio.
Los tres se acostumbran al tren. La Cordera, sabia, lo ve pasar sin moverse. Pinín sube al poste del telégrafo. Rosa escucha el ruido de los cables.
Pero lo importante no es el tren. Lo importante es el amor entre los tres. Pinín y Rosa son hermanos gemelos, casi una sola persona. Quieren a la Cordera como a una abuela. Y la Cordera, a su manera, también los quiere a ellos.
Sin embargo, en la casa hay un problema. El padre, Antón, debe dinero al amo. No ha podido pagar la renta. Y en su cabeza, poco a poco, crece una idea horrible.
¿Qué idea? Lo vamos a saber en el próximo episodio. Y va a ser difícil.
Has escuchado el segundo episodio de "¡Adiós, Cordera!". En el próximo episodio, la historia cambia. Algo triste va a pasar. Pero, antes de empezarlo, descansa un rato y respira. Hasta la próxima.
Y, para terminar, una pregunta para pensar. La Cordera no es solo una vaca para los niños: es casi una abuela, casi una madre. ¿Tú has tenido alguna vez una relación así con un animal? ¿Un animal que para ti era casi de la familia? ¿Y por qué crees que, a veces, los animales pueden ocupar un espacio tan grande en nuestra vida?
3. Vendida
El episodio más triste. Antón, para pagar al amo, tiene que vender a la Cordera al carnicero. Los niños se despiden de su vaca por la noche. Al día siguiente, el tren pasa, y en un vagón ven cabezas de vacas asustadas...
Read the Spanish text
Tercer episodio de "¡Adiós, Cordera!". En los episodios anteriores conocimos a Rosa, Pinín y la Cordera. Los tres juntos en el prado, en Asturias. El amor entre los hermanos gemelos y la vaca. Y, al final del episodio dos, vimos que el padre, Antón, tenía un problema. Antón debe dinero al amo. Y, en su cabeza, crece una idea horrible.
Este episodio es el episodio más triste de la historia. Va a doler un poco. La idea horrible se va a hacer realidad. Intenta entender una cosa: qué hace el padre con la Cordera, y cómo lo viven los niños.
Antes de empezar, dos palabras importantes.
La primera palabra es "carnicero". Un carnicero es la persona que vende carne. La carne viene de animales que se matan para comer: vacas, cerdos, corderos. Cuando un campesino tiene una vaca y necesita dinero, a veces no le queda más remedio que venderle la vaca al carnicero. Y los dos saben qué le va a pasar después al animal.
La segunda palabra es "matadero". El matadero es el lugar donde se matan los animales para hacer carne. Es un lugar muy triste, sobre todo si has conocido al animal en vida. En esta historia, todos saben qué le va a pasar a la Cordera. Pero nadie quiere decirlo en voz alta.
Recuerda: carnicero, persona que vende carne. Y matadero, el lugar donde se matan los animales.
Una mañana, llega a la casa el hombre del amo. Es un mayordomo, un hombre duro, sin paciencia con los pobres. Le habla a Antón con voz fuerte. Le dice que ya no hay más tiempo. Que, si no paga la renta, en pocos días se queda en la calle. Sin casa. Sin tierra. Con los niños.
Antón se queda blanco. No dice nada. El mayordomo se va.
Antón sabe lo que tiene que hacer. Y lo odia con todo su corazón. Pero no hay otra forma. La única cosa que tiene, la única cosa que vale dinero, es la Cordera. Tiene que vender la Cordera. Tiene que llevarla al mercado, al pueblo de Gijón, y vendérsela al carnicero.
A los niños, no les dice nada. ¿Cómo va a decirles eso? Imposible.
El sábado, muy temprano, antes de que salga el sol, Antón se levanta. Coge a la Cordera por el collar y baja al mercado, al pueblo. La Cordera camina tranquila, sin entender. Es solo otro paseo. Los niños duermen. Cuando Rosa y Pinín se despiertan, no ven a la Cordera. Y no ven a su padre. Pero no se preocupan: piensan que él la ha llevado al toro, para que la Cordera tenga otro ternero. Eso ha pasado otras veces.
Pero el padre y la Cordera no vuelven al mediodía. Y no vuelven por la tarde. Y los niños empiezan a preocuparse.
Al final, cuando ya es casi de noche, el padre vuelve. Y la Cordera vuelve con él. Antón está cansado, lleno de polvo, callado. No dice nada de dónde han estado. Pero los niños, en sus caras, adivinan algo malo. Y, durante toda la cena, nadie habla. Nadie come bien. La Cordera está en el establo, comiendo su hierba, sin saber nada.
¿Por qué no la ha vendido el padre? Porque, en el mercado, ha pedido un precio demasiado alto. Un precio que nadie quería pagar. En el fondo, Antón no quería venderla. Y por eso ha puesto un precio imposible. Y la ha traído otra vez a casa.
Pero esto solo pinta un peligro mayor. Porque la próxima vez, la próxima semana, Antón ya no podrá hacer ese juego. Tendrá que vender a cualquier precio.
Vamos a parar un momento. Hasta aquí: el padre, Antón, sabe que tiene que vender a la Cordera para pagar la renta al amo. El primer sábado va al mercado, pero, en secreto, pide un precio demasiado alto, para no venderla. La trae a casa otra vez. Los niños no saben nada con seguridad, pero adivinan algo.
Pero esa solución no puede durar mucho. La semana siguiente, Antón ya no podrá hacer ese juego. Tendrá que aceptar cualquier precio. Y eso es lo que pasa ahora.
El sábado siguiente, Antón vuelve al mercado, ahora con Pinín. Esta vez no hay juego. Antón vende a la Cordera al primer precio que le ofrecen, a un carnicero de Castilla. Castilla es una región de España, lejos de Asturias. El carnicero compra la Cordera. Le pone una marca en la piel. La Cordera vuelve al establo de Antón, pero ya no es de la familia: es del carnicero. Solo está allí hasta el viernes. Después, vendrá un hombre del carnicero a llevársela.
Antón y Pinín vuelven a casa caminando. Antón no dice nada. Pinín tiene los ojos llenos de lágrimas, pero aprieta los puños, intenta ser fuerte. En casa, Rosa adivina todo en cuanto los ve. Corre al establo, abraza a la Cordera por el cuello, llora.
Los días siguientes son terribles. Los tres están otra vez en el prado, pero el silencio ya no es un silencio bonito. Es un silencio negro. La Cordera, claro, no sabe nada. Sigue comiendo, sigue durmiendo, sigue mirando el cielo con calma. Pero Rosa y Pinín la miran y lloran sin parar. Miran el tren que pasa, el telégrafo, los cables. Y los odian. Porque ese mundo grande, lejano, es el mundo que se va a llevar a su amiga.
El viernes, al atardecer, llega el hombre del carnicero. Es un desconocido. Paga el dinero a Antón. Antón bebe un trago de vino con él para tener fuerzas. Y el hombre coge a la Cordera por la cuerda, y la saca del establo, a la calle.
Rosa y Pinín están sentados al lado, agarrados de la mano. No pueden hablar. En el último momento, se tiran sobre la Cordera. La abrazan, la besan. La Cordera baja la cabeza, paciente, como hace siempre. No entiende qué pasa.
Antón, dentro de la casa, grita: "¡Basta, niños, basta!". Su voz tiembla. Está llorando él también, en silencio.
El hombre tira de la cuerda. La Cordera empieza a caminar, despacio, sin ganas. Por el camino estrecho, entre las plantas, los hermanos siguen un rato. Después tienen que pararse. La noche cae. La Cordera, en la oscuridad, parece negra. Se aleja. Y, en la distancia, lo último que se oye, durante un rato, es el sonido lento de la campanita: tin... tin... tin...
— ¡Adiós, Cordera! — grita Rosa, llorando con toda el alma. — ¡Adiós, Cordera de mi alma!
— ¡Adiós, Cordera! — repite Pinín, con la voz rota.
Y la campanita, a su modo, contesta también: tin... tin... triste, lejana. Hasta que se pierde entre los otros sonidos de la noche.
Al día siguiente, Rosa y Pinín van al prado Somonte muy temprano, a la hora de siempre. Pero el prado sin la Cordera ya no es el mismo prado. Parece un desierto.
De repente, oyen el silbido de la máquina. Aparece el humo, después el tren. Y, en uno de los vagones cerrados, en unas ventanas pequeñas y altas, ven cabezas de vacas asustadas, mirando para afuera.
Rosa y Pinín lo entienden todo. La Cordera va en ese tren. La llevan al matadero. Para hacer carne, para los ricos de las ciudades.
— ¡Adiós, Cordera! — grita Rosa, hacia el tren.
— ¡Adiós, Cordera! — grita Pinín, enseñando los puños al tren que pasa.
Y los dos miran con odio la vía, los cables del telégrafo. Ese es el mundo enemigo. El mundo que les ha quitado a la Cordera.
Vamos a recordar lo que pasa en este episodio.
El amo manda al mayordomo a la casa de Antón. Le da pocos días para pagar la renta, o pierde la casa. Antón sabe que tiene que vender a la Cordera. La primera vez, en el mercado, pide un precio imposible y no la vende. La trae a casa otra vez.
Pero la semana siguiente no puede hacer ese juego. Vende a la Cordera a un carnicero de Castilla. La Cordera vuelve al establo, marcada, ya vendida.
El viernes por la noche, viene el hombre del carnicero a llevársela. Rosa y Pinín abrazan a la Cordera, lloran, le dicen adiós. La Cordera se aleja en la oscuridad. Lo último que se oye es el sonido de su campanita.
Al día siguiente, los niños están solos en el prado. Pasa el tren. Y, en un vagón, ven cabezas de vacas. Entienden que la Cordera va en ese tren, hacia el matadero. Y gritan: "¡Adiós, Cordera! ¡Adiós, Cordera!", llenos de dolor.
Has escuchado el tercer episodio de "¡Adiós, Cordera!". Ha sido un episodio duro. La Cordera ya no está. Y el prado, sin ella, parece vacío. Pero la historia todavía no ha terminado. En el último episodio, pasan muchos años. Y otra cosa importante va a cambiar para siempre. Hasta la próxima.
Y, para terminar, una pregunta para pensar. Antón, el padre, tiene que vender a la Cordera para no perder la casa. Es una decisión horrible, pero, en el fondo, no tiene otra opción. ¿Tú crees que él podría haber hecho algo diferente? ¿O es la pobreza la que toma la decisión por él? ¿Y cómo crees que los niños van a recordar a su padre por esto, dentro de muchos años?
4. ¡Adiós, Rosa! · finale
Pasan los años. Pinín, ya joven, es enviado a la guerra carlista. Rosa lo ve por última vez desde el prado Somonte. Y, en el viento del telégrafo, le parece oír otra vez la voz que se va. Más un cierre sobre Clarín, autor del cuento.
Read the Spanish text
Cuarto y último episodio de "¡Adiós, Cordera!". Hemos llegado al final de la historia.
Recordamos: Rosa, Pinín y la Cordera vivían en el prado Somonte, en Asturias. Cuando el padre, Antón, no pudo pagar la renta, tuvo que vender a la Cordera al carnicero. Los niños se despidieron de su vaca por la noche. Al día siguiente vieron pasar el tren, con cabezas de vacas en uno de los vagones. La Cordera ya no estaba.
Pero esta historia no termina con la muerte de la Cordera. Pasan muchos años. Rosa y Pinín ya no son niños, son jóvenes. Y un día, sin avisar, el mundo grande, el mundo del tren y del telégrafo, viene a llevarse otra cosa más. Algo todavía más importante para Rosa. En este episodio escuchas el final. Intenta entender una cosa: por qué Pinín ya no puede quedarse en casa, y qué oye Rosa en los cables del telégrafo, al final.
Antes de empezar, dos palabras importantes.
La primera palabra es "quintas". En España, en aquella época, hace más de cien años, los chicos jóvenes tenían que ir, por ley, al ejército, a hacer el servicio militar. Si vivían en un pueblo, el día del sorteo se llamaba "las quintas". Era el día en que el gobierno cogía a los chicos del pueblo y los mandaba a la guerra. Los padres ricos podían pagar dinero para que su hijo no fuera. Los padres pobres no podían pagar nada. Sus hijos tenían que ir.
La segunda palabra es "guerra carlista". En el siglo diecinueve, en España, hubo varias guerras llamadas "guerras carlistas". "Carlista" viene del nombre Carlos. Eran guerras entre españoles, una guerra civil, por quién tenía que ser el rey. Mucha gente joven moría en esas guerras, sin entender bien por qué luchaba.
Recuerda: quintas, el día en que cogían a los jóvenes para el servicio militar. Y guerra carlista, una guerra entre españoles, en el siglo diecinueve.
Pasan muchos años. Rosa y Pinín ya no son niños. Pinín se ha hecho un joven alto, fuerte, como un árbol. Trabaja en el campo, ayuda al padre. Rosa también es una joven, callada, paciente, como era de pequeña.
Y, en España, sigue habiendo guerra. La guerra carlista. Una guerra civil. Una guerra entre españoles, larga, dura, sin sentido para los pobres.
Llega el día de las quintas. El gobierno coge a los jóvenes del pueblo. Pinín tiene la mala suerte de ser elegido. Tiene que ir al ejército, a luchar en la guerra carlista. Antón, el padre, intenta buscar ayuda. Pero no hay nada que hacer. Pinín es fuerte, sano. El médico dice: este es bueno. Y la familia de Antón no es importante. Es solo otra familia pobre. No hay influencias. No hay dinero.
Y, una tarde triste de octubre, Pinín tiene que tomar el tren. El tren correo, el que va de Gijón al frente de la guerra. El mismo tren, el mismo ferrocarril, la misma vía que un día se llevó a la Cordera.
Rosa, esa tarde, está sola en el prado Somonte. Espera el tren. Espera ver a su hermano por última vez. Se ha puesto cerca de la vía, en la parte baja del prado. Casi al lado de los raíles.
Vamos a parar un momento. Hasta aquí: han pasado muchos años. Pinín ya es un joven. El gobierno lo ha cogido para mandarlo a la guerra carlista, una guerra civil entre españoles. La familia no tiene dinero ni influencias para evitarlo. Pinín tiene que ir.
Una tarde de octubre, Pinín toma el tren correo. El mismo tren que un día se llevó a la Cordera. Y Rosa, sola, espera ver pasar a su hermano. Está casi al lado de los raíles. Vamos a oír la última escena de la historia.
A lo lejos, suena el silbido de la máquina. Después aparece el tren, rápido, como un rayo. Pasa por delante de Rosa. Y, en un vagón de tercera clase, hay muchas cabezas de jóvenes pobres, muchos quintos, gritando, saludando con la mano a los árboles, a la tierra, a la pequeña patria que dejan, para ir a morir en las luchas de la patria grande, al servicio de un rey y de unas ideas que no conocen.
Pinín, con medio cuerpo fuera de una ventana pequeña, abre los brazos hacia su hermana. Casi se tocan. Y Rosa, entre el ruido enorme de las ruedas, entre los gritos de los soldados, oye, clara, la voz de su hermano, que llora, y que dice, como si una memoria muy antigua le diera las palabras:
— ¡Adiós, Rosa! ¡Adiós, Cordera!
— ¡Adiós, Pinín! ¡Pinín de mi alma! — grita ella.
El tren pasa. Se aleja. El silbido suena triste, lejano, entre los árboles y los campos.
Rosa se queda sola. Mira el tren que se va. Y piensa con un dolor enorme: "Se lo lleva el mundo. Como la otra. Como la vaca abuela. Carne de vaca para los ricos. Y ahora, carne joven para las locuras de la guerra. Carne para las ambiciones de los demás."
¡Qué sola se queda! Ahora sí. Ahora sí que el prado Somonte es un desierto.
Y, sin pensarlo, Rosa apoya la cabeza sobre el viejo poste del telégrafo. El viento sopla en los cables. Y los cables cantan. Pero, ahora, Rosa entiende la canción. Es una canción de lágrimas. Una canción de abandono, de soledad. Una canción de muerte.
En esas vibraciones rápidas, como pequeños lamentos, Rosa cree oír, muy lejana, la voz que llora por la vía, cada vez más lejos:
— ¡Adiós, Rosa! ¡Adiós, Cordera!
Vamos a entender bien lo que ha pasado.
Han pasado muchos años. Pinín ya es un joven, fuerte y sano. La guerra carlista, la guerra civil entre españoles, sigue. Y Pinín, en el sorteo de las quintas, tiene mala suerte: tiene que ir al ejército, a luchar. La familia, pobre, no puede hacer nada.
Una tarde de octubre, Pinín toma el tren correo. El mismo tren que un día se llevó a la Cordera. Rosa, sola en el prado Somonte, espera ver pasar a su hermano. Cuando el tren pasa, Pinín saca medio cuerpo por la ventana. Y, llorando, le grita a su hermana las mismas palabras que un día gritaron los dos a la vaca: "¡Adiós, Rosa! ¡Adiós, Cordera!".
El tren se va. Rosa se queda sola. Apoya la cabeza en el viejo poste del telégrafo. El viento canta en los cables, como siempre. Pero, ahora, Rosa entiende la canción. Es una canción triste. Una canción de soledad y de muerte. Y, en el viento, ella cree oír, muy lejos, la voz de Pinín que se va.
El mundo grande, ese mundo del tren y del telégrafo que ellos miraban de niños con miedo y con curiosidad, se ha llevado todo. Primero a la Cordera. Y ahora a Pinín. Rosa se queda con el prado vacío.
Has escuchado el final de "¡Adiós, Cordera!". Un cuento famoso de Clarín, uno de los grandes escritores españoles del siglo diecinueve. Esperamos que te haya gustado, aunque sea triste.
Una palabra sobre el escritor. Clarín es un nombre falso. Su nombre verdadero era Leopoldo Alas. Es un nombre, y se dice "leo-pól-do á-las". Nació en mil ochocientos cincuenta y dos, en Zamora, y murió en mil novecientos uno, en Oviedo, la ciudad de Asturias donde vivió casi toda su vida. Fue un escritor muy importante. Su novela más famosa se llama "La Regenta". Es una novela larga, de mil páginas, sobre una mujer infeliz casada con un hombre mayor, en una ciudad como Oviedo. Pero también escribió muchos cuentos cortos, como este. "¡Adiós, Cordera!", del año mil ochocientos noventa y dos, es uno de los más queridos por los lectores españoles. Cualquier niño que va a la escuela en España lo conoce.
Si quieres encontrar más historias así, en español claro y para escuchar, ve a stories.anicha.space. Es un nombre, y se dice "stóris ánicha space". Allí están todas las historias del podcast. Algunos cuentos son gratis, otros son para comprar. Cada uno tiene un audio, un texto, y unos diez minutos por episodio.
Hasta la próxima historia.
Y, para terminar, dos preguntas para pensar. La primera: en esta historia, el mundo grande, el mundo del tren y del telégrafo, se lleva las cosas que Rosa más quiere. Primero a la vaca. Después a su hermano. ¿Tú has tenido alguna vez la sensación de que el "mundo grande", la sociedad, la economía, la guerra, te quitaba algo que querías mucho? ¿Cómo lo viviste?
Y la segunda pregunta. Pinín, al final, grita "¡Adiós, Rosa! ¡Adiós, Cordera!" desde el tren. Eso es: en el peor momento de su vida, se acuerda de su vaca. ¿Por qué crees que la repite a su vaca, junto con su hermana? ¿Qué significa, para él, ese recuerdo en el momento de irse a la guerra?