The Novel on the Tram
Benito Pérez Galdós · retold in B1 Spanish
Season 20 of Cuentos para el oído · 4 episodes · about 7–8 minutes each
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https://feed.stories.anicha.space/feed.xml 1. El médico charlatán
En un tranvía de Madrid, el narrador se encuentra con don Dionisio Cascajares, un médico muy cotilla que empieza a contarle la historia de una condesa, un marido celoso y un criado peligroso. Y entonces se baja, dejando el cuento a medias.
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Empezamos una historia nueva. Se llama "La novela en el tranvía". La escribió Benito Pérez Galdós. "Benito Pérez Galdós" es un nombre, y se dice "be-ní-to pé-rez gal-dós". Era un escritor español del siglo diecinueve, uno de los más grandes. Publicó este cuento en el año mil ochocientos setenta y uno.
Un tranvía es un transporte público antiguo. Un coche grande, sobre raíles, que llevaba gente por la ciudad. En aquella época no tenía motor: unos caballos tiraban de él por las calles. Iba despacio. Dentro, la gente se sentaba muy junta y hablaba.
La historia pasa en Madrid, la capital de España. Y hoy tenemos algo diferente: esta historia es divertida. Vamos a reírnos un poco.
El protagonista es un hombre normal. No sabemos su nombre. Solo sabemos una cosa importante: tiene muchísima imaginación.
Escucha bien dos cosas: quién se sienta al lado del narrador en el tranvía, y por qué el narrador se queda con una curiosidad enorme.
Antes de empezar, tres palabras importantes.
La primera es "cotillear". Cotillear es contar cosas de la vida de otras personas: secretos, historias de familia. Y esa cosa que se cuenta se llama "un chisme". En esta historia hay un señor que cotillea muchísimo.
La segunda palabra es "la condesa". Una condesa es una señora noble, de una familia rica y antigua, con título. Vive en una casa grande, con criados. Un criado es una persona que trabaja en la casa: sirve la comida, abre la puerta, limpia.
Y la tercera palabra son "los celos". Los celos son ese miedo feo que siente una persona cuando piensa que su pareja quiere a otro. Un marido con celos vigila a su mujer y no está tranquilo nunca.
Recuerda: cotillear, contar la vida de otros. La condesa, una señora noble. Y los celos, el miedo de perder a la persona que quieres.
Madrid, una tarde de calor. Nuestro narrador tiene que ir al otro lado de la ciudad. Está cansado y no quiere andar. Sube al tranvía.
Dentro hace calor y huele a polvo. Los caballos tiran, el coche se mueve de un lado a otro, y toda la gente se mueve con él. El narrador se sienta, mira por la ventana y piensa en sus cosas.
Entonces alguien se sienta a su lado y le toca el hombro.
— ¡Amigo mío! ¡Qué alegría verle!
Es un señor mayor, con una sonrisa enorme. Es médico, y se llama don Dionisio Cascajares. "Dionisio Cascajares" es un nombre, y se dice "dio-ní-sio cas-ca-já-res". La palabra "don", delante del nombre, es una forma antigua de respeto, como "señor".
Don Dionisio es un hombre bueno. Eso hay que decirlo. Pero tiene un defecto: habla. Habla muchísimo. Como es médico, entra en todas las casas de Madrid. Por eso conoce los secretos de media ciudad.
Y esos secretos no se los guarda.
Paramos un momento. ¿Quién es don Dionisio Cascajares?
Es un médico. Un señor mayor, simpático, amigo de todo el mundo. Visita a muchos enfermos, así que entra en muchas casas. Por eso conoce los secretos de las familias de Madrid. Y le encanta contarlos. Le encanta cotillear.
El narrador no ha preguntado nada. Pero don Dionisio ya está hablando.
— Escuche usted —dice don Dionisio, muy cerca de su oreja—. Le voy a contar una cosa tremenda.
Y empieza. Hay una condesa. Una señora noble, elegante, muy conocida en Madrid. Y esa pobre mujer no es feliz.
— ¿Por qué? —pregunta el narrador. Ya está escuchando con las dos orejas.
— Por el marido. Un hombre con unos celos horribles. La vigila. Cree que ella esconde algo.
Don Dionisio baja la voz.
— Pero eso no es lo peor. Lo peor es un criado de la casa. Un hombre peligroso. Ese hombre tiene unas cartas de la condesa. Cartas privadas. Y ahora la amenaza.
Amenazar es decirle a alguien: "si no haces esto, te hago algo malo".
— El criado quiere dinero —sigue don Dionisio—. Mucho dinero. Y si la condesa no se lo da...
— ¿Y si no? —dice el narrador. El corazón le va rapidísimo.
— ¡Ah, amigo mío! Entonces...
Y justo en ese momento el tranvía se para.
Don Dionisio mira por la ventana, se levanta de golpe y dice:
— ¡Aquí me bajo yo! Adiós, adiós, un abrazo, tengo muchísima prisa.
Y se baja. Y se va por la calle, tan tranquilo.
El narrador se queda solo, con la boca abierta. Sin final. Sin saber nada.
Vamos a recordar, con palabras simples.
Un hombre sube al tranvía en Madrid. A su lado se sienta un médico, don Dionisio Cascajares. Don Dionisio conoce a todo el mundo y le encanta cotillear.
Y le cuenta un chisme. Hay una condesa, una señora noble. Su marido tiene celos y la vigila. Y un criado malo tiene unas cartas de ella, y la amenaza: quiere dinero.
Justo cuando la historia se pone interesante, el tranvía se para. Y don Dionisio se baja y se va.
El narrador se queda dentro, con una curiosidad enorme. ¿Y ahora qué? ¿Qué le pasa a la condesa?
Muy bien. Has escuchado el primer episodio de "La novela en el tranvía", en español. El narrador se queda solo, con su curiosidad y con su imaginación. Y en el próximo episodio va a encontrar algo dentro del tranvía. Un papel viejo. Un trozo de periódico. ¿Y sabes qué? Habla de una condesa. Hasta la próxima.
Y una pregunta para pensar. A veces alguien nos cuenta media historia. Y esa media historia se queda dentro de nosotros. ¿A ti te ha pasado? ¿Te han dejado alguna vez con una historia sin final? ¿Y qué hiciste: preguntaste, o imaginaste tú el resto?
2. Un trozo de periódico
Con la curiosidad ardiendo, el narrador encuentra un trozo de periódico con un folletín, y los personajes parecen los mismos. El tranvía se mueve, él tiene sueño, y su imaginación empieza a llenar los huecos.
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Bienvenido al segundo episodio de "La novela en el tranvía". Vamos a recordar lo importante.
En el episodio anterior, nuestro narrador subió a un tranvía en Madrid. A su lado se sentó don Dionisio Cascajares, un médico que conoce a todo el mundo y que cuenta todo lo que sabe. El médico empezó una historia estupenda: una condesa, que es una señora noble; un marido con celos; y un criado peligroso que la amenaza.
Y entonces el tranvía paró. Don Dionisio se bajó. La historia se quedó a la mitad.
Hoy escucha dos cosas: qué lee el narrador en un papel viejo, y qué empieza a inventar dentro de su cabeza.
Antes de seguir, tres palabras útiles.
Primera: un folletín. Un folletín es una novela que salía en el periódico por partes: un capítulo cada día. La gente compraba el periódico y leía un trocito de la novela. Al día siguiente, otro trocito.
Segunda: envolver. Envolver es cubrir una cosa con papel o con tela, para protegerla. Envolvemos un regalo. Y antes, la gente envolvía los libros con papel de periódico.
Tercera: la imaginación. La imaginación es la parte de nuestra cabeza que inventa cosas: caras, casas, historias enteras. Hoy la imaginación del narrador va a trabajar muchísimo.
El tranvía sigue por Madrid. Y yo me quedo solo con mi curiosidad.
Es una tortura pequeña, pero es una tortura. ¿Quién amenaza a la condesa? ¿Qué quiere de ella? ¿Y el marido? Don Dionisio se ha bajado tan tranquilo, con su sombrero y su prisa, y se ha llevado el final de la historia en el bolsillo.
Miro por la ventana. Miro el techo. Miro a los otros viajeros, uno por uno, como si alguno pudiera contarme el resto.
Y entonces lo veo.
Delante de mí va un señor mayor, muy serio, con un libro en las manos. El libro está envuelto en papel de periódico. Es un periódico viejo, amarillo, roto por un lado. No es nada importante. Es un papel para envolver, nada más.
Pero yo leo. Yo leo siempre. Leo los carteles, leo las cajas, leo los papeles del suelo. Y ahora, con la cabeza un poco torcida, empiezo a leer el papel que envuelve el libro de aquel señor.
Paramos un momento. ¿Qué está haciendo el narrador?
Está leyendo un papel de periódico. No es su periódico. Es el papel que envuelve el libro de otro viajero. El narrador tiene mucha curiosidad y no puede parar. Quiere una historia. Y va a encontrar una donde no la busca nadie: en un papel viejo para envolver.
El papel tiene una letra pequeña y apretada. Es un folletín: una novela del periódico, por partes, un capítulo cada día.
Leo lo poco que se ve. Y me quedo con la boca abierta.
En el papel hay una señora noble. Hay un criado. Hay una carta. Y hay alguien que dice, en voz baja: "Señora, usted sabe lo que yo sé."
¡Como la historia del médico! Una condesa, un criado, un peligro. Es asombroso. Bueno: en aquellos periódicos, casi todos los folletines tenían una condesa y un criado. Pero eso, en ese momento, yo no lo pienso.
Sigo leyendo con hambre. Y de repente el papel se acaba. Está roto. La frase se corta por la mitad, igual que se cortó el médico.
Dos historias empezadas. Ninguna terminada.
El tranvía se mueve despacio, de un lado a otro, como una cuna. Entra el sol por la ventana. Hace calor. Se me cierran un poco los ojos.
Y entonces la condesa levanta la cabeza y mira al criado. Y el criado sonríe. Y dice su nombre: se llama Mudarra. Mudarra es un nombre de hombre.
Escucha bien una cosa. Eso no está en el papel. Nadie lo ha escrito. Lo está inventando él, medio dormido, sin darse cuenta.
Él todavía no lo sabe. Nosotros sí.
Vamos a recordar, con palabras simples.
El médico se baja del tranvía y deja la historia a la mitad. El narrador se queda con una curiosidad enorme.
Mira a los viajeros. Delante de él, un señor lleva un libro envuelto en papel de periódico. El narrador lee ese papel. Es un folletín: una novela del periódico, un capítulo cada día.
Y en el folletín hay una condesa, un criado y una carta. Muy parecido a la historia del médico.
El narrador lee con hambre. Pero el papel está roto, y la historia se corta otra vez.
Hace calor. El tranvía se mueve como una cuna. El narrador tiene sueño. Y su imaginación empieza, sola, a escribir el resto.
Has escuchado el segundo episodio de "La novela en el tranvía". Muy bien: un episodio entero en español. Ahora la imaginación del narrador está en marcha, y no va a parar. En el próximo episodio la novela crece: las cartas, el miedo de la condesa, el criado Mudarra. ¿Y qué pasa si el narrador levanta los ojos y ve esa cara delante de él, en el tranvía? Hasta la próxima.
Y una pregunta para pensar. Cuando alguien te cuenta una historia y no te dice el final, ¿tú también lo inventas? ¿Y qué final te inventas: uno tranquilo, o uno peligroso?
3. La novela crece
En su cabeza la novela crece entera: las cartas, el miedo de la condesa, el mayordomo Mudarra amenazándola. Y entonces levanta la vista: enfrente va sentado un hombre con la cara exacta de Mudarra.
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Bienvenido al tercer episodio de "La novela en el tranvía". Vamos a recordar la historia.
Un hombre viaja en tranvía por Madrid. El tranvía es un coche antiguo que va sobre raíles y lleva gente por la ciudad. A su lado se sienta un médico que se llama don Dionisio Cascajares. Ese médico sabe la vida de todo el mundo. Y empieza a contarle algo muy interesante: una señora noble, la condesa, tiene miedo. Su marido tiene celos. Y un criado la amenaza. Pero justo entonces el médico se baja del tranvía. La historia se queda a medias.
Después, el narrador encuentra un trozo de periódico viejo. Es un folletín: una novela que el periódico publica por partes, un poco cada día. Y en ese folletín también hay una condesa y un criado. El tranvía se mueve. Él tiene calor y sueño.
Hoy su imaginación se pone a trabajar. Escucha dos cosas: qué inventa dentro de su cabeza, y a quién ve cuando levanta los ojos.
Antes de seguir, tres palabras.
Primera: el mayordomo. El mayordomo es el criado principal de una casa grande. Manda sobre los otros criados. Y conoce todos los secretos de la familia.
Segunda: amenazar. Amenazar es decir a alguien que vas a hacerle algo malo si no hace lo que tú quieres. Por ejemplo: "Si no me das dinero, cuento tu secreto." Eso es una amenaza.
Tercera: los celos. Una persona tiene celos cuando piensa que la persona que ama quiere a otro. Los celos hacen sufrir. Y a veces hacen ver cosas que no existen.
El tranvía se mueve despacio. Yo cierro un poco los ojos.
Y entonces la novela empieza a crecer dentro de mi cabeza. Sola. Yo no la busco: ella viene.
Primero veo a la condesa. Está en una habitación grande, con las ventanas cerradas. Tiene una carta en la mano. Le tiemblan los dedos. Es una carta antigua, de hace muchos años, de un hombre que no es su marido. Si su marido lee esa carta, todo se rompe.
Después veo al mayordomo. Ya sé quién es. Se llama Mudarra. Mudarra es un nombre, un nombre duro y feo, perfecto para él. Y lo veo clarísimo: un hombre grande, de cara ancha y morena, con el pelo muy negro. Y unos ojos pequeños que no se mueven nunca.
Mudarra tiene las cartas de la condesa. Y las usa. Entra en la habitación sin llamar. Habla despacio, con mucha calma, y por eso da más miedo todavía.
— Señora —dice—, yo guardo su secreto. Pero guardar secretos cuesta dinero.
La condesa le da dinero. Una vez. Dos veces. Diez veces. Y Mudarra siempre vuelve, y siempre pide más.
Paramos un momento. ¿Qué es verdad aquí, y qué no?
Verdad es solo esto: un médico le contó media historia, y él leyó un trozo de periódico. Nada más.
Todo lo demás lo está inventando él. Las cartas, la habitación cerrada, la cara de Mudarra, sus palabras. Todo. Dentro de su cabeza, en un tranvía, con sueño.
Pero para él ya no parece una invención. Parece un recuerdo.
Y la novela sigue creciendo. Cada vez es más real.
Ahora veo al marido. Un hombre callado, con celos. Mira a su mujer y no dice nada. Pero lo nota todo: que ella duerme mal, que esconde papeles, que se calla cuando él entra en la habitación.
Y veo a Mudarra otra vez. Ahora ya no pide solo dinero. Ahora quiere más: quiere las joyas, quiere mandar en la casa.
— Si usted no hace lo que yo digo —le dice—, esta noche su marido lee las cartas.
La condesa llora. No tiene salida.
Ya lo tengo todo. Principio, medio y final. Es una novela completa. Y es mía, y es magnífica.
Entonces levanto los ojos.
Delante de mí, en el asiento de enfrente, hay un hombre.
Y ese hombre tiene la cara de Mudarra.
No una cara parecida. La misma. Grande, ancha, morena. El pelo muy negro. Y los ojos pequeños y quietos, que no se mueven. Los ojos que yo acabo de inventar hace un minuto.
El corazón me da un salto.
¿Es posible? ¿Puede ser él?
El hombre mira por la ventana, tranquilo. Yo lo miro a él. Miro sus manos grandes. Miro un bulto debajo de su abrigo. Y pienso, con una seguridad total: este hombre va a matar a la condesa. Esta misma noche. Y yo soy el único que lo sabe.
Vamos a recordar, con palabras simples.
El narrador va en el tranvía. Tiene sueño. Y su imaginación construye una novela entera.
En esa novela, la condesa tiene unas cartas viejas y tiene mucho miedo. El mayordomo, Mudarra, guarda el secreto y le pide dinero. La amenaza. El marido tiene celos y sospecha algo.
El narrador lo ve todo clarísimo: las caras, las palabras, la habitación cerrada.
Y después levanta los ojos. Delante de él, en el tranvía, hay un hombre con la cara exacta de Mudarra.
El narrador se asusta. Y ya no duda. Para él, ese hombre es Mudarra. Y va a cometer un crimen.
Has escuchado el tercer episodio de "La novela en el tranvía". Muy bien. Ahora el narrador está seguro: hay que salvar a la condesa. Pero ¿qué va a hacer? ¿Y qué van a pensar los otros viajeros del tranvía? El próximo episodio es el último, y allí todo se aclara. Hasta la próxima.
Y una pregunta para pensar. A veces imaginamos algo con tanta fuerza que empezamos a verlo en la vida real. ¿A ti te ha pasado alguna vez? ¿Qué imaginaste, y cuánto tardaste en darte cuenta?
4. ¿Y si no fuera verdad? · finale
Convencido de que va a ocurrir un crimen, el narrador grita y monta un escándalo en el tranvía. Y entonces llega la verdad: no había pasado nada de nada. Más un cierre sobre Benito Pérez Galdós.
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Bienvenido al cuarto y último episodio de "La novela en el tranvía".
Recordamos la historia. Un hombre viaja en tranvía por Madrid. A su lado, un médico, don Dionisio Cascajares, le cuenta media historia: una condesa en peligro y un criado que la amenaza. Después se baja y deja la historia sin final.
Luego el narrador encuentra un trozo de periódico viejo, con un pedazo de folletín. Y su imaginación hace el resto: construye una novela entera, con un mayordomo malo que se llama Mudarra.
Y al final del episodio tres levanta la cabeza. Delante de él hay un hombre con la cara exacta de Mudarra.
Hoy se cierra la historia. Escucha bien una cosa: qué pasa de verdad, y qué pasa solo dentro de su cabeza.
Antes de empezar, tres palabras.
Primera: avisar. Avisar es decir a alguien que hay un peligro. Si ves un coche que viene muy rápido, gritas para avisar.
Segunda: la fiebre. La fiebre es cuando tienes el cuerpo muy caliente porque estás enfermo. Con mucha fiebre, a veces, la gente ve cosas que no existen.
Y tercera: la vergüenza. La vergüenza es lo que sientes cuando haces algo ridículo delante de otras personas y quieres desaparecer.
El hombre está sentado enfrente de mí. No me mira. Mira por la ventana, tranquilo.
Pero yo ya lo sé todo. Es Mudarra. Va a la casa de la condesa. Y esta noche va a matarla.
Le miro las manos. Son grandes. Lleva un paquete en las rodillas, envuelto en papel. ¿Qué hay dentro? No quiero ni pensarlo.
El tranvía va despacio. Yo sudo. El corazón me golpea el pecho. Pienso: la pobre señora está sola, y nadie lo sabe. Nadie, solo yo.
El hombre mira su reloj. Después se levanta. Va a bajarse en la próxima parada.
Y entonces yo ya no puedo más.
Me levanto de un salto y grito:
— ¡Alto! ¡Que no baje ese hombre! ¡Va a matar a la condesa!
Lo cojo del brazo, con las dos manos. Él abre mucho los ojos.
— Pero, señor, ¿qué hace usted? —dice—. ¡Suélteme, por favor!
— ¡Mudarra! —grito—. ¡Yo lo sé todo! ¡Las cartas! ¡El veneno!
Una señora grita. Un niño se echa a llorar. Todo el tranvía me mira.
Vamos a parar un momento. ¿Qué está pasando aquí, de verdad?
De verdad, pasa esto: un señor viaja tranquilo en un tranvía. Otro señor, un desconocido, se levanta, le grita y lo coge del brazo. Eso es todo lo que ven los demás pasajeros.
La condesa, las cartas, el peligro... nada de eso está en el tranvía. Todo eso está dentro de la cabeza del narrador. Vamos a ver cómo termina.
Dos hombres me sujetan. Yo sigo gritando el nombre de la condesa.
— Está enfermo —dice uno—. Pobre hombre. Tiene fiebre.
— Sí —dice otro—. Hay que sacarlo al aire.
El tranvía para. Me ayudan a bajar con mucho cuidado, como se ayuda a un enfermo. El hombre del paquete me mira. No está enfadado. Está asustado, y un poco triste por mí.
Me quedo de pie en la calle, con el aire frío. Y, poco a poco, despierto del todo.
Y entonces llega la verdad:
No hay condesa. No hay crimen. No hay Mudarra. Nada de eso existe.
El señor del tranvía no es un mayordomo. Es un señor normal que vuelve a su casa a cenar. En el paquete lleva, seguramente, el pan o un regalo para sus hijos.
Don Dionisio solo me contó un chisme sin final. El trozo de periódico era un folletín viejo, inventado por otra persona. Yo tenía sueño, el tranvía se movía despacio... y mi cabeza puso todo lo demás.
Escribí una novela entera. Sin papel y sin lápiz, en veinte minutos. Y me la creí.
Al día siguiente busco en los periódicos. No hay ningún crimen. Claro que no.
Siento vergüenza. Mucha. Me pongo rojo solo de pensarlo.
Pero, mientras vuelvo a casa, también sonrío un poco. Porque, señores, ¡qué imaginación tengo!
Vamos a recordar toda la historia, en cuatro pasos.
Uno: en el tranvía, don Dionisio Cascajares cuenta media historia sobre una condesa en peligro, y se baja.
Dos: el narrador encuentra un trozo de periódico con un folletín, y lo lee.
Tres: con esos dos pedacitos, su imaginación construye una novela completa: Mudarra, las cartas, el peligro de muerte.
Cuatro: se lo cree. Grita, coge del brazo a un desconocido, y los pasajeros piensan que está enfermo.
Y la verdad, otra vez, muy clara: no pasó nada. No hubo ningún crimen. El desconocido era un señor normal. Toda la novela estaba solo dentro de la cabeza del narrador.
Antes de despedirnos, algo sobre el autor de esta historia.
Se llama Benito Pérez Galdós. Es un nombre de hombre. Fue un escritor español: nació en 1843 y murió en 1920. Nació en las islas Canarias, pero vivió muchos años en Madrid.
Muchos dicen que Galdós es el mejor novelista español después de Cervantes. Escribió decenas de novelas, y en casi todas pintó la vida de Madrid: sus calles, sus casas y su gente. Como este tranvía.
Y, sobre todo, gracias a ti.
Acabas de escuchar una historia entera en español. Cuatro episodios, de principio a fin. Y no era una historia fácil: tenía humor, ironía y una cabeza llena de fantasía. Tú la has seguido en español. Eso es un logro de verdad.
Si te ha gustado, tienes más historias como esta, en español claro y tranquilo, en stories.anicha.space. Pronto llega otra.
Hasta la próxima.
Y, para terminar, dos preguntas para pensar.
La primera. El narrador construye una novela entera con dos cosas pequeñas: un chisme y un papel viejo. ¿Y tú? ¿Cuándo fue la última vez que tu imaginación llenó los huecos de una historia? Un hueco es una parte que falta.
Y la segunda. A veces entramos tanto en un libro o en una película que, al terminar, tardamos un momento en volver al mundo real. ¿Te ha pasado a ti? ¿Qué historia te llevó tan lejos?
Gracias por escuchar. Hasta la próxima historia.