Green Eyes
Gustavo Adolfo Bécquer · retold in B1 Spanish
Season 29 of Cuentos para el oído · 3 episodes · about 7–8 minutes each
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https://feed.stories.anicha.space/feed.xml 1. El ciervo y la fuente prohibida
Fernando hiere a un ciervo que huye hacia la fuente de los Álamos. Los cazadores se paran en seco: nadie va allí. Dicen que en esa agua vive un espíritu. Fernando se ríe de ellos y va igual.
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Bienvenido a una nueva historia en español. Es una historia de bosque, de agua y de miedo. Se llama "Los ojos verdes".
La escribió un autor español. Se llama Gustavo Adolfo Bécquer. Es un nombre de hombre. Bécquer vivió hace mucho tiempo, en España, y le gustaba contar leyendas. Una leyenda es una historia antigua que la gente cuenta una y otra vez, de padres a hijos. Nadie sabe si es verdad. Pero todos la cuentan.
Esta leyenda empieza en el monte, un día de caza. Cazar es salir al campo con caballos y con perros, para buscar animales. La caza es esa actividad.
Hoy conocemos a un joven noble, a un cazador viejo, y a un lugar del bosque donde nadie quiere entrar.
Escucha bien dos cosas: qué animal buscan los cazadores, y por qué todos tienen miedo del agua.
Antes de empezar, tres palabras importantes.
Primera: un ciervo. Un ciervo es un animal grande del bosque. Tiene las patas largas, corre muy rápido y lleva cuernos en la cabeza. Los cazadores de esta historia buscan un ciervo.
Segunda: una fuente. Aquí, una fuente no es una fuente de una plaza. Es un lugar del bosque donde nace el agua, entre las piedras y los árboles. Un agua quieta, muy clara, muy verde. En nuestra historia hay una fuente con nombre: la fuente de los Álamos. Es el nombre de un lugar. Los álamos son unos árboles altos y delgados que crecen cerca del agua.
Tercera: maldito. Un lugar maldito es un lugar donde pasan cosas malas. La gente no va allí. La gente ni siquiera habla de él.
Es de mañana en el monte. Hace frío. Hay niebla entre los árboles.
Los cazadores suben por el bosque. Llevan caballos y perros. Buscan un ciervo, y por fin lo encuentran.
Es un ciervo enorme. El más hermoso del monte. Tiene unos cuernos grandes, como las ramas de un árbol.
Delante de todos va un joven a caballo. Es un joven noble, y se llama Fernando. Es un nombre de hombre. Fernando es el hijo mayor de una familia importante, la familia de Argensola. Un día toda la casa será suya.
Fernando levanta el arco y dispara. La flecha entra en el cuerpo del ciervo. El animal cae.
Pero el ciervo no está muerto. Se levanta. Y corre. Corre entre los árboles, herido, con la flecha dentro. Herido quiere decir que tiene una herida, que le han hecho daño en el cuerpo.
Fernando sale detrás. Va rápido, muy rápido. El bosque se hace más oscuro y más cerrado. Y de pronto Fernando oye algo: agua. Agua que corre entre las piedras.
Entonces el caballo de Fernando se para. Los perros se paran. Y detrás de él, todos los cazadores se paran también.
Nadie da un paso más.
Vamos a parar un momento.
Fernando ha herido a un ciervo muy grande. Pero el ciervo no ha muerto. Ha escapado, corriendo hacia dentro del bosque.
Fernando quiere seguirlo. Los cazadores, no. Todos se paran, de golpe, en el mismo sitio.
¿Por qué? Porque delante de ellos, entre los árboles, está el agua. Está la fuente de los Álamos.
Fernando se enfada.
— ¡El ciervo va hacia allí! —grita—. ¡Vamos, seguidme!
Pero nadie se mueve. Los hombres miran el suelo.
Entonces sale un cazador viejo. Se llama Íñigo. Es un nombre de hombre. Íñigo lleva toda la vida en esta casa. Conoce el monte mejor que nadie, y quiere a Fernando como a un hijo.
Íñigo pone la mano en el caballo de Fernando y le corta el paso.
— Ahí no, señor —dice—. A la fuente de los Álamos no va nadie. Nunca.
Fernando lo mira.
— ¿Por qué no?
— Porque ese lugar está maldito —dice Íñigo—. En esa agua vive un espíritu malo. Un espíritu es un ser que no es una persona viva. No se puede tocar. Pero está ahí. Y no perdona.
El viejo baja la voz.
— El que bebe de esa agua, lo paga. El que toca esa agua, lo paga. Un pastor entró una vez con sus ovejas. Volvió loco. Otro no volvió.
Todos callan. Solo se oye el agua entre las piedras. Y el bosque, muy verde, muy quieto.
Y entonces Fernando se ríe.
— ¿Un espíritu? —dice—. Son cuentos de viejos. Yo soy el señor de esta casa. Ese ciervo es mío, y voy a buscarlo.
Fernando aparta la mano del viejo, mueve el caballo y entra entre los árboles. Hacia el agua.
Los cazadores se quedan quietos, mirando. Íñigo se santigua, y no dice nada más.
Vamos a recordar, con palabras simples.
Un día de caza en el monte. Fernando, el joven noble, dispara a un ciervo enorme. El ciervo cae, pero se levanta y escapa, herido.
Fernando corre detrás. El ciervo va hacia la fuente de los Álamos, un lugar del bosque donde nace el agua.
Allí todos los cazadores se paran. Íñigo, el cazador viejo, le corta el paso a Fernando y le explica por qué: ese lugar está maldito. En el agua vive un espíritu malo. Quien toca esa agua, lo paga.
Fernando se ríe de ellos. Y entra igual, solo, entre los árboles.
Has escuchado el primer episodio de "Los ojos verdes", en español. Muy bien. Fernando ha entrado solo en el bosque prohibido. ¿Qué encontró junto al agua? ¿Y por qué, desde ese día, ya no quiere cazar ni comer ni hablar con nadie? En el próximo episodio lo vemos. Hasta la próxima.
Y una pregunta para pensar. Íñigo avisa a Fernando. Fernando se ríe y entra igual. ¿A ti te han avisado alguna vez de algo? ¿Escuchaste, o fuiste igual?
2. Los ojos en el agua
Fernando ya no caza ni come, y desaparece cada día. Al fin confiesa: en la fuente vio unos ojos verdes mirándolo desde el agua. Y después, una mujer bellísima. El viejo Íñigo le suplica que no vuelva.
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Bienvenido al segundo episodio de "Los ojos verdes". Es una historia de Gustavo Adolfo Bécquer.
Vamos a recordar lo importante. Estamos en las montañas, en un bosque muy antiguo. Hay un joven noble que se llama Fernando; es un nombre de hombre. Y hay un cazador viejo que se llama Íñigo; también es un nombre de hombre.
En el episodio anterior, Fernando hirió a un ciervo durante una cacería. El ciervo escapó hacia la fuente de los Álamos. Una fuente, aquí, es una poza de agua clara en el bosque, un lugar donde nace el agua. Los Álamos es el nombre de ese lugar. Íñigo le pidió a Fernando que no fuera allí. Nadie va a esa fuente. Dicen que un espíritu vive en el agua. Fernando se rió de todos, y fue igual.
Hoy escucha bien dos cosas: qué ha visto Fernando en el agua, y qué le pide Íñigo.
Antes de seguir, tres palabras útiles.
Primera: una esmeralda. Una esmeralda es una piedra preciosa de color verde. Verde y brillante, como el agua cuando le da el sol. Los ojos de esta historia son de ese color.
Segunda: suplicar. Suplicar es pedir algo con mucha fuerza, casi llorando. Cuando suplicas, no pides: ruegas.
Tercera: obsesionado. Una persona obsesionada solo piensa en una cosa. No puede pensar en nada más. Come poco, duerme poco, y solo quiere volver a ver esa cosa.
Pasaron los días.
Íñigo miraba a Fernando y casi no lo reconocía. El joven había cambiado.
Fernando ya no cazaba. Su perro lo esperaba en la puerta, y él no salía. Su caballo se quedaba quieto. En la mesa, apenas comía: miraba el plato y no lo tocaba. No hablaba con nadie. Si alguien le preguntaba algo, contestaba con una palabra, o no contestaba.
Y cada día, desde la mañana hasta la noche, desaparecía. Se iba solo al bosque y volvía tarde, con la ropa mojada.
Una tarde, Íñigo se sentó a su lado, junto al fuego.
— Señor —le dijo—, usted no está bien. ¿Adónde va todos los días?
Fernando estuvo callado mucho tiempo. Después habló muy despacio, como si hablara dormido.
— Voy a la fuente de los Álamos.
Íñigo sintió frío.
— Aquel día —siguió Fernando— me senté junto al agua. Allí no se oye nada. No cantan los pájaros. No se mueve ni una hoja. Solo hay agua verde y quieta, y árboles altos alrededor. Entre las hojas verdes, debajo del agua, vi unos ojos. Unos ojos que me miraban desde abajo. Verdes como dos esmeraldas. Grandes, tranquilos, vivos. Me miraron un momento. Y desaparecieron.
Fernando levantó la cabeza.
— Desde ese día vuelvo cada mañana.
Vamos a parar un momento. ¿Por qué ha cambiado Fernando?
Porque en la fuente vio unos ojos verdes dentro del agua. Unos ojos que lo miraban. Desde ese día, Fernando no puede pensar en otra cosa. Está obsesionado. No caza, no come, no habla. Solo quiere volver al agua y ver otra vez esos ojos.
— Y los he vuelto a ver —dijo Fernando—. Muchas veces.
Hablaba en voz baja. El fuego se movía en su cara.
— Al principio, solo los ojos. Después, poco a poco, un poco más. Ayer la vi entera. Es una mujer, Íñigo. Está dentro del agua, entre las hojas. Tiene el pelo largo y suelto, y flota. Su cuerpo es de luz y de espuma. Y sus ojos son verdes. Me mira, me sonríe, y todo el bosque se queda en silencio.
Fernando cerró los ojos.
— Nunca he visto nada tan hermoso. Nada.
Íñigo se levantó. Estaba pálido y le temblaban las manos.
— Señor, escúcheme. Eso no es una mujer. Es el espíritu de la fuente. Vive en el agua y no está viva como nosotros. Es hermosa porque así llama a los hombres. Y después los pierde. Todos los que la ven mueren.
El viejo se puso de rodillas y le cogió las manos. Le suplicó, con toda su fuerza:
— No vuelva. Por su madre, por su casa: no vuelva a esa agua.
Fernando lo miró con calma. No estaba enfadado. Estaba lejos.
— No me importa —dijo—. Ya no puedo vivir sin ella.
Vamos a recordar, con palabras simples.
Pasan los días y Fernando cambia. No caza. No come. No habla con nadie. Cada día desaparece en el bosque.
Íñigo le pregunta, y Fernando dice la verdad. Va a la fuente de los Álamos. En el agua vio unos ojos verdes, verdes como esmeraldas. Y después vio una mujer entre las hojas, dentro del agua: la mujer más hermosa del mundo.
Íñigo tiene mucho miedo. Le dice que eso es el espíritu de la fuente, y que va a destruirlo. Le suplica que no vuelva.
Y Fernando contesta: "No me importa. No puedo vivir sin ella".
Has escuchado el segundo episodio de "Los ojos verdes". Fernando ya ha elegido. Mañana volverá al agua, y esta vez la mujer va a hablarle. ¿Qué le va a decir? ¿Y qué le va a pedir? El próximo episodio es el último de esta historia. Hasta la próxima.
Y una pregunta para pensar. Íñigo avisa a Fernando, pero Fernando no lo escucha. ¿Y tú? ¿Recuerdas alguna vez en que alguien te avisó de algo, y tú seguiste adelante igual?
3. La llamada del agua · finale
Esta vez ella le habla. Le dice quién es —o qué es— y le pide que entre en el agua con ella para siempre. Fernando duda un momento. Más un cierre sobre Gustavo Adolfo Bécquer.
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Bienvenido al tercer y último episodio de "Los ojos verdes", la leyenda de Gustavo Adolfo Bécquer.
Vamos a recordar. Fernando, el joven noble, vio unos ojos verdes en el agua de la fuente de los Álamos. Después vio a una mujer. Una mujer muy hermosa, dentro del agua, entre las hojas. Desde ese día, Fernando vuelve allí cada tarde. No come, no caza, no habla con nadie.
Íñigo, el cazador viejo, le pidió que no volviera. Le dijo que esa mujer es el espíritu de la fuente. Fernando no le hizo caso.
Hoy Fernando vuelve a la fuente una vez más. Y hoy, por primera vez, ella habla.
Escucha bien una cosa: qué le pide ella a Fernando.
Antes de empezar, tres palabras.
Primera: la espuma. La espuma es lo blanco que hace el agua cuando se mueve. La ves en el mar, o en un río rápido. Blanca, ligera, y desaparece enseguida.
Segunda: dudar. Dudar es no estar seguro un momento. Quieres hacer algo, pero te paras. Piensas. No sabes si sí o si no. Eso es dudar.
Y tercera: desaparecer. Desaparecer es dejar de estar. Estabas aquí, y de pronto ya no estás. Nadie te ve. Nadie te encuentra.
Estas tres palabras son toda la historia de hoy.
Es una tarde de verano. El sol baja despacio entre los árboles.
Fernando llega a la fuente de los Álamos. Se sienta sobre una piedra, muy cerca del agua. El bosque está en silencio. No cantan los pájaros. No se mueven las hojas.
Y entonces la ve. Ella está en el agua, entre las hojas verdes. Sus ojos son verdes también, verdes como el agua profunda.
Fernando no respira. Espera.
Y ella habla. Su voz es muy suave. Es como el sonido del agua cuando cae sobre las piedras.
— Tú me buscas todos los días —dice ella—. Pero yo no soy una mujer.
Fernando la mira, sin decir nada.
— No tengo un cuerpo como el tuyo —dice ella—. Yo vivo en el agua, y estoy hecha de agua. Estoy hecha de luz, de espuma y de color verde. Cuando el agua se mueve, yo me muevo. Cuando el agua está quieta, yo duermo.
Fernando escucha. Y no tiene miedo. Solo quiere seguir mirándola.
Vamos a parar un momento.
¿Qué le acaba de decir la mujer a Fernando? Le ha dicho la verdad: ella no es una persona. No tiene cuerpo. Vive dentro del agua y está hecha de agua, de luz y de espuma.
Íñigo tenía razón, entonces. Es un espíritu.
Fernando ya lo sabe todo. Y aun así, se queda. Vamos a ver qué pasa ahora.
La mujer levanta la cara hacia él.
— Yo te quiero —dice—. Te quiero desde el primer día. Pero yo no puedo salir del agua. Nunca. Si tú me quieres de verdad, tienes que venir tú. Ven aquí, conmigo. Y quédate conmigo para siempre.
Fernando se pone de pie. Da un paso hacia el agua.
Y entonces duda. Solo un momento, un momento muy pequeño.
Piensa en su padre, que lo espera en la casa grande. Piensa en su habitación, en sus caballos, en sus amigos. Piensa en toda su vida, que está allí arriba, en el mundo de fuera.
Un momento. Nada más.
Después mira otra vez los ojos verdes. Y entra en el agua.
El agua está fría y clara. Fernando baja un paso, y otro. El agua le llega al pecho. Le llega a los hombros. Y después el agua se cierra sobre él, suave, sin ruido.
La superficie se mueve un poco. Pequeños círculos. Luego los círculos se hacen grandes, y se van.
Y el agua se queda quieta otra vez. Verde y quieta, como siempre.
El bosque está en silencio. Como si allí no hubiera pasado nada.
Vamos a recordar el final, y un poco de toda la historia.
Esa noche, Fernando no vuelve a casa. Íñigo y los cazadores lo buscan por la montaña. Lo buscan un día, y otro, y muchos días más. Gritan su nombre entre los árboles. Bajan hasta la fuente de los Álamos y miran el agua verde.
No encuentran nada. Fernando desapareció, y nadie lo vio nunca más.
Todo empezó con un ciervo herido que corrió hacia una fuente prohibida. Íñigo le dijo a Fernando: "No vayas allí." Fernando fue. Vio unos ojos verdes en el agua, y volvió cada día. Al final, ella lo llamó, y él entró.
Fernando dudó un momento. Solo uno. Y después eligió el agua.
Antes de despedirnos, algo sobre el autor de esta historia.
Se llama Gustavo Adolfo Bécquer. Fue un poeta y un escritor español del siglo diecinueve. Nació en 1836 en Sevilla, en el sur de España, y escribió esta leyenda en 1861.
Es famoso por dos libros. Uno son sus "Rimas": poemas cortos sobre el amor. El otro son sus "Leyendas": historias de misterio, como la que acabas de escuchar.
Bécquer murió en 1870, con solo treinta y cuatro años, y murió pobre. Casi nadie lo conocía. Su fama llegó después de su muerte.
Y, sobre todo, gracias a ti.
Acabas de escuchar una historia entera en español. Tres episodios, de principio a fin. Una leyenda antigua, con un bosque, una fuente y unos ojos verdes. Y la has seguido en español. Eso no es poco. Tu español ha crecido un poco más con cada episodio.
Pronto llega otra historia, muy diferente a esta.
Y si quieres escuchar más historias en español claro y tranquilo, puedes ir a la página stories.anicha.space.
Hasta la próxima.
Y una última cosa: dos preguntas para pensar.
La primera. Fernando quería una cosa que le hacía daño. Lo sabía, y la quería igual. ¿Has querido tú alguna vez algo así? ¿Algo que te gustaba mucho, pero que no era bueno para ti?
Y la segunda. Íñigo avisó a Fernando muchas veces. Fernando no le hizo caso. ¿Por qué crees que a veces no escuchamos a las personas que nos avisan?
Gracias por escuchar. Hasta la próxima historia.