Cuentos Claros

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The Country of the Blind

H. G. Wells · retold in B1 Spanish

Season 30 of Cuentos para el oído · 5 episodes · about 7–8 minutes each

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1. La caída

Cuentan que en los Andes hay un valle escondido donde, hace generaciones, una enfermedad dejó ciegos a todos. Núñez, un montañero, se despeña… y despierta vivo justo allí. Y recuerda el refrán: en el país de los ciegos, el tuerto es rey.

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Empezamos una historia nueva. Se llama "El país de los ciegos". Es una historia de montañas y de un gran error.

La escribió H. G. Wells. Es un nombre de hombre, y se dice "hache ge uels". Wells era un escritor inglés. Escribió esta historia en mil novecientos cuatro. Le gustaba imaginar mundos raros y hacer preguntas difíciles.

Un ciego es una persona que no puede ver. Y en esta historia hay un valle entero de personas ciegas. Un valle es el espacio bajo que hay entre dos montañas.

Hoy escuchamos la leyenda de ese valle, y la caída de un hombre que llega allí sin querer. Escucha bien cómo vive la gente del valle, y qué piensa el hombre cuando los ve.

Tres palabras útiles antes de empezar.

Primera: escalar. Escalar es subir una montaña con las manos y los pies. Una persona que escala montañas es un montañero.

Segunda: una leyenda. Una leyenda es una historia antigua que la gente cuenta una y otra vez, de padres a hijos. Nadie sabe si es verdad. Pero todos la cuentan.

Tercera: la vista. La vista es el sentido que usamos con los ojos. Con la vista vemos la luz, los colores y las cosas lejanas. Tenemos otros sentidos: el oído, el tacto y el olfato. En esta historia, la vista es la palabra más importante.

Empezamos con la leyenda.

Muy lejos de aquí, en América del Sur, hay unas montañas altísimas. Se llaman los Andes: es el nombre de esas montañas. Allí hay nieve todo el año, y valles que casi nadie conoce.

La leyenda dice esto. Hace muchos años, unas familias llegaron a un valle escondido. Tenía agua, hierba y sol. Se quedaron allí y construyeron un pueblo.

Pero un día la montaña se movió. Miles de piedras cayeron sobre el único camino, y lo cerraron para siempre. El valle quedó separado del mundo.

Después llegó una enfermedad. No mataba a nadie, pero quitaba la vista. Poco a poco, todos se quedaron ciegos. Y los niños nacían ciegos también.

Pasaron los años. Pasaron los abuelos, los padres, los hijos. Y llegó un momento en que nadie recordaba qué era ver. Ni siquiera tenían una palabra para eso: "ver" desapareció de su lengua, porque ya no servía para nada.

Con el tiempo hicieron un mundo suyo, hecho a su medida. Conocían cada piedra del camino con los pies, y a cada vecino por la voz. Trabajaban, cuidaban a sus animales, llevaban el agua hasta las casas. Todo les salía bien. Vivían sin luz, y no echaban nada de menos.

Vamos a parar un momento. ¿Por qué nadie en ese valle sabe qué es ver?

Porque hace muchísimo tiempo una enfermedad dejó ciegos a todos. Desde entonces, todos los niños nacen ciegos. Nadie allí ha visto nunca la luz. Por eso, para ellos, la vista no existe. No es un secreto ni una historia triste: simplemente, no existe.

Ahora, la historia.

Hay un hombre que se llama Núñez. Es un nombre de hombre. Es de Bogotá, una ciudad de Colombia. Bogotá es el nombre de esa ciudad. Núñez es montañero y no tiene miedo de las alturas.

Un día sube a una montaña muy alta con otros hombres. Están muy arriba, sobre la nieve, y casi es de noche.

Y entonces pasa. Núñez pisa mal. La nieve se mueve bajo sus pies. Y cae.

Cae muchísimo. Cae por una pared blanca y larguísima, en la oscuridad. Sus compañeros piensan que está muerto.

Pero Núñez no está muerto. La nieve blanda del fondo lo salva. Se despierta lleno de golpes, pero vivo, en el fondo de un valle verde. Ha caído dentro del valle de la leyenda: el país de los ciegos. Es el nombre de ese lugar.

Núñez camina despacio hasta un pueblo. Es un pueblo raro. Las casas no tienen ventanas. Ni una sola. Las paredes están pintadas de colores, pero de una forma extraña: manchas grises y marrones sin ningún orden, como si nadie hubiera mirado nunca esas paredes.

Fuera hay hombres trabajando. Caminan rápido y seguros, cada uno a su tarea, sin chocar con nada. Y todos llevan los ojos cerrados.

Entonces Núñez entiende dónde está. Y sonríe, porque se acuerda de un refrán. Un refrán es una frase corta que la gente repite desde hace siglos. Este dice: "En el país de los ciegos, el tuerto es rey." Un tuerto es una persona que solo ve por un ojo.

Y Núñez piensa: yo veo por los dos. Aquí voy a ser el rey.

Vamos a recordar.

Hay un valle escondido en los Andes. Hace muchos años, unas piedras cerraron el camino y el valle quedó separado del mundo. Después, una enfermedad dejó ciegos a todos. Pasaron muchas generaciones. Hoy nadie allí sabe qué es ver, y la palabra "ver" ya no existe en su lengua.

Esa gente vive bien. Trabaja, se mueve rápido y conoce su valle perfectamente.

Núñez, un montañero de Bogotá, cae desde muy alto y llega vivo al fondo del valle. Ve casas sin ventanas y hombres con los ojos cerrados. Y piensa que va a ser su rey.

Has escuchado el primer episodio de "El país de los ciegos". Núñez está seguro: él ve, ellos no, y por eso va a mandar. Pero ¿y si esa gente no quiere un rey? ¿Y si no entienden lo que dice? En el próximo episodio, Núñez habla con ellos por primera vez. Hasta la próxima.

Y una pregunta para pensar. Núñez se siente superior antes de hablar con nadie. Solo por una cosa que él tiene y ellos no. ¿Y tú? ¿Has llegado alguna vez a un sitio nuevo pensando que ya lo entendías todo?

2. El hombre que dice tonterías

Sale mal desde el principio: no entienden la palabra «ver» y creen que hace ruidos sin sentido. Deciden que es una criatura recién formada, con el cuerpo blando y la cabeza llena de tonterías. Y lo tratan como a un niño.

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Bienvenido al segundo episodio de "El país de los ciegos". Es una historia de H. G. Wells.

Vamos a recordar. Hay un valle escondido entre montañas muy altas. Un valle es una tierra baja entre dos montañas. Allí vive un pueblo, y todas las personas son ciegas. Ciego es una persona que no puede ver. Y lo son desde hace catorce generaciones. Ya nadie se acuerda de qué era ver.

En el episodio anterior, un montañero que se llama Núñez, y Núñez es un nombre de hombre, cayó desde lo alto de la montaña y llegó vivo al fondo del valle. Vio casas sin ventanas y hombres que andaban con los ojos cerrados. Y se acordó de un refrán antiguo: "En el país de los ciegos, el tuerto es rey." Núñez estaba seguro: él iba a ser el rey.

Hoy conoce a esa gente. Escucha bien dos cosas: qué palabra no entienden ellos, y qué deciden que es Núñez.

Antes de empezar, tres palabras útiles.

Primera: un sentido. Los sentidos son las formas de conocer el mundo con el cuerpo. El oído es un sentido: sirve para oír. Y la vista es el sentido de ver.

Segunda: el tacto. El tacto es el sentido de tocar. Con las manos tocamos una cosa y sabemos cómo es: dura, blanda, fría. En el valle, el tacto es muy importante.

Tercera: tonterías. Las tonterías son cosas que una persona dice y que no tienen ningún sentido. Son palabras que no significan nada. Hoy, para el pueblo del valle, Núñez dice muchas tonterías.

Núñez bajó hasta las primeras casas y llamó en voz alta.

Tres hombres se pararon y giraron la cara hacia él. No abrieron los ojos, pero lo encontraron enseguida: oyeron sus pasos en la hierba. Uno se llamaba Correa; es un nombre de hombre.

—Un hombre —dijo Correa, muy tranquilo—. Un hombre que viene de las rocas.

Núñez sonrió. Aquel era su momento.

—Vengo de Bogotá —dijo. Bogotá es el nombre de una ciudad grande—. Desde una colina se mira, y no se ve el final.

Los tres se quedaron callados.

—¿Se ve? —preguntó Correa—. ¿Qué es "se ve"?

—Ver —dijo Núñez—. Yo veo. Ahora mismo os veo. Tengo un sentido aquí, en la cara. Con ese sentido conozco las cosas que están lejos, sin tocarlas.

Nadie se rió. Escucharon con muchísima atención, como quien quiere entender bien. Después movieron la cabeza.

—Un sentido en la cara —repitió Correa—. Bogotá, eso no significa nada.

Vamos a parar un momento. ¿Por qué no entienden la palabra "ver"?

Porque en ese valle nadie ve desde hace catorce generaciones. La palabra se perdió. Para ellos, "ver" es solo un ruido sin significado.

Y piénsalo: es razonable. Imagina que llega alguien y te dice: "Yo tengo un sentido en el codo. Con el codo conozco las cosas que están lejos, sin tocarlas." ¿Tú qué pensarías?

Ellos no son tontos. Piensan bien, con la información que tienen.

Entonces lo examinaron con el tacto, con mucho cuidado.

Le tocaron las manos: blandas, unas manos que casi no habían trabajado. Le tocaron el pecho: un cuerpo todavía blando. Y le tocaron la cara, y encontraron allí aquellas cosas raras que se movían debajo de la piel, esas cosas que él llamaba "ojos".

Los tres hombres hablaron entre ellos, comprobando cada idea.

—El cuerpo está blando —dijo uno—. Todavía no se ha endurecido.

—No sabe andar por los caminos. No sabe los nombres de las cosas —dijo otro.

—Y dice palabras que no significan nada —dijo Correa.

Y llegaron a la única explicación posible: aquel hombre acababa de salir de las rocas. Era una criatura nueva, de pocos días. Su cuerpo estaba blando porque era nuevo, y su cabeza estaba llena de tonterías porque era nuevo. Con el tiempo se endurecería y aprendería a pensar bien.

Fueron buenos con él. Le dieron un nombre, Bogotá, y comida, y una cama. Y empezaron a enseñarle con mucha paciencia, como se enseña a un niño: los nombres de las cosas, cuántos pasos hay de una casa a otra.

Núñez lo intentó otra vez.

—Arriba hay un cielo —dijo—. Y un sol que calienta.

—Arriba hay roca —contestaron ellos, tranquilos—. El mundo es este valle, con un techo de piedra encima.

Cada vez que Núñez explicaba la vista, sonaba más loco. Y ellos le tocaban el brazo con cariño y le decían lo mismo:

—Tranquilo, Bogotá. Todavía eres muy nuevo.

Núñez apretó los dientes. Él iba a ser el rey de aquel lugar. Y era un bebé.

Vamos a recordar, con palabras simples.

Núñez llega al pueblo. Los hombres del valle lo oyen enseguida: tienen muy buen oído. Él les dice que ve.

Pero ellos no entienden esa palabra. En el valle nadie ve desde hace catorce generaciones. Para ellos, un sentido en la cara no existe.

Entonces lo tocan. Encuentran un cuerpo blando y unas cosas raras que se mueven en su cara. Y piensan, con calma: es una criatura nueva, de pocos días, y por eso dice tonterías.

Le ponen un nombre, Bogotá. Le dan comida, y le enseñan con paciencia, como a un niño.

Y cuanto más explica Núñez, más loco parece.

Has escuchado el segundo episodio de "El país de los ciegos", todo en español. Muy bien.

Núñez no acepta ser un niño. En el próximo episodio va a intentar demostrar que él es mejor. ¿Y si aquí sus ojos no le sirven de nada? Hasta la próxima.

Y una pregunta para pensar. Núñez dice la verdad, y nadie lo cree. Cuanto más habla, peor parece. ¿A ti te ha pasado alguna vez? ¿Has intentado explicar algo verdadero, y la gente pensó que decías tonterías? ¿Cómo te sentiste?

3. El rey que no fue rey

Núñez intenta demostrar que es superior, y fracasa una y otra vez: en su mundo de tacto y oído ellos son más rápidos y más seguros que él. Agotado y hambriento, acaba rindiéndose y aprendiendo a vivir como ellos.

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Bienvenido al tercer episodio de "El país de los ciegos".

Vamos a recordar. Núñez cayó de la montaña a un valle donde todos son ciegos. Núñez ve; ellos no. Pero ellos no le creen. Para ellos, la vista no existe. Piensan que es una criatura nueva, hecha hace pocos días, con el cuerpo blando y la cabeza llena de tonterías. Son amables, pero lo tratan como a un niño lento.

Núñez está seguro de una cosa: él es mejor, porque ve. Hoy va a intentar demostrarlo.

Escucha bien dos cosas. Quién es más rápido y más hábil aquí. Y cómo termina la lucha de Núñez.

Antes de seguir, tres palabras.

Primera: una pala. Una pala es una herramienta para cavar, para mover la tierra. Hoy, Núñez va a coger una pala, pero no para trabajar.

Segunda: rendirse. Rendirse es dejar de luchar. Es decir: "Ya no puedo más. Tú ganas."

Y tercera: humilde. Una persona humilde no se cree mejor que las demás. Escucha bien esta palabra, porque al final del episodio Núñez va a ser un hombre humilde.

Núñez decide demostrar que es superior. Y falla. Falla una vez, y otra, y otra.

El pueblo tiene calles muy estrechas, entre paredes altas. Son casi túneles, oscuros y fríos. Los hombres del valle caminan por allí a toda velocidad. Tocan la pared con dos dedos, cuentan las puertas y saben dónde están. Nunca se paran.

Núñez intenta seguirlos. Se golpea el hombro contra una esquina. Tropieza. Ellos lo esperan al final de la calle, tranquilos.

En el campo pasa lo mismo. Un hombre del valle corta la hierba con la mano, muy rápido, y no deja ni un tallo. Núñez corta despacio y deja la mitad. Otro construye un muro. Toca cada piedra, la gira, encuentra su sitio perfecto y la coloca. El muro sale liso como una mesa.

Y oyen todo. Núñez cruza el prado en silencio, muy despacio, y una voz dice desde lejos:

— Buenos días, Núñez. Hoy pisas más fuerte que ayer.

Huelen la lluvia antes de que llegue. Conocen a cada vecino por sus pasos.

Y de noche es peor. Ellos trabajan igual que de día. Núñez, en la oscuridad, no ve nada. De noche, el ciego es él.

Su vista no le sirve de nada aquí. A veces incluso le estorba, porque él confía en los ojos y se olvida de escuchar.

Vamos a parar un momento. ¿Por qué Núñez no es superior en este valle?

Porque aquí no se vive con los ojos. Se vive con las manos, con los oídos y con la nariz. Y en eso, la gente del valle es muchísimo mejor que él: más rápida, más segura, más hábil. Ellos conocen su mundo perfectamente. Núñez, no.

El refrán decía: "En el país de los ciegos, el tuerto es rey." Pero el refrán está equivocado.

Núñez está furioso. Si no puede mandar con la razón, va a mandar con la fuerza.

Coge una pala del huerto: la herramienta para cavar. La levanta con las dos manos y grita:

— ¡Escuchadme! ¡Ahora hago lo que yo quiero!

Los hombres del valle no corren. No gritan. Escuchan. Luego se abren en un círculo tranquilo y empiezan a cerrarlo, guiados por el sonido de su respiración.

Núñez mueve la pala en el aire y golpea a un hombre en el hombro. El hombre cae y se queja. Y entonces Núñez siente algo horrible: vergüenza. Ese hombre no puede defenderse de un golpe que no ve venir. Núñez deja caer la pala al suelo y echa a correr.

La fuerza no le sirve. Solo consigue dar miedo y parecer ridículo.

Se va hasta las rocas del final del valle. Intenta subir y no puede. Pasa dos días fuera, sin comer, con frío. Nadie lo busca. El valle sigue trabajando sin él.

Al tercer día vuelve, sucio, débil y con hambre. Camina hasta la casa de un anciano que se llama Yacob. "Yacob" es un nombre de hombre. Núñez se sienta en el suelo, delante de él. Llora un poco. Y se rinde. Rendirse es dejar de luchar.

— Perdonadme —dice—. He dicho tonterías. Ya no las digo más. Enseñadme.

Yacob le toca la cabeza, despacio, como se toca a un niño que por fin entiende.

— Está bien —dice—. Ahora empiezas a aprender.

Le dan pan, leche y un sitio para dormir. Y al día siguiente, trabajo.

Y Núñez trabaja. Aprende a contar las puertas. Aprende a escuchar. Ahora es humilde: un hombre más del pueblo, ni mejor ni peor.

Vamos a recordar, con palabras simples.

Núñez quiere demostrar que es superior porque ve. No lo consigue. La gente del valle camina rápido por las calles oscuras, trabaja mejor y lo oye llegar desde lejos. Núñez tropieza y va detrás. De noche, el ciego es él.

Entonces prueba la fuerza. Coge una pala y amenaza a todos. Ellos lo rodean tranquilos. Núñez golpea a un hombre, siente vergüenza y huye.

Pasa dos días solo, con hambre y frío. Y vuelve. Se rinde. Pide perdón y dice: "Enseñadme."

Ahora vive en el pueblo como un hombre humilde. Trabaja, escucha y aprende.

Has escuchado el tercer episodio de "El país de los ciegos", en español. Muy bien. Núñez ya no quiere ser rey. Ahora es uno más. Pero en el próximo episodio pasa algo que no espera: conoce a una joven del valle y se enamora. ¿Y qué van a decir los ancianos? Hasta la próxima.

Y una pregunta para pensar. Núñez tenía algo que nadie más tenía. Y aquí no le servía de nada. ¿Y tú? ¿Has estado alguna vez en un sitio donde lo mejor de ti no valía nada?

4. Medina-saroté

Con el tiempo lo aceptan, y él se enamora de Medina-saroté. Ella también lo quiere. Pero los ancianos se niegan: él está enfermo. Y el médico del valle propone una cura: quitarle esas cosas raras de la cara, los ojos.

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Bienvenido al cuarto episodio de "El país de los ciegos". Vamos a recordar lo importante.

Núñez cayó desde la montaña a un valle escondido. Allí todas las personas son ciegas: nacen así, desde hace muchísimos años, y ya nadie recuerda qué es mirar.

Núñez creía que iba a ser el rey de ese sitio. No fue así. Ellos se mueven rápido y seguro en su mundo de tacto y de sonido. El torpe era él. Al final, cansado y con hambre, Núñez se rindió y empezó a trabajar como uno más.

Hoy pasa el tiempo. Y hoy Núñez se enamora. Escucha bien dos cosas: de quién se enamora, y qué le piden a cambio.

Antes de seguir, tres palabras útiles.

Primera: los ancianos. Los ancianos son las personas mayores que deciden en el pueblo. Cuando hay un problema, hablan ellos y todos escuchan.

Segunda: las pestañas. Las pestañas son los pelitos que tenemos en el borde de los ojos. En nuestro mundo, unas pestañas largas son bonitas. En el valle, no.

Tercera: curar, y una operación. Curar es quitar una enfermedad y dejar sana a una persona. Una operación es cuando un médico abre el cuerpo para arreglar algo dentro. En este episodio, alguien propone una operación.

Pasan los meses. Núñez ya no discute. Trabaja.

Aprende a andar por los caminos con las manos y con los oídos, y a reconocer a la gente por la voz y por los pasos. Cuida animales, mueve piedras, ayuda en la cosecha. Es fuerte y es útil. Poco a poco, la gente deja de reírse. Ahora es Núñez, el trabajador, un vecino más.

Núñez trabaja en la casa de un hombre mayor. Se llama Yacob. "Yacob" es un nombre de hombre. Yacob tiene tres hijas. La más joven se llama Medina-saroté. "Medina-saroté" es un nombre de mujer, y se dice "me-di-na sa-ro-té".

Para la gente del valle, Medina-saroté no es guapa. Tiene las pestañas largas, y allí eso queda raro al tocar. Y sus ojos no son como los de los demás; los dedos de sus vecinas lo notan. Por eso dicen, con pena: "Pobre Medina-saroté. Es buena chica, pero es fea."

Núñez piensa lo contrario: para él es la más hermosa del valle.

Empiezan a hablar. Núñez le cuenta cosas extrañas: el cielo, la nieve blanca de arriba, el color rojo de la tarde. Ella no entiende nada. Pero le gusta escucharlo. Le gusta esa voz que habla de cosas que no existen. Los demás se van cuando Núñez habla así. Ella se queda. Y un día, ella también lo quiere.

Vamos a parar un momento. ¿Por qué dicen en el valle que Medina-saroté es fea?

Porque allí nadie ve. La gente conoce las caras con los dedos. Y los dedos notan sus pestañas largas y sus ojos diferentes. Para ellos, eso es raro, y lo raro es feo. Núñez usa los ojos, y para él ella es preciosa. Es la misma mujer. Pero cada uno la conoce de una manera distinta.

Un día, Núñez habla con Yacob. Le dice que quiere casarse con su hija, y que ella también quiere.

Yacob se queda callado. Luego lleva el asunto a los ancianos.

Y los ancianos dicen que no.

No lo dicen con odio. Lo dicen con calma, como quien explica algo evidente. Núñez está enfermo. Es un pobre idiota. Habla de cosas que no existen: la luz, los colores, montañas que se "ven" desde lejos. Un hombre así no puede formar una familia.

Y además, dicen, la enfermedad se nota. Está en esas cosas raras de su cara, esas dos cosas blandas que él llama "ojos". Ahí está el mal. Le mueven el cerebro y le hacen decir tonterías. Por eso no duerme cuando toca dormir. Por eso nunca está tranquilo.

Medina-saroté llora. Yacob está triste, porque quiere a su hija.

Entonces habla el médico del valle. Es un hombre serio y respetado, que ha curado a media aldea. Habla despacio, como la gente que de verdad quiere ayudar.

— He examinado a Núñez muchas veces —dice—. Creo que puedo curarlo.

— La enfermedad está en esas cosas de la cara, en los ojos. Están enfermas, y le enferman la cabeza. Es una operación sencilla. Se las quitamos, y ya está. Después el cerebro descansará. Núñez dormirá bien. Será un hombre normal y tranquilo, un ciudadano perfecto. Y entonces, claro, podrá casarse con ella.

El médico lo dice con cariño. Yacob levanta la cabeza, con esperanza. Nadie grita. A todos les parece razonable.

Vamos a recordar, con palabras simples.

Pasa el tiempo. Núñez trabaja bien, y la gente lo acepta como un vecino más.

Núñez se enamora de Medina-saroté, la hija más joven de Yacob. En el valle dicen que ella es fea, por sus pestañas largas y por sus ojos. Para Núñez es la más hermosa. Ella lo escucha cuando él habla de la luz y de los colores. No entiende nada, pero le gusta. Y ella también lo quiere.

Núñez pide casarse con ella. Los ancianos dicen que no: Núñez está enfermo, dice tonterías, y la enfermedad está en esos "ojos" suyos.

Y entonces el médico propone una solución, tranquilo y amable: quitarle los ojos. Así se curará, y así podrá casarse.

Has escuchado el cuarto episodio de "El país de los ciegos". Ahora le toca elegir a Núñez. ¿Qué vale más: la mujer que quiere y un sitio en el mundo, o la luz? En el próximo episodio, el último, lo sabremos. Hasta la próxima.

Y una pregunta para pensar. Para entrar en un grupo, a veces hay que dejar algo por el camino. ¿Y tú? ¿Alguna vez has dejado algo tuyo, algo importante, solo para que te aceptaran?

5. La operación · finale

Le dan a elegir: perder los ojos y quedarse con ella, o conservar la vista. La mañana señalada, Núñez sale al amanecer y mira el hielo, la luz, el cielo enorme. Más un cierre sobre H. G. Wells.

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Bienvenido al quinto y último episodio de "El país de los ciegos".

Vamos a recordar. Núñez cayó en un valle donde todos son ciegos. Nadie le creyó cuando habló de la vista. Con el tiempo aprendió a vivir con ellos, y se enamoró de una joven que se llama Medina-saroté. Ella también lo quiere.

Pero los ancianos solo aceptan la boda con una condición. El médico tiene que quitarle los ojos. Para ellos, los ojos son su enfermedad. Quitarlos es curarlo.

Hoy se cierra la historia. Escucha bien una cosa: qué decide Núñez la mañana de la operación.

Antes de empezar, tres palabras.

Primera: el amanecer. El amanecer es el momento del día en que sale el sol y la luz vuelve al mundo.

Segunda: renunciar a algo. Renunciar a algo es dejarlo a propósito, aunque te importe mucho.

Y tercera: la cima. La cima es la parte más alta de la montaña, allí donde solo hay hielo y cielo.

Los ancianos hablaron con Núñez y le dieron a elegir.

Podía quedarse. Podía casarse con Medina-saroté. Podía ser, por fin, un hombre normal entre ellos. Solo tenía que dejar que el médico le quitara esas dos cosas raras de la cara.

Núñez pasó varios días sin dormir. Trabajaba, y pensaba. Por un lado estaba ella. Por otro lado estaba el mundo.

Fue a buscarla. Se sentaron juntos, como siempre. Y él intentó explicarle otra vez lo que era ver. Le habló de las flores amarillas, del hielo blanco de las cimas, del cielo enorme encima del valle.

Ella lo escuchó con mucho cariño. Y luego lloró.

— No lo entiendo —dijo ella—. Cuando hablas así, hablas como un enfermo. Yo no quiero que estés enfermo. Quiero que estés bien, y que te quedes conmigo.

Para Medina-saroté no era una crueldad. Era amor. En su mundo, los ojos eran una enfermedad, y la vista, un sueño extraño. Renunciar a eso le parecía un precio muy pequeño a cambio de toda una vida juntos.

— Hazlo por mí —le pidió.

Y Núñez, que la quería, dijo que sí.

Los ancianos se pusieron contentos. Eligieron un día para la operación.

Vamos a parar un momento. ¿Por qué le pide Medina-saroté una cosa así?

No es por maldad. Ella no puede imaginar la vista. Para ella, los ojos de Núñez son la razón de que él diga cosas raras y esté triste. Solo quiere curarlo y quedarse con él.

En este valle, todos están haciendo lo que les parece razonable. Ese es el problema.

La operación era esa mañana.

Núñez se levantó antes que nadie. Salió del pueblo en silencio, cuando todavía estaba oscuro. Quería mirar el mundo una última vez. Una hora, se dijo. Solo una hora, y luego volvería.

Y entonces llegó el amanecer.

La luz subió por detrás de las montañas, muy despacio. El hielo de las cimas se puso rosa, y después dorado, y después blanco. Encima de todo estaba el cielo, enorme, tan grande que daba miedo. Los colores llegaban uno detrás de otro. Nadie en aquel valle los había visto nunca. Nadie sabía siquiera que existían.

Núñez se quedó quieto, mirando.

Y entendió una cosa muy simple y muy dura. No podía. No podía renunciar a esto. Ni siquiera por ella.

No gritó. No discutió con nadie. No fue a buscar a los ancianos para pelear.

Solo empezó a subir.

Buscó un camino entre las rocas, y subió, y subió. Le dolían las manos. Abajo, el valle se hacía cada vez más pequeño: los muros, los caminos, la casa donde Medina-saroté lo esperaba.

Miró atrás una sola vez. Luego siguió subiendo, hacia la luz.

Cuando llegó la noche, estaba muy alto, entre piedras frías, lejos de todo. Le dolía el cuerpo. Estaba solo. Pero encima de él había estrellas.

Y él las veía.

Vamos a recordar el final, y un poco de toda la historia.

Núñez cayó en un valle donde nadie veía. Creía el viejo refrán: en el país de los ciegos, el tuerto es rey. Pero no fue rey. Fue el raro. Allí su vista no servía para nada, y los demás eran más rápidos y más seguros que él.

Aprendió a vivir con ellos. Encontró amor. Y entonces le pusieron un precio: los ojos.

La mañana de la operación miró el amanecer sobre las montañas, y supo que no podía renunciar a la luz. Así que subió, solo, y dejó el valle atrás.

Ganó el mundo. Y perdió a la persona que quería. Las dos cosas son verdad al mismo tiempo.

Antes de despedirnos, algo sobre el autor de esta historia.

Se llama H. G. Wells. Es un nombre, y se dice "eich yi uels". Fue un escritor inglés. Nació en 1866 y murió en 1946.

Wells es uno de los padres de la ciencia ficción. Escribió "La máquina del tiempo" y "La guerra de los mundos", dos libros famosos en todo el mundo.

"El país de los ciegos" es de 1904. Aquí no hay máquinas ni marcianos. Solo un hombre, un valle y una diferencia.

Y, sobre todo, gracias a ti.

Acabas de escuchar una historia entera en español. Cinco episodios. Una historia con una montaña, un amor imposible y una pregunta difícil. Y la has seguido en español, de principio a fin. Eso es un logro de verdad.

Si te ha gustado, tienes más historias como esta, en español claro y tranquilo, en stories.anicha.space. Cuentos para escuchar sin prisa.

Hasta la próxima.

Y, para terminar, dos preguntas para pensar.

La primera. En el valle, Núñez era el diferente. Veía algo que los demás no podían ver. Piensa en un grupo tuyo: tu familia, tu trabajo, tus amigos. ¿Has sido tú alguna vez el diferente? ¿Cómo te sentiste?

Y la segunda. Para quedarse con ella, Núñez tenía que renunciar a la luz. Casi todos dejamos algo nuestro, alguna vez, para encajar en un grupo. ¿Qué estarías dispuesto a dejar tú? ¿Y qué no dejarías nunca?

Gracias por escuchar. Hasta la próxima historia.