Cuentos Claros

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The Doll's House

Katherine Mansfield · retold in B1 Spanish

Season 32 of Cuentos para el oído · 3 episodes · about 7–8 minutes each

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1. La casa de muñecas

Les regalan a las hermanas Burnell una casa de muñecas preciosa: se abre por un lado, tiene habitaciones de verdad, alfombras, platos diminutos. Y dentro, lo mejor de todo: una lamparita blanca que parece que se puede encender.

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Empezamos una historia nueva. Se llama "La casa de muñecas". La escribió Katherine Mansfield. Es un nombre de mujer, y se dice "káterin mánsfild". Escribió esta historia hace más de cien años. Es una historia tranquila y muy bonita, contada desde los ojos de unas niñas.

Una casa de muñecas es una casa de juguete. Es pequeña, para jugar. Por dentro tiene habitaciones de verdad, con muebles pequeñitos.

En la historia hay tres hermanas. La mayor se llama Isabel. La segunda se llama Lottie. Y la pequeña se llama Kezia. Los tres son nombres de niña. "Kezia" se dice "kesia".

Hoy llega a su casa un regalo enorme. Escucha bien dos cosas: cómo es esa casa de juguete por dentro, y qué objeto le gusta más a Kezia.

Antes de empezar, tres palabras útiles.

Primera: el papel pintado. El papel pintado es el papel de colores que se pone en las paredes de una casa, para decorar. Papel pintado: paredes bonitas.

Segunda: una bisagra. Una bisagra es una pieza de metal que sirve para abrir y para cerrar. Las puertas tienen bisagras. Esta casa de juguete también tiene una.

Y tercera: una lámpara. Una lámpara es un objeto que da luz. Si es muy pequeña, decimos una lamparita. En esta historia hay una lamparita muy especial. Recuerda bien esa palabra: la lamparita.

Una mañana llega un carro al patio de la familia Burnell. "Burnell" es el apellido de la familia de Isabel, de Lottie y de Kezia. Dos hombres bajan algo muy grande y lo dejan en el suelo, con cuidado. Es un regalo. Es una casa de muñecas.

Es una casa de juguete grande, de color verde oscuro, con el tejado rojo y una puerta amarilla. Huele muchísimo a pintura. Huele tanto que la dejan unos días en el patio, al aire.

Y entonces llega el mejor momento. La casa se abre. Se abre por un lado entero, con una bisagra, como una puerta muy ancha. Y de repente puedes ver todo lo de dentro, a la vez.

Dentro hay habitaciones de verdad. Un salón, un comedor, una cocina y dos dormitorios. Las paredes tienen papel pintado, con florecitas rojas. En el suelo hay alfombras. Hay una mesa con sus sillas. Hay camas con sábanas pequeñitas. Y en la cocina hay platos: platos tan pequeños como la uña de tu dedo.

Las tres hermanas miran y no dicen nada. Nunca han visto una cosa así.

Vamos a parar un momento. ¿Por qué están tan contentas las niñas?

Porque este juguete no es un juguete normal. Es una casa entera, pero pequeñita. Y todo lo de dentro es de verdad: el papel de las paredes, las alfombras, las camas, los platos. Todo existe, todo se puede tocar. Solo que es diminuto. Diminuto quiere decir muy, muy pequeño.

Pero dentro de la casa hay una cosa mejor que todas las demás.

En el comedor, encima de la mesa, hay una lámpara. Una lamparita muy pequeña, de cristal blanco. Tiene su pantalla redonda y, dentro, tiene aceite. El aceite es un líquido; antes se ponía dentro de las lámparas para hacer luz.

La lamparita está llena, hasta la mitad. Y no se puede mover, claro. Pero parece de verdad. Parece que, si tuvieras una cerilla muy pequeña, podrías encenderla, y daría luz a toda la casa.

A Isabel le gustan más las camas. A Lottie le gustan más los platos. Pero Kezia, la pequeña, solo mira la lamparita.

—Lo mejor de todo es la lámpara —dice Kezia.

Sus hermanas no la escuchan. Están hablando de otras cosas. Pero Kezia se queda callada, mirando el cristal blanco. Para ella, esa lamparita es la casa entera.

En la casa de muñecas todo es bonito, pero todo está quieto. Las camas, los platos, las sillas: son cosas de juguete. La lamparita, no. La lamparita parece viva. Parece que espera a alguien, en la mesa, con su aceite dentro. Y Kezia lo siente así.

Por la tarde, la madre les dice una cosa buena. Pueden traer a sus compañeras del colegio para ver la casa de muñecas. Pero no todas juntas: de dos en dos. Dos niñas cada vez, un ratito, y después otras dos.

Isabel, Lottie y Kezia casi no pueden dormir. Mañana van al colegio con una noticia enorme.

Vamos a recordar, con palabras simples.

Llega un regalo a casa de las hermanas Burnell: una casa de muñecas. Una casa de juguete, grande y bonita.

La casa se abre por un lado, con una bisagra. Dentro hay habitaciones de verdad: papel pintado en las paredes, alfombras, camas, una mesa y platos pequeñitos.

Y encima de la mesa del comedor hay una lamparita de cristal blanco, con aceite dentro. Parece de verdad.

A Kezia, la hermana pequeña, le gusta esa lamparita más que nada en el mundo.

La madre les dice que pueden invitar a las niñas del colegio. De dos en dos.

Has escuchado el primer episodio de "La casa de muñecas". Muy bien. Mañana, en el colegio, todas las niñas quieren ver la casa. Pero ¿pueden ir todas? ¿Hay alguna niña que no puede entrar? En el próximo episodio lo vemos. Hasta la próxima.

Y una pregunta para pensar. Kezia mira una casa entera, pero solo ve la lamparita. ¿Y tú? De pequeño, ¿había un objeto que te gustaba más que ningún otro? ¿Por qué ese, y no otro?

2. Las que no pueden mirar

En el colegio, todas las niñas van a verla, de dos en dos. Todas menos dos: las hermanas Kelvey, las hijas de la lavandera, tan pobres que nadie tiene permiso ni para hablarles.

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Bienvenido al segundo episodio de "La casa de muñecas". Vamos a recordar lo importante.

En el episodio anterior, tres hermanas recibieron un regalo enorme. Se llaman Isabel, Lottie y Kezia. Son tres nombres de mujer. Kezia es la más pequeña de las tres.

El regalo era una casa de muñecas. Una casa de juguete que se abre por delante, con habitaciones de verdad, papel en las paredes, alfombras y muebles diminutos.

Y dentro había algo especial: una lamparita de cristal blanco, con aceite. Parecía que se podía encender de verdad. A Kezia le gustaba más que todo lo demás.

Las niñas pueden llevar compañeras del colegio a ver la casa. De dos en dos.

Hoy escucha bien una cosa: quién puede mirar la casa, y quién no.

Antes de seguir, tres palabras útiles.

Primera: el patio del colegio. Es el espacio abierto donde los niños juegan cuando no hay clase. Allí corren, hablan, y a veces se pelean.

Segunda: una lavandera. Una lavandera es una mujer que lava la ropa de otras familias por dinero. Es un trabajo muy duro, y se pagaba muy poco.

Tercera: despreciar. Despreciar es mirar a alguien por encima del hombro. Es tratar a una persona como si valiera menos que tú. En este episodio, muchas niñas desprecian a otras dos. Escucha cómo lo hacen.

Al día siguiente, en el colegio, Isabel llega la primera. Camina deprisa, delante de sus hermanas. Tiene una noticia y quiere contarla.

En el patio, las niñas se ponen alrededor de ella. Isabel habla despacio, para que la escuchen bien.

— Nosotras tenemos una casa de muñecas — dice —. Se abre por delante. Dentro hay habitaciones de verdad. Hay platos pequeñísimos, del tamaño de una uña. Y hay una lámpara de cristal blanco, con aceite dentro.

Las niñas escuchan con la boca abierta. Ninguna ha visto nunca una cosa así.

Entonces Isabel dice lo más importante:

— Mamá dice que podéis venir a verla. Pero solo de dos en dos. Y yo elijo quién viene.

A Isabel le gusta mucho ese momento. Elegir. Decir sí a una niña y no a otra. Es un poder pequeño, pero es un poder, y ella lo disfruta.

Aquel día elige a dos. Al día siguiente, a otras dos.

Y cada mañana, en el patio, Isabel cuenta otra vez la historia de la casa. La cuenta una vez, y otra, y otra. Siempre igual, siempre con la lamparita al final.

Paramos un momento. ¿Por qué escuchan todas a Isabel?

Porque Isabel tiene algo que las demás quieren ver. Y, sobre todo, porque Isabel decide. Ella elige quién entra a mirar y quién espera. Las niñas la escuchan porque quieren que las elija a ellas.

Ahora, una pregunta: ¿crees que Isabel va a elegir a todas?

Pasan las semanas. Poco a poco, casi todas las niñas del colegio ven la casa de muñecas. Vienen de dos en dos, miran, tocan con un dedo, y se van contentas.

Casi todas. Dos, no.

Las dos son hermanas. La mayor se llama Lil. Es un nombre de mujer, y se dice "lil". La pequeña es diminuta y casi nunca habla, y todos la llaman "nuestra Else". Else también es un nombre de mujer, y se dice "els". Su apellido es Kelvey.

Lil y Else son hijas de la lavandera del pueblo. Su madre lava la ropa de las otras familias. En su casa no hay dinero. La ropa de las niñas está hecha de trozos que otra gente ya no quería: un vestido cortado de un mantel viejo, unas medias de otro color, un sombrero de mujer sobre la cabeza de una niña.

Las madres del pueblo han dado una orden a sus hijas: no habléis con las Kelvey. Y las hijas obedecen.

En el patio, algunas niñas se ríen de ellas. Les dicen cosas para hacerles daño. Les preguntan, con voz dulce y mala, qué van a ser de mayores.

Lil no contesta. Se pone roja y sonríe un poco, como si no pasara nada. Pero sí pasa. Y ella lo sabe.

Las dos hermanas se quedan siempre en un rincón del patio, lejos de las demás. Juntas. Else nunca suelta la falda de su hermana. La agarra con la mano cerrada, y no la suelta nunca.

Todas las niñas del colegio van a ver la casa de muñecas.

Todas menos dos.

Vamos a recordar, con palabras simples.

En el colegio, Isabel cuenta la historia de la casa de muñecas. La cuenta muchas veces. Y ella elige quién puede ir a verla, de dos en dos.

Pasan las semanas. Casi todas las niñas van. Miran las habitaciones pequeñas, los platos diminutos y la lamparita blanca.

Pero hay dos hermanas que no van nunca: Lil y Else, las hijas de la lavandera. Son muy pobres. Las otras madres no dejan hablar con ellas. Algunas niñas se ríen de ellas en el patio.

Lil calla. Else se agarra a la falda de su hermana.

Y las dos se quedan fuera.

Has escuchado el segundo episodio de "La casa de muñecas", entero en español. No es poco.

En el próximo episodio, el último, todo cambia en un momento muy pequeño. Kezia está sola junto a la puerta. Y las dos hermanas pasan por delante. ¿Qué crees que va a hacer Kezia? Hasta la próxima.

Y una pregunta para pensar. Piensa en tu colegio, cuando eras pequeño. ¿Había alguien que se quedaba siempre fuera del grupo? ¿Te acuerdas todavía de su cara?

3. «Vi la lamparita» · finale

Una tarde, Kezia está sola junto a la verja cuando pasan las Kelvey. No hay nadie mirando. Y Kezia les hace una pregunta. Un cuento pequeño y enorme a la vez. Más un cierre sobre Katherine Mansfield.

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Bienvenido al tercer y último episodio de «La casa de muñecas».

Recordamos la historia. Las hermanas Burnell reciben una casa de muñecas preciosa. Dentro hay habitaciones pequeñas, camas, sillas y platos diminutos. Y hay una lamparita de cristal blanco. A Kezia, la hermana pequeña, la lamparita le gusta más que todo lo demás.

Todas las niñas del colegio van a verla. Todas menos dos: Lil Kelvey y su hermana pequeña, Else. Son muy pobres, y nadie les habla.

Hoy se cierra la historia. Escucha bien una cosa: qué dice Else, la niña que casi nunca habla, al final de este episodio.

Antes de empezar, tres palabras.

Primera: la verja. La verja es la puerta de metal de un jardín. Hoy Kezia está sola, al lado de la verja de su casa.

Segunda: avergonzar. Avergonzar a alguien es hacer que esa persona se sienta pequeña y mal delante de los demás.

Y tercera: sonreír. Sonreír es poner cara de alegría, con la boca. Else casi nunca sonríe. Casi nunca.

Es una tarde tranquila. Kezia está sola en el jardín, sentada al lado de la verja. Sus hermanas han salido. No hay nadie mirando.

Entonces ve a dos niñas en el camino. Son Lil Kelvey y la pequeña Else. Caminan juntas, como siempre. Else va detrás, agarrada a la falda de su hermana.

Kezia no lo piensa mucho. Le sale de dentro, de golpe. Se levanta, abre un poco la verja y les habla.

— ¿Queréis entrar a ver la casa de muñecas?

Lil se pone roja. Casi no puede respirar.

— Tu madre le dijo a la nuestra que vosotras no habláis con nosotras —contesta en voz baja.

— No importa —dice Kezia—. Podéis mirarla. Nadie nos ve.

Lil mueve la cabeza. No, no. Y entonces pasa algo. Else, que nunca habla y nunca pide nada, tira de la falda de su hermana. Solo un poco. Lil la mira. Y dice que sí.

Vamos a parar un momento. ¿Qué acaba de pasar?

Kezia ha hecho algo prohibido. Ha invitado a las dos niñas pobres a entrar en su jardín. Lil ha dicho que no, por miedo. Pero Else, la hermana pequeña, ha tirado de su falda. Sin palabras, ha dicho: «yo quiero verla».

Y ahora las dos entran. Vamos a ver qué pasa.

Las tres cruzan el jardín en silencio. Kezia abre la casa de muñecas con las dos manos.

— Mirad. Este es el salón. Este es el comedor. Y esta es la cocina.

Lil respira fuerte, como después de correr. Else no dice nada. Mueve los ojos muy despacio por las habitaciones pequeñas.

— Y aquí está la lamparita —dice Kezia, en voz baja—. Es de cristal blanco. Está llena de aceite. Parece de verdad.

Else se queda mirando la lamparita.

Y entonces se oye una voz en la puerta.

— ¡Kezia!

Es la tía Beryl. Está furiosa.

— ¿Qué hacen estas niñas en mi jardín? Fuera. Fuera de aquí ahora mismo. Y no volváis nunca más.

Las echa al camino como se echa a dos gallinas. Su voz es dura y fría. Las avergüenza delante de todo. Lil y Else salen corriendo, con la cabeza baja. La tía Beryl cierra la verja de golpe.

Después vuelve a casa y se siente mejor. Más ligera. Estaba de mal humor por otras cosas, cosas suyas, y ha soltado todo ese mal humor sobre dos niñas pequeñas. Ahora canta, tranquila.

Lil y Else caminan un rato. Cuando ya están lejos, se sientan a descansar al lado del camino, sobre unas piedras rojas y calientes.

Están calladas. Lil todavía tiembla un poco.

Y entonces Else se acerca a su hermana. Se pega a ella. Y sonríe. Sonríe con esa sonrisa suya, tan rara, que casi nunca aparece.

— Vi la lamparita —dice.

Vamos a recordar el final.

Kezia estaba sola al lado de la verja. Vio pasar a las dos hermanas pobres y las invitó a entrar. Lil dijo que no, porque su madre se lo había prohibido. Pero Else tiró de su falda. Y entraron.

Kezia abrió la casa de muñecas y les enseñó las habitaciones. Duró muy poco. Llegó la tía Beryl, las echó al camino y las avergonzó con su voz dura. Luego se sintió más ligera, porque estaba de mal humor y lo soltó sobre ellas.

Las dos hermanas se sentaron a descansar. Y Else, la pequeña, sonrió y dijo: «Vi la lamparita».

Una cosa interesante sobre la autora de esta historia.

Se llama Katherine Mansfield. Es un nombre de mujer. Nació en 1888 en Nueva Zelanda, un país muy lejos de Europa, y escribió casi toda su obra en Inglaterra y en Francia.

Mansfield es una de las grandes maestras del cuento moderno. Escribía historias cortas, sin grandes aventuras, sobre momentos pequeños de la vida.

Murió muy joven, en 1923, con solo treinta y cuatro años.

Y, sobre todo, gracias a ti.

Acabas de escuchar una historia entera en español, de principio a fin. Una historia de niñas, de una casa de muñecas y de una lamparita muy pequeña. Y la has seguido toda en español. Eso es un logro de verdad.

Si quieres escuchar más historias como esta, en español claro y tranquilo, puedes ir a la página stories.anicha.space. Pronto llega otra historia.

Hasta la próxima.

Y una última cosa: dos preguntas para pensar.

La primera. En esta historia hay dos niñas que nunca entran. Nadie les habla. Piensa en tu clase, en tu trabajo, en tu calle. ¿Quién se queda siempre fuera? ¿Y quién decide eso?

Y la segunda. Kezia solo abrió una puerta, unos minutos. Fue algo muy pequeño. Pero para Else fue enorme. ¿Recuerdas algo pequeño que alguien hizo por ti, y que para ti fue mucho más grande de lo que parecía?

Gracias por escuchar.