Cuentos Claros

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The Snow Queen

Hans Christian Andersen · retold in B1 Spanish

Season 33 of Cuentos para el oído · 5 episodes · about 7–8 minutes each

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1. El espejo y el trozo de cristal

Un espejo malvado, en el que todo lo bueno parecía feo, se rompe en millones de trocitos que vuelan por el mundo. Si uno te entra en el ojo, solo ves lo malo; si te llega al corazón, se te vuelve de hielo. Y a Kay le entran dos.

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Empezamos una historia nueva. Se llama "La reina de las nieves". La escribió Hans Christian Andersen. Es un nombre, y se dice "hans cristian ándersen". Andersen fue un escritor de Dinamarca, de hace muchos años. Escribió cuentos famosos en todo el mundo, como "La sirenita" y "El patito feo".

Este es un cuento de hadas: una historia con magia, con nieve y con un viaje muy largo.

En la historia hay dos niños. Una niña que se llama Gerda. Gerda es un nombre de mujer. Y su mejor amigo, un niño que se llama Kay. Kay también es un nombre, y se dice "kai".

Pero hoy no empezamos con los niños. Empezamos con un espejo. Un espejo muy malo. Escucha bien dos cosas: qué hace ese espejo, y qué le pasa a Kay al final del episodio.

Antes de empezar, tres palabras importantes.

Primera: un espejo. Un espejo es ese cristal donde te miras por la mañana y ves tu cara.

Segunda: un trozo de cristal. Cuando un espejo se cae, se rompe en muchos trozos. Un trozo de cristal es una parte pequeña y afilada de un espejo roto. Afilada quiere decir que corta, como un cuchillo.

Tercera: un rosal. Un rosal es la planta donde crecen las rosas. Las rosas son flores bonitas y huelen muy bien. En esta historia hay dos rosales, y son muy importantes.

Hace muchos, muchos años, alguien muy malo hizo un espejo. No era un espejo normal.

Este espejo tenía una magia terrible. Todo lo bueno y todo lo bonito, dentro del espejo, se veía feo y pequeño. Una flor preciosa parecía una hierba seca. Una cara buena parecía una cara horrible. Y al revés: todo lo malo se veía más grande. Un defecto pequeño, en el espejo, se hacía enorme.

Al hombre malo esto le pareció divertido. Llevó el espejo por todas partes y se rió de todo.

Pero un día el espejo se le cayó de las manos. Y se rompió contra el suelo. Se rompió en millones de trozos pequeñísimos.

Y aquí empieza el problema. Algunos trozos eran tan pequeños como un grano de arena. El viento los cogió y los llevó por todo el mundo, a todas las ciudades y a todos los pueblos.

La magia mala seguía dentro de cada trozo.

Vamos a parar un momento, porque esta es la regla más importante. Toda la historia depende de ella.

Los trozos del espejo vuelan por el aire. Y pueden entrar en una persona. De dos maneras.

Si un trozo entra en el ojo de alguien, esa persona ya no ve lo bueno. Mira el mundo y solo ve lo feo, lo malo, lo triste. Todo le parece horrible.

Y si un trozo llega al corazón, pasa algo peor. El corazón se enfría poco a poco, hasta hacerse de hielo. El hielo es agua congelada: agua dura y muy fría. Un corazón de hielo ya no siente amor.

Recuerda esas dos cosas: un trozo en el ojo, un trozo en el corazón.

Ahora vamos a una ciudad grande. Allí, muy arriba, viven dos niños.

Gerda vive en una habitación pequeña, debajo del tejado. Kay vive enfrente, en otra habitación igual, en la casa de al lado. Sus ventanas están una delante de la otra, muy cerca. Tan cerca que pueden hablar sin salir de casa.

Entre las dos ventanas hay dos rosales. En verano, las rosas crecen y llenan el aire de olor. Gerda y Kay se sientan allí, entre las flores, con la abuela de Kay, y escuchan cuentos. Son los mejores amigos del mundo. Se quieren muchísimo.

Un día de verano están juntos, mirando las rosas. Y, de repente, Kay grita:

— ¡Ay! Algo me ha entrado en el ojo.

Gerda le mira el ojo. No ve nada. Kay dice que ya está bien.

Pero no está bien. Un trozo del espejo ha entrado en su ojo. Y otro trozo ha llegado hasta su corazón.

Kay cambia en ese mismo momento.

Mira las rosas y dice:

— ¡Qué feas son! Están sucias y están rotas.

Coge una rosa y la tira al suelo.

Después se ríe de Gerda y le dice cosas duras. Y cuando la abuela empieza un cuento, Kay la imita y se ríe de ella.

Gerda no se ríe. Gerda llora.

Su amigo sigue allí. Tiene la misma cara y la misma voz. Pero ya no es el mismo niño.

Vamos a recordar, con palabras simples.

Un hombre malo hizo un espejo mágico. En ese espejo, lo bueno se veía feo, y lo malo se veía más grande.

El espejo se cayó y se rompió en millones de trozos. El viento los llevó por todo el mundo.

Si un trozo entra en un ojo, la persona solo ve lo feo. Si un trozo llega al corazón, el corazón se hace de hielo.

Gerda y Kay son dos niños. Viven enfrente, con dos rosales entre las ventanas. Son los mejores amigos.

Hoy, dos trozos han entrado en Kay: uno en el ojo y otro en el corazón. Y ahora Kay es cruel. Se ríe de las rosas y de su abuela, y hace llorar a Gerda.

Has escuchado el primer episodio de "La reina de las nieves". Muy bien. Ahora Kay tiene el corazón frío. Y llega el invierno. ¿Qué va a hacer Kay en la nieve? ¿Y quién es esa mujer alta, toda de blanco, que aparece en la plaza? En el próximo episodio lo vemos. Hasta la próxima.

Y una pregunta para pensar. A veces una persona que quieres cambia, y se vuelve fría contigo. La cara es la misma, pero algo dentro es distinto. ¿Te ha pasado alguna vez? ¿Qué sentiste tú?

2. La Reina de las Nieves

Kay, cambiado y cruel, ata su trineo a un gran trineo blanco en la plaza. La mujer que lo conduce lo besa dos veces: una para que no sienta el frío, otra para que olvide a Gerda. En el pueblo dicen que Kay ha muerto. Gerda no lo cree.

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Bienvenido al segundo episodio de "La reina de las nieves".

Vamos a recordar lo importante. Había un espejo malo que hacía feo todo lo bonito. Se rompió en millones de trocitos de cristal, y esos trocitos volaron por el mundo. Si un trocito entra en un ojo, la persona solo ve lo malo. Si entra en el corazón, el corazón se vuelve de hielo.

Y a Kay le pasaron las dos cosas. Un trocito en el ojo. Otro en el corazón. Desde ese día, Kay ya no es el mismo niño.

Hoy llega el invierno. Y Kay se va muy lejos.

Escucha bien dos cosas: quién se lleva a Kay, y qué decide hacer Gerda.

Antes de seguir, tres palabras útiles.

Primera: un trineo. Un trineo es un vehículo para la nieve. No tiene ruedas: resbala por encima de la nieve. Los niños tienen trineos pequeños. Los grandes van con caballos.

Segunda: la piel. Aquí, en esta historia, "una piel" es un abrigo de piel de animal, muy grande y muy caliente.

Y tercera: besar. Besar es tocar a alguien con los labios. Normalmente un beso es algo cálido. Hoy no.

Llegó el invierno. Todo estaba blanco.

Gerda buscaba a Kay. Pero Kay ya no quería jugar con ella.

—Vete —le decía—. Eres pequeña. Eres tonta.

Un día Gerda le enseñó una rosa. Antes las rosas eran de los dos. Kay la miró y se rió.

—Está torcida —dijo—. Y tiene un bicho dentro.

Y tiró la flor al suelo. Gerda se quedó allí, con las manos vacías, sin entender.

Kay cogió su trineo pequeño y se fue a la plaza del pueblo, con los chicos mayores. En la plaza había un juego. Cuando pasaba un trineo grande, los chicos ataban su trineo pequeño detrás, y así el trineo grande los llevaba por todo el pueblo, rápido y sin esfuerzo. Era peligroso. Por eso les gustaba.

Aquella tarde llegó a la plaza un trineo distinto. Un trineo grande y blanco. Todo blanco: los caballos, la madera, la persona que lo conducía. Dio una vuelta a la plaza. Y luego otra.

Kay lo miró. Y ató su trineo detrás.

El trineo blanco salió de la plaza. Corría cada vez más. Kay quiso soltar la cuerda, pero no pudo. Salieron del pueblo, a los campos de nieve, y siguieron.

Vamos a parar un momento. ¿Qué acaba de hacer Kay?

Ha atado su trineo pequeño detrás de un trineo grande y blanco. Es el juego de los chicos del pueblo.

Pero este trineo no para. Sale del pueblo y corre por la nieve. Y Kay ya no puede soltar la cuerda.

Ahora vamos a ver quién conduce ese trineo.

Por fin el trineo blanco se paró. Y la persona que lo conducía se levantó.

Era una mujer muy alta, vestida de blanco de la cabeza a los pies. Parecía hecha de hielo. Era hermosa, pero era hielo. Se llama la Reina de las Nieves. Es un nombre: la señora del invierno y del frío.

—¿Tienes frío? —le preguntó a Kay.

Kay temblaba. No podía hablar.

Entonces ella lo tapó con su piel blanca, con su gran abrigo caliente. Y le dio un beso en la frente. Fue un beso frío, más frío que la nieve. Después, Kay ya no sintió el frío. Nunca más.

—Un beso más —dijo ella—, o te vas a morir.

Y le dio el segundo beso. Con ese beso, Kay olvidó. Olvidó a Gerda, a su abuela, las rosas, su casa. Miró a la Reina de las Nieves y pensó que no había nadie más bonito.

El trineo blanco se fue hacia el norte, al país del hielo.

En el pueblo, la gente decía:

—El pobre Kay. Se cayó al río.

Pero Gerda no lo creía.

Llegó la primavera. Gerda se puso sus zapatos rojos nuevos y fue sola hasta el río, hasta la orilla. La orilla es el borde del río, donde termina el agua y empieza la tierra.

—Río —dijo—, ¿tú te has llevado a Kay?

El río no contestó.

Había una barca vieja allí. Gerda subió, para hablar con el río desde el agua. Y entonces la barca se movió: se separó despacio de la orilla, y el agua empezó a llevarla.

Gerda quiso volver. Ya no podía. Y así, con sus zapatos rojos, se fue río abajo.

Vamos a recordar, con palabras simples.

Es invierno. Kay ya no quiere a Gerda: tira su rosa al suelo y se va a la plaza con los chicos mayores.

Llega un trineo grande y blanco, y Kay ata su trineo detrás. El trineo no para: sale del pueblo y corre por la nieve.

La mujer que lo conduce es la Reina de las Nieves. Le da dos besos: con el primero, Kay ya no siente el frío; con el segundo, olvida a Gerda y su casa. Y se lo lleva al norte.

En el pueblo dicen que Kay se cayó al río. Gerda no lo cree. En primavera va a la orilla, sube a una barca, y el agua se la lleva.

Has escuchado el segundo episodio de "La reina de las nieves". Muy bien: otro episodio en español.

Gerda va sola en una barca, por un río que no conoce. ¿Dónde la va a dejar el agua? En el próximo episodio, Gerda llega a un jardín lleno de flores, y a una casa donde una mujer muy amable quiere quedarse con ella para siempre.

Hasta la próxima.

Y una pregunta para pensar.

Todo el pueblo dice que Kay está muerto. Gerda es la única que no lo cree. Y por eso se pone en camino.

¿Y tú? ¿Has creído alguna vez algo que nadie más creía?

3. El jardín y el cuervo

El río la lleva hasta una casita con un jardín mágico, donde una anciana quiere quedársela para siempre. Después, un cuervo le habla de un príncipe listo que quizá sea Kay. Pero no lo es.

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Bienvenido al tercer episodio de "La reina de las nieves". Vamos a recordar la historia.

Dos niños eran muy amigos. Ella se llama Gerda. Él se llama Kay. Pero un trozo de cristal mágico entró en el ojo de Kay, y otro entró en su corazón. Y Kay cambió: se volvió frío. Un día, una mujer alta y blanca, la Reina de las Nieves, se lo llevó hacia el norte.

En el pueblo dijeron que Kay estaba muerto. Gerda no lo creyó. En primavera se subió a una barca, y el río se la llevó.

Hoy Gerda hace dos paradas en su viaje. Escucha bien: quién la ayuda, y quién la quiere guardar para siempre.

Antes de seguir, tres palabras para este episodio.

Primera: un peine. Un peine es lo que usamos para peinar el pelo. En esta historia hay un peine mágico, y hace una cosa muy rara.

Segunda: un cuervo. Un cuervo es un pájaro grande y negro. Es muy listo, y en los cuentos habla. Hoy un cuervo va a ayudar a Gerda.

Y tercera: una carroza. Una carroza es un coche de caballos, grande y elegante. En los cuentos, las princesas viajan en carroza. Recuerda esta palabra: el episodio termina con una carroza de oro.

Primera parada: el jardín.

El río lleva la barca despacio, despacio. Por fin la barca llega a una casita con ventanas de colores. Delante hay un jardín precioso, lleno de flores.

Sale una mujer muy vieja, con un sombrero grande de flores pintadas. Con un palo largo acerca la barca a la orilla.

—Pobre niña —dice—. Entra en mi casa.

Gerda le habla de Kay y le pregunta si lo ha visto.

—Todavía no ha pasado por aquí —dice la mujer—. Mira mis flores.

La mujer sabe un poco de magia. Y está muy sola. Quiere quedarse con Gerda para siempre.

Sienta a la niña en una silla y la peina. Con cada movimiento del peine, Gerda olvida un poco más. Olvida el pueblo. Olvida el invierno. Olvida a Kay.

Después la mujer toca todas las rosas del jardín con su palo, y las rosas bajan bajo la tierra negra. Así nada le va a recordar a su amigo.

Y Gerda vive allí muchos días, feliz entre las flores.

Pero la mujer olvida una cosa. En su sombrero hay una rosa pintada.

Una mañana, Gerda la ve. Y todo vuelve de golpe: las rosas de su ventana, y Kay, su amigo perdido.

Gerda llora, y donde caen sus lágrimas sale un rosal con rosas rojas.

—¡He perdido mucho tiempo! —dice. Y sale corriendo.

Vamos a parar un momento.

¿Por qué se queda Gerda tanto tiempo en ese jardín? Porque la mujer la peina con un peine mágico, y Gerda olvida a Kay. Y porque la mujer esconde todas las rosas bajo la tierra.

¿Y qué la despierta? Una sola rosa, pintada en un sombrero.

Ahora vuelve al camino. Pero fuera del jardín ya no es primavera.

Segunda parada: el palacio.

Fuera del jardín es otoño. Las hojas están amarillas. Hace frío, y Gerda va con los pies descalzos. Camina y camina, cansada.

Un día se sienta a descansar, y llega un cuervo, ese pájaro grande y negro.

—Buenos días —dice el cuervo, muy despacio.

Gerda le cuenta su historia. El cuervo la escucha y dice:

—Puede ser. Aquí cerca hay un palacio. La princesa quería casarse, pero solo con alguien que supiera hablar bien. Vinieron muchos jóvenes, y todos se pusieron nerviosos. Hasta que llegó un chico a pie, con la ropa vieja y los ojos brillantes. No tenía miedo, y habló muy bien. Y la princesa lo eligió.

—¡Es Kay! —dice Gerda—. ¡Llévame al palacio, por favor!

Esa noche el cuervo la mete por una puerta pequeña de atrás. Suben una escalera oscura, en silencio.

Al final hay una habitación con dos camas. En una duerme la princesa. En la otra duerme el príncipe.

Gerda levanta la luz, con la mano temblando, y le mira la cara.

Y no es Kay. Este chico tiene el pelo negro.

Gerda llora en voz alta, y los dos se despiertan. Pero no se enfadan: escuchan toda la historia.

—Quédate con nosotros —le dicen.

—Gracias. Pero tengo que encontrarlo.

Entonces le dan ropa de abrigo, botas y un manguito: una funda de piel para las manos, para no pasar frío.

Y al amanecer, Gerda sale del palacio en una carroza de oro, sola, hacia el norte.

Vamos a recordar, con palabras simples.

Primera parada: el jardín. Una mujer vieja y sola recoge a Gerda del río. La peina con un peine mágico, y Gerda olvida a Kay. La mujer esconde todas las rosas. Pero un día Gerda ve una rosa pintada en un sombrero, lo recuerda todo y se va.

Segunda parada: el palacio. Es otoño. Un cuervo le habla de un chico listo y pobre que se ha casado con la princesa. Gerda entra de noche, mira la cara del príncipe dormido, y no es Kay.

Los dos son buenos con ella. Le dan ropa caliente, botas y una carroza de oro.

Has escuchado el tercer episodio de "La reina de las nieves". Muy bien. Gerda sigue adelante, con botas y una carroza de oro.

Pero una carroza de oro brilla mucho. Y el camino pasa por un bosque oscuro. ¿Quién vive en ese bosque? ¿Y quién va a decidir si Gerda sigue viva? En el próximo episodio lo vemos. Hasta la próxima.

Y, para terminar, una pregunta para pensar. En el jardín, Gerda era feliz. Pero era feliz porque había olvidado a alguien importante. ¿Y tú? ¿Prefieres una vida tranquila, sin recordar lo que te duele? ¿O prefieres recordarlo todo, aunque duela?

4. Los bandidos y el reno

Unos bandidos asaltan su carroza. La hija de los bandidos, salvaje y solitaria, decide quedarse con Gerda. Esa noche, unas palomas le cuentan que vieron a Kay en el trineo de la Reina de las Nieves, camino del norte.

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Bienvenido al cuarto episodio de "La reina de las nieves".

Vamos a recordar dónde estamos. Gerda busca a su amigo Kay. La Reina de las Nieves se lo llevó al norte, en su trineo blanco. Gerda ya ha andado mucho: un jardín de flores, un cuervo, un palacio. El príncipe y la princesa fueron buenos con ella: le dieron ropa de invierno, botas y un carruaje de oro. Un carruaje es un coche antiguo con caballos.

Ahora Gerda va por un bosque oscuro, dentro de ese carruaje que brilla.

Escucha bien dos cosas: quién para el carruaje, y quién decide salvar a Gerda.

Antes de seguir, tres palabras útiles.

Primera: los bandidos. Los bandidos son personas que roban en los caminos. Esperan escondidos, paran a los viajeros y les quitan todo. En esta historia viven en un castillo viejo, en medio del bosque.

Segunda: un reno. Un reno es un animal grande del norte, con cuernos grandes en la cabeza. En los países fríos, los renos tiran de los trineos.

Y tercera: una paloma. Una paloma es un pájaro tranquilo, gris o blanco, de los que ves en las plazas. En este cuento hay dos palomas del bosque. Y las dos hablan.

El carruaje de oro brilla entre los árboles. Brilla demasiado. Y en el bosque hay ojos que miran.

De repente, los bandidos salen de todas partes. Paran los caballos y abren la puerta. Se lo llevan todo. Gerda se queda sola, en medio de todos ellos.

Una mujer vieja se acerca. Es la jefa de los bandidos, grande y con unos ojos duros. Mira a Gerda como se mira la comida. Y saca un cuchillo largo.

Pero entonces alguien la muerde en la oreja. Es una niña salvaje y sucia, de la edad de Gerda, con el pelo negro y un cuchillo en el cinturón. Es la hija de la mujer vieja: la niña de los bandidos. Acaba de morder a su propia madre.

— ¡Es mía! — grita —. Yo quiero jugar con ella. Va a dormir conmigo.

Y nadie discute con ella. Nadie.

La niña coge a Gerda de la mano y se la lleva a su rincón del castillo. Allí tiene sus tesoros: sus animales. En una jaula hay dos palomas del bosque. Y contra la pared, atado con una cuerda, hay un reno grande y triste.

— Todo esto es mío — dice la niña —. Y tú también.

Vamos a parar un momento. ¿Por qué está viva Gerda?

Porque la niña de los bandidos la quiere para ella. No la salva por bondad, exactamente: la salva porque la quiere como un tesoro, igual que sus palomas y su reno. Esta niña está muy sola. Nunca ha tenido una amiga. Y ahora tiene una.

Esa noche las dos niñas se acuestan juntas. La niña duerme con el cuchillo en la mano. Pero antes quiere hablar.

— Cuéntamelo todo — dice.

Y Gerda se lo cuenta todo: Kay, el trocito de cristal, el trineo blanco, el río, el jardín.

Entonces, desde la jaula, hablan las palomas.

— Nosotras lo vimos — dicen —. Kay iba sentado en el trineo de la Reina de las Nieves, hacia el norte.

Gerda se levanta de golpe. Y entonces habla el reno, despacio, como quien recuerda su casa.

— Yo conozco ese país. Se llama Laponia. Laponia es el nombre de una tierra del norte, muy fría y llena de nieve. Yo nací allí.

La niña de los bandidos se queda callada mucho rato, en la oscuridad.

Por la mañana se levanta la primera. Coge su cuchillo, se acerca al reno y corta la cuerda. Después le devuelve a Gerda sus botas y sus manoplas. Las manoplas son guantes calientes, sin dedos separados.

— No quiero que te mueras de frío — dice.

Levanta a Gerda y la sienta encima del reno.

— Vete. Encuentra a tu Kay.

El reno corre hacia el norte, días y días. Los ayudan dos mujeres sabias: una mujer lapona y una mujer finesa. El reno le pide a la finesa una bebida mágica: la fuerza de doce hombres. Y ella contesta algo importante:

— No le puedo dar una fuerza mayor de la que ya tiene. ¿No ves lo lejos que ha llegado? Su fuerza está en su corazón.

El reno corre otra vez, hasta el borde del país de la Reina de las Nieves. Allí deja a Gerda en el suelo.

— Hasta aquí puedo llegar — dice. Y se va.

Gerda se queda sola en la nieve. Solo el viento, el blanco y el frío. Respira hondo, y empieza a andar.

Vamos a recordar, con palabras simples.

Los bandidos paran el carruaje y se lo quitan todo. La vieja quiere matar a Gerda. Pero la niña de los bandidos la salva y se la queda para ella.

Esa noche, Gerda cuenta su historia. Las palomas vieron a Kay en el trineo de la Reina de las Nieves, hacia el norte. Y el reno conoce el camino: Laponia.

Por la mañana, la niña corta la cuerda del reno y manda a Gerda al norte.

Y ahora Gerda está sola, en la nieve, delante del país de la Reina de las Nieves.

Has escuchado el cuarto episodio de "La reina de las nieves". Ya falta poco. En el próximo episodio, el último, Gerda llega al palacio de hielo. ¿Qué está haciendo Kay allí, solo, en medio de tanto hielo? ¿Y la va a reconocer? Hasta la próxima.

Y una pregunta para pensar. La niña de los bandidos era dura, sucia y salvaje. Pero regaló lo que más quería. ¿Y tú? ¿Has recibido alguna vez ayuda de alguien que no parecía nada amable?

5. El palacio de hielo · finale

Gerda llega sola al palacio de hielo y encuentra a Kay, azul de frío, colocando trozos de hielo que nunca forman la palabra que busca. Y él no la reconoce. Más un cierre sobre Hans Christian Andersen.

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Bienvenido al quinto y último episodio de "La reina de las nieves".

Vamos a recordar el camino de Gerda. Kay se fue en el trineo blanco de la Reina de las Nieves. Gerda salió a buscarlo. Pasó por el jardín de la mujer mayor. Habló con un cuervo. Estuvo en el palacio de la princesa. Los bandidos la cogieron, y la niña de los bandidos la dejó libre. Después, un reno la llevó al norte, hasta el país de la Reina de las Nieves. Y allí la dejó sola, en la nieve.

Hoy se cierra la historia. Escucha bien dos cosas: qué está haciendo Kay, y qué hace Gerda cuando Kay no la reconoce.

Antes de empezar, tres palabras.

Primera: la aurora boreal. La aurora boreal son las luces de colores del cielo del norte. Verdes y azules. Se mueven despacio, de noche.

Segunda: una lágrima. Una lágrima es el agua que sale de los ojos al llorar. Hoy las lágrimas son muy importantes.

Y tercera: la eternidad. La eternidad es el tiempo que no termina nunca.

Gerda caminó sola por la nieve. Sin zapatos. Sin guantes. El viento del norte venía de frente, frío como un cuchillo.

Pero Gerda siguió. Un paso. Otro paso. Pensaba en Kay.

Y entonces apareció el palacio de la Reina de las Nieves.

Era enorme. Las paredes eran de nieve. Las ventanas y las puertas eran de viento. Dentro había más de cien salas vacías. No había sillas, ni camas, ni fuego. Nadie hablaba. Solo silencio, grande y blanco.

Arriba se movía la aurora boreal. Sus luces verdes y azules entraban por las ventanas y pintaban el hielo de colores. Era el sitio más bonito y más triste del mundo.

En el centro había un lago helado, roto en mil trozos planos.

Y en el medio del lago, sentado, estaba Kay.

Estaba solo. Estaba azul de frío. Movía los trozos de hielo con las manos, despacio. Los juntaba. Los separaba. Los volvía a juntar.

Kay intentaba escribir una palabra con el hielo. Siempre la misma palabra: eternidad.

La Reina de las Nieves le había prometido esto: "Si consigues escribir esa palabra, serás tu propio dueño. Serás libre. Y te daré el mundo entero."

Pero Kay nunca lo conseguía. Nunca.

Vamos a parar un momento. ¿Qué está pasando?

Gerda ha llegado al palacio de hielo. Está vacío y en silencio. En el centro hay un lago helado, y en el lago está Kay, solo y azul de frío. Intenta escribir la palabra "eternidad" con trozos de hielo. La Reina le ha prometido la libertad si lo consigue. Pero nunca lo consigue: tiene el corazón de hielo.

Vamos a ver qué pasa ahora.

Gerda entró en la sala grande y corrió hacia Kay.

—¡Kay! ¡Kay querido! —gritó—. ¡Por fin te he encontrado!

Kay levantó la cabeza. La miró. Y no la reconoció.

Sus ojos estaban vacíos. Para él, Gerda era solo una niña más en la nieve.

Gerda no dijo nada más. Le puso los brazos alrededor del cuello y empezó a llorar.

Sus lágrimas estaban calientes. Cayeron sobre el pecho de Kay y llegaron hasta su corazón. Y el hielo del corazón se derritió. Derretirse es convertirse en agua con el calor.

Y con el agua salió el trocito de cristal. Ya no estaba.

Entonces Kay miró a Gerda y empezó a llorar él también. Lloró tanto que el segundo trocito, el del ojo, salió con sus lágrimas.

Y de repente la vio. La vio de verdad.

—Gerda —dijo—. Gerda querida. ¿Dónde has estado tanto tiempo?

Los dos se rieron y lloraron a la vez. Y entonces pasó algo precioso. Los trozos de hielo empezaron a moverse solos. Bailaron de alegría. Y al final formaron ellos mismos la palabra: eternidad.

Kay era libre.

Salieron del palacio de la mano y caminaron todo el camino de vuelta.

Cuando llegaron a casa, era verano. Las rosas de la ventana estaban abiertas. Se sentaron, cogidos de la mano, y entonces se dieron cuenta de una cosa: mientras estaban fuera, se habían hecho mayores.

Mayores por fuera. Pero por dentro seguían siendo los mismos dos niños. Y era verano, por fin.

Vamos a recordar el final.

Gerda llegó sola al palacio de hielo: salas vacías, silencio y la luz de la aurora boreal.

En el centro estaba Kay, azul de frío, intentando escribir "eternidad" con trozos de hielo.

No la reconoció. Pero Gerda lo abrazó y lloró. Sus lágrimas calientes derritieron el hielo de su corazón, y salió el trocito de cristal. Después Kay lloró también, y salió el segundo trocito, el del ojo.

Entonces la vio y dijo su nombre.

Y los dos volvieron a casa de la mano. Cuando llegaron, era verano, las rosas estaban abiertas, y ellos ya eran mayores.

Antes de despedirnos, algo sobre el autor de esta historia.

Se llama Hans Christian Andersen. Es un nombre de hombre, de Dinamarca. Nació en 1805 y murió en 1875. Es el escritor de cuentos más famoso del mundo. Suyos son "La sirenita", "El patito feo" y "El traje nuevo del emperador".

De niño, Andersen fue muy pobre y estuvo muy solo. Quizá por eso sus cuentos hablan tantas veces de un niño pequeño que camina solo por el mundo y, al final, encuentra su sitio.

Y, sobre todo, gracias a ti.

Acabas de escuchar una historia entera en español. Cinco episodios. Un espejo roto, un trineo blanco, un jardín, un cuervo, unos bandidos, un reno y un palacio de hielo. Un viaje muy largo, de principio a fin, en español. Eso no es poca cosa.

Si quieres escuchar más historias como esta, en español claro y tranquilo, puedes ir a la página stories.anicha.space. Pronto llegan más.

Hasta la próxima.

Y, para terminar, dos preguntas para pensar.

La primera. Kay era el niño listo. Sabía muchas cosas. Pero no pudo salvarse solo. Lo salvó algo muy sencillo: el calor de otra persona. ¿Tú crees que el calor puede más que la inteligencia?

Y la segunda. Gerda cruzó medio mundo por su amigo. Sin magia. Sin dinero. Solo con su corazón. Piensa un momento: ¿hasta dónde irías tú por alguien a quien quieres?

Gracias por escuchar. Hasta la próxima historia.